El mundo unido por la vida

El próximo 22 de septiembre, el mundo se une por la vida. ALPAR, Asociación Gremial Latinoamericana de Cementerios y Servicios Funerarios, ha liderado la iniciativa que persigue celebrar un gran acontecimiento mundial para celebrar la vida.

‘El mundo unido por la vida’ realizará su 8a edición el domingo, 22 de septiembre de 2019, en los cinco continentes para celebrar la vida de quienes ya partieron, la vida de los que aún están con nosotros y nuestra propia vida. Además, tiene como objetivo compartir con el público la sensibilidad de la industria de cementerios y funerarias hacia el valor de la vida y el respeto a la memoria.

Si quieres conocer más sobre el evento, puedes seguirlo desde este link:

https://www.worldunitedforlife.com/2018/

 

 

 

 

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Momentos: “Impotencia”

La muerte es uno de los grandes tabúes en los tiempos que corren, aunque no ha sido siempre así. Los escritos del antropólogo americano Douglas durante su residencia en el País Vasco en los años sesenta demuestran que la actitud hacia la muerte en pueblos como Murélaga o Echalar era muy abierta y aceptada.  En sus obras habla de los ritos funerarios de dichos pueblos y de cómo la noticia de que alguien en el pueblo estaba a punto de morir o de que ya lo hubiera hecho se difundía con más rapidez que un incendió.

El sacristán del barrio del difunto sonaba las campanas varias veces al día, con sus características especiales en caso de que el difunto fuera hombre o mujer. También nos transmite que cuando el párroco acudía a casa del difunto a lavar su cuerpo con agua bendita varios niños de la aldea, quienes, aunque no fueran cercanos al difunto conocían las noticias, acompañaban a éste hasta la casa y presenciaban el rito en vivo y en directo.

Hace no tanto tiempo, el contacto con la enfermedad y la muerte era mucho mayor, más directo y presente que ahora.  La manera en la que abordamos la muerte hoy día es muy diferente. En pueblos pequeños de algunos lugares de nuestra geografía todavía se vive la muerte de alguien de la aldea como algo más cercano y sabido, aunque el contacto con el cadáver es bastante menor. Sin embargo, en pueblos un poquito más grandes, por no hablar de las ciudades, el contacto es mínimo.

La combinación de la falta de conocimiento sobre la materia junto con el hecho del fallecimiento es un asunto que por lo general se tiende a evitar y ha convertido a la muerte en un gran ogro, amplificado por miedos y fantasías que nunca se llegan a verificar hasta que sucede. Esto tiene grandes implicaciones para el mundo funerario. De la misma forma que sucede con cualquier tipo de viaje, cuando uno no ha preparado las maletas se encuentra en su lugar de destino sin el equipaje adecuado para hacerle frente.

MUCHAS FAMILIAS DECIDEN, DE MANERA CONSCIENTE O INCONSCIENTE, VIVIR SU VIDA COMO SI LA MUERTE NO ESTUVIERA OCURRIENDO.

Son muchas las familias que deciden, de manera consciente o inconsciente, vivir su vida como si la muerte no estuviera ocurriendo. Una de las trágicas consecuencias que esto puede acarrear es el hecho de que no haya un sentimiento de urgencia sobre la finitud e inminencia del fin de la vida de una persona y, por consiguiente, del fin de su familia con ella. El funerario se encuentra a menudo con familias que no han hecho preparativos, que no han acordado detalles de cómo quieren hacer las cosas, con divisiones de opinión, con riñas del pasado y con dinámicas que han caracterizado la convivencia de la familia. Sin embargo, esta vez ocurre un hecho que multiplica todo le mencionado de manera exponencial: la urgencia pasa de cero a cien en un solo instante. Aquí es donde muchas veces comienza la confusión para el profesional funerario. Si trasladáramos la situación a cualquier otro sector, por un momento, podríamos observar con más claridad lo que se está pidiendo del personal en tanatorios, centros de cuidados paliativos, embajadas, clínicas veterinarias y otro tipo de empresas que tratan con personas en duelo agudo.

Si imaginamos que una familia dividida quiere invertir en una casa, en una empresa o cualquier otro negocio o inmueble, nos sentimos más libres para poder ofrecer nuestro producto o servicio sin engancharnos tanto en las dinámicas familiares. Es decir, si el importe concreto de la hipoteca debe abonarse el primero de cada mes, las disputas familiares en un mes dado no los eximen de su obligación. El contrato que ofrecemos estipulará claramente las consecuencias de un impago y aunque en algún momento queramos hacer alguna concesión, los derechos y obligaciones quedan claros para las dos partes. De alguna manera, lo mismo ocurre en el contrato con la familia de un difunto. Ofrecemos un servicio que viene con derechos y obligaciones. La situación, sin embargo, es muy diferente. El familiar está en un estado emocional en el que, comprensiblemente, no tiene la capacidad de comportarse de manera fría y racional. Además, lo habitual es que haya muchas decisiones prácticas y emocionales que la familia no haya tomado todavía, que requieren frialdad y raciocinio para contener las emociones de manera saludable. Por si fuera poco, el profesional se encuentra haciendo un trabajo para el que está técnicamente muy bien equipado en el que sus miedos a enojar a su cliente interfieren con su tarea.

Por esta razón, la impotencia es algo que aflora con frecuencia para el personal que trabaja con personas en estados emocionales intensos, como es el caso de la pérdida de un ser querido. Las demandas sobre el trabajador exceden los recursos que éste posee para cumplirlas. No es de extrañar que suceda así, si tenemos en cuenta que las demandas emocionales son el resultado de que la muerte sea un tabú, de que no haya estructuras sociales para informar y acompañar a los familiares de moribundos, de un mundo cada vez más virtual que nos bombardea con información insignificante sobre modas, famosos y otras banalidades.

Mientras la muerte siga siendo tabú y como sociedad sigamos sin hacer las maletas, el profesional que atiende al doliente se seguirá sintiendo impotente y abrumado. Y mientras tanto, ninguna adquisición de herramientas psicológicas de atención contra el duelo va a eliminar las tensiones a las que se enfrenta. Sin embargo, aprender a navegar por la intensidad de las emociones, entender que no es su responsabilidad arreglar la situación y sentir la solidez de encontrase presente y empático con el cliente puede facilitarle mucho el trabajo. |

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Momentos: “Reflejo”

Cuando imparto un curso a un grupo nuevo de gente, lo primero que hago es explorar las inquietudes de los asistentes. La razón es muy sencilla: me interesa mucho más el hecho de ser útil a los miembros asistentes que escucharme a mi mismo hablar de un tema que ya conozco.  En un curso reciente, en una zona rural, pedí a la gente que se imaginara que el curso ya hubiera finalizado y que hubiera respondido a todas sus preguntas, además de darles todas las herramientas para obtener el resultado que desearan en su trabajo. Las sonrisas en la cara de la gente según procedían a soñar fueron iluminando la sala poco a poco.  Me resultó curioso que, como en muchos otros cursos que he impartido en otros lugares, se confundieran la necesidad de conocimiento psicológico con otros elementos que pertenecen al mundo de la gestión. Por ejemplo, que el conocimiento de las fases del duelo en el familiar difícilmente va a eliminar las reacciones en éste procedentes del hecho de que las esquelas, las flores u otro tipo de servicio no se gestionen con la rapidez esperada.  La mayor dificultad que se llegó a expresar durante este curso en particular fue el sentimiento de responsabilidad que inundaba al personal de tener que cumplir las necesidades de toda la familia.  Tras varios ejercicios realizados, los asistentes del curso se dieron cuenta de que el trabajo emocional al que se enfrentan a diario no es más que la punta del iceberg y que, además, detrás de la presentación exterior de cada familia hay todo un mundo de experiencias, traumas, malentendidos, rencores y todo otro tipo de acontecimientos que el personal no conoce, pero que percibe de alguna manera.  Pedro, uno de los asistentes, presentó un ejemplo de lo que le depara su trabajo diario y habló de una familia concreta en la que varios de sus miembros estaban divididos en cuanto se refería a las esquelas. Unos eran partidarios de publicar una esquela en nombre de todos los hijos y la familia directa, mientras que otros defendían la necesidad de incluir a la familia más extensa.  El desacuerdo era una fuente de ansia y parecía provenir de un acontecimiento de hace muchos años que derivó en que uno de los hijos y el hermano del difunto no volvieran a hablarse.  Pedro se sentía abrumado. Quería que todos estuvieran contentos y al ver que no iba a ser posible, contestaba a cada familiar como podía. Por un lado, se ponía a la defensiva dando la información correcta. Por otro lado, se sentía cada vez más frustrado y enojado con la familia por ponerlo en una situación tan comprometida.  Al ser un tema que resonaba con el resto de los asistentes, pasamos un tiempo largo analizando la situación y tras un buen rato cavilando juntos, los invité a hacer el ejercicio que más efectivo encuentro en estos casos. Dos asistentes del curso personificaron a un familiar de “cada bando” y Pedro representó el papel de sí mismo.

LA MAYOR DIFICULTAD FUE LA RESPONSABILIDAD QUE LES INUNDABA AL TENER QUE CUMPLIR LAS NECESIDADES DE LA FAMILIA.

Comenzó el ejercicio con Pedro sentado en una silla y de pronto se le aproximó “uno de los familiares”. Tras exigir que se hiciera lo que ellos pensaban que era lo correcto, se puso a la defensiva diciendo que no podía garantizar nada de lo que se le pedía. La ventaja de este ejercicio fue que nos permitió parar y analizar que era lo que le estaba pasando a Pedro. Respiró profundo y tras pensar durante unos segundos admitió sentir rencor hacia el familiar por ponerle en tal situación. Además, se sentía impotente porque sabía que cualquier respuesta que le diera no le iba a satisfacer. La sensación de sentirse injustamente arrinconado no le permitía poder estar disponible para desarrollar una relación empática con “el familiar” de manera efectiva.  Dejé que el grupo ofreciera sus ideas y soluciones a la situación, pero no tardaron mucho en sentirse atascados el la misma problemática que paralizaba a Pedro. Por lo que me contaban casi todos, este tipo de sucesos eran relativamente normales.  Tras un rato, alguien me preguntó con tono enfadado qué era lo que tenían que hacer para “hacer que los familiares aceptaran la situación”. Tomé el riesgo de personificar a Pedro y ver si yo podía hacer algo diferente. Aunque no he trabajado nunca para una funeraria, he lidiado con situaciones de muchísima dificultad en cuidados paliativos, y he aprendido adecuar mi comunicación para navegar por situaciones de tensión extrema.

Sentado en la silla del profesional, observé por el rabillo del ojo cómo a Pedro se le dibujaba una sonrisa de satisfacción según se me acercaba “el familiar”. Me comenzó a hablar de que lo correcto era publicar una esquela a nombre de toda la familia, incluyendo la extensa, y procedió a darme toda una serie de razones al respecto. Con aire tranquilo y mirándolo a los ojos compasivo le respondí que comprendía que estaba en una situación muy delicada y que la incertidumbre sobre si iba a poder publicar la esquela que él quisiera era, lógicamente, una fuente de ansiedad. También le dije que, aun reconociendo la importancia de la esquela para él, parecía que otros miembros de la familia parecían estar en desacuerdo con su punto de vista y que mi labor como funerario era ejecutar la decisión que tomara toda la familia. Lo último que me deseaba es que el recuerdo de un momento tan importante como la muerte de un ser querido quedara teñida de rencor y frustración para siempre.  Le dije que la única manera era que toda la familia se reuniera para tomar la decisión y que yo les ayudaría en lo que pudiera.  El “familiar” se fue satisfecho. No demasiado contento, pero pudo comprender lo que le dije. Cuando llegó el turno del segundo “familiar”, tuvimos una conversación parecida.  Una vez terminado el ejercicio, les pregunté cómo había sido para ellos el sentarse en el papel de “familiar” y que reacciones se les habían despertado cuando hablé con ellos. Ambos me dijeron que mi postura era clara, compasiva, imparcial y lógica.  Durante una década en cuidados paliativos he aprendido que hay ciertas decisiones que solo las puede tomar la familia. Nuestra labor como profesionales es ejecutar sus decisiones, pero entrar a complacer a algunos familiares que se erigen como portavoces de la familia sin consentimiento de ésta no ayuda a nadie.  Por tanto, reflejar la situación como si se tratara de un espejo devuelve no solo la responsabilidad a la familia, sino la posibilidad de seguir siendo los autores de un capítulo que todavía no se ha escrito, en vez de víctimas de una historia impuesta por otros. | www.sortem.es

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Momentos: “Tiempo”

Como psicólogo tengo una ventaja de la que, desafortunadamente, carece el personal funerario: dispongo de tiempo con el familiar en duelo. Tiempo para escuchar a la persona, tiempo para comprender su dolor y tiempo para conocer su historia. Sin embargo, los trabajadores de la funeraria entran en contacto durante un periodo de tiempo muy reducido con familiares inundados por sentimientos, a menudo, extremos. Además, deben ofrecer todo un servicio técnico al difunto y a la familia, deben ocuparse de una serie innumerable de asuntos prácticos como las esquelas, las flores, etc. Y todo ello en un momento en el que toda la historia de la familia, los desacuerdos, los rencores, la culpa y todo otro tipo de problemas personales se amplifican de manera significativa. Uno de los síntomas de nuestra sociedad actual, al menos en el mundo civilizado, es el tabú de la muerte. La hemos convertido en una realidad tan temida hasta el punto que la estrategia generalizada para gestionarla es mirar hacia otro lado y hacer como que no existe. Esto contribuye de manera importante a la amplificación ya mencionada. Esta manera evasiva de gestionar la muerte es la habitual en la mayoría de nuestra población, independientemente de su oficio. Es por tanto que también se aplica a los profesionales de la salud que acompañan al paciente en el último tramo de su vida, así como a los profesionales de la funeraria, entre otros.

BAJO SU DEFENSA ESTABA SU PROPIO MIEDO A LA MUERTE DE UN SER QUERIDO

Mariano había trabajado en el mundo funerario desde que dejo el instituto, hace ya siete u ocho años. Entró porque era donde había trabajado siempre su padre. pero, al final, le acabó gustando su trabajo. Lo que más le gustaba era cuando sentía que había hecho una buena labor con una familia, sabiendo que iban a quedarse con un buen recuerdo sobre su ser querido para el resto de su vida. Asistió a uno de mis cursos sobre comunicación y en uno de los ejercicios que realizamos, se dio cuenta de por qué terminaba poniéndose a la defensiva con sus clientes y por qué no podía mostrarse más empático con ellos: bajo su defensa estaba su propio miedo a la muerte de un ser querido. Con el objetivo de poder ahondar más en su capacidad de empatía, me pidió que le ofreciera supervisión clínica una vez cada dos semanas, durante la cual me exponía sus dificultades con clientes y entre los dos reflexionábamos sobre su comportamiento, lo que lo había impulsado y sobre todo, a cambiar su perspectiva para poder actuar de manera más humana y accesible en el futuro. Mariano tenia dos hijos. El mayor tenía cinco años y el pequeño dos. Su hijo mayor nació con una enfermedad cardiovascular muy poco común y permaneció en la unidad de cuidados intensivos durante unos meses. Durante el primer mes y medio de su vida estuvo en una situación muy grave y Mariano no tuvo más remedio que enfrentarse a su miedo a perderlo. Lloró, se enfadó, rompió cosas, bebió, se dio por vencido, volvió a levantarse y completó varios ciclos como éste. Pero nada de ello cambió la situación de su hijo, ni la posibilidad real de que lo fuera a perder. Finalmente, su estado se volvió menos grave y tras varias operaciones lo mandaron a casa. Mariano creó una coraza interior para desterrar el miedo de su conciencia y esta estrategia le funcionó la mayoría de las veces. Pero cuando veía a algún familiar desgarrándose de dolor ante la pérdida de un ser querido, su propio dolor y miedo comenzaban a reclamar algo de su atención. Cada vez que esto sucedía se tensaba más y trataba de calmar a sus clientes. Si ellos se calmaban, él sentía menos. Nuestro trabajo consistió en ir aceptando que tarde o temprano Mariano iba a perder a un ser querido a lo largo de su vida. A considerar que la condición de su hijo, que había encontrado una manera de vivir con su enfermedad, podría empeorar el día menos pensado. Y de alguna manera, empezar a hacer las paces con esa realidad. Mariano aprendió a nutrir su vulnerabilidad y a utilizarla como herramienta para entender la de otros. Empezó a observar sus sentimientos y a darse cuenta que éstos no son tan diferentes de la lluvia o la oscuridad de la noche: vienen, se quedan un tiempo y tarde o temprano desaparecen.
Me contaba la semana pasada que había hecho dos grandes descubrimientos durante nuestro trabajo juntos. El primero era que cuando afloraban sus sentimientos, por muy intensos que estos fueran, no tenía por qué actuar sobre ellos; simplemente observándolos acaban por desvanecerse. El segundo descubrimiento era que trabajando con la muerte los sentimientos de impotencia están siempre presentes. A uno siempre le hubiera gustado haber hecho más cosas, hacerlas mejor o lo que sea que pudiera mejorar la situación. Esto le ayudaba a calmarse cuando sentía que no había ayudado a alguna familia como hubiera querido. Mariano es un claro ejemplo de que el trabajo con la muerte siempre nos toca a nivel personal y que las barreras que erigimos para no sentir son las mismas que se interponen entre nosotros y nuestros clientes en el momento que más nos necesitan. Por ello, tomar la oportunidad y realizar el trabajo personal nos permite vivir una vida más plena y a su vez, ofrecer un mejor servicio a nuestros clientes. Como nos recuerda Rachel Remen, trabajar con la pérdida y la muerte a diario y esperar no sentirnos afectados por ello es tan poco realista como andar por el agua y esperar no mojarnos. Quizá es hora de que los que trabajamos con la muerte y la pérdida dejemos de mirar hacia fuera y comencemos a mirarnos hacia dentro. | URTZI CRISTOBAL

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“El regalo de la muerte”

LONDRES. _ Anoche mantuve una entrevista con el Dr Thomas Lodi, un oncólogo integrativo con clínicas en EEUU y Tailandia. Conversamos durante más de una hora sobre los diferentes aspectos del cáncer y los tratamientos que él emplea.

El Dr Lodi combina tratamientos tradicionales con alternativos y ha creado una visión de la enfermedad un tanto diferente a la tradicional: ‘el cáncer es un intento de nuestro organismo de sobrevivir ante un estilo de vida nocivo’, postula. El trabajo que realiza con sus pacientes consiste en cambiar ese estilo de vida a muchos niveles: nutrición, ejercicio físico, meditación, yoga, etc. Afirma que una vez reemplazado el estilo de vida por uno más saludable, la tasa de remisión se estima entre un sesenta y un setenta por ciento.

A medida que avanzaba la entrevista le pregunté cuál era el factor que marcaba la diferencia entre aquellos que se curaban y los que no. Tras una larga pausa se aventuró a decir que en su opinión, los que acababan sanando eran aquellos que veían la enfermedad como una llamada para transformar su vida. Me contaba que aquellos que se rinden al momento presente, sin esperar nada, sin buscar la curación; aquellos que viven el momento en estado de gratitud y con la conciencia de que estar vivo es el mayor milagro y regalo que existen, son los que se sanan. La sanación, proseguía, es llegar a este estado y no la desaparición de la enfermedad, aunque ésta es producto de aquella.

Durante mi carrera en cuidados paliativos, he observado algo parecido. Los familiares con los que he trabajado transformaron sentimientos de culpa o resentimiento y los canalizaron de una manera más sana. Sin embargo, todos los pacientes paliativos con los que trabajé han muerto.

A pesar de que el resultado final es el mismo para todos ellos, considero que algunos “sanan” y otros no. Curiosamente, y sin haberlo verbalizado de esta manera antes de entrevistar con el Dr Lodi, mi pensamiento seguía la misma línea.

Hay pacientes que tras pelearse con su diagnóstico durante mucho tiempo llegan a acoger su enfermedad como un proyecto en el que trabajar. El proyecto depende de las circunstancias individuales de cada uno. Para algunos se centra en resolver problemas de relación con su pareja que han estado latentes durante años. Para otros, se trata de dejar de intentar controlar el futuro.

Algunos deben perdonar o perdonarse por algo y, en fin, las tareas son innumerables.

Aquellos pacientes que eligen darse a su tarea respectiva son los que consiguen resolver sus problemas, los que mantienen conversaciones importantes y transformadoras y pueden llegar a morir rodeados de un cierto aire de euforia. Son personas que consiguen empezar a apreciar cada momento de su vida como un regalo, y aunque resulte paradójico, desarrollan un sentimiento de gratitud hacia la enfermedad.

En este estado de gozo, las prioridades cambian. El dinero, el trabajo y los bienes materiales dejan de tener importancia y la balanza se inclina hacia las relaciones personales, hacer el bien, la compasión y son capaces de encontrar belleza casi en cualquier lugar.

“Consideran el propio camino hacia la muerte como una oportunidad para tener una experiencia plena y satisfactoria.”

En nuestra sociedad actual, tendemos a concebir la muerte como algo sórdido y sinsentido, lo cual deriva en sentimientos de ansiedad y terror cuando ésta se aproxima. Sin embargo, estos pacientes de los que hablo, no sólo eligen una visión más alentadora, sino que consideran el propio camino hacia la muerte como una oportunidad para tener una experiencia plena y satisfactoria.

Desde mi punto de vista, esta experiencia de gratitud, gozo y compromiso con la vida y el amor por ella se convierten en una experiencia sanadora.

En el campo de los tratamientos alternativos y con sus métodos menos invasivos, la sanación personal resulta en la curación de la enfermedad, según afirma el Dr Lodi.

Sin embargo, en el campo de los cuidados paliativos los pacientes de cáncer han sido apaleados por métodos invasivos como la cirugía, la radiación y la quimioterapia. A pesar de ello, la sanación personal es posible para aquellos que estén dispuestos a entregarse de pleno al proceso.

La realidad es que una enfermedad grave como el cáncer puede ser catalizadora de una experiencia de “muerte del Ego”, como la describen personas como Stanislav Groff o Aldus Huxley. Cuando sufrimos una gran crisis en nuestra vida, gran parte del sufrimiento que afrontamos deriva del hecho de que nuestra identidad se ve amenazada. Es decir, es nuestra idea sobre nosotros mismos la que se ve en peligro. Por el contrario, aquello que a veces llamamos nuestro Ser no puede verse nunca amenazado, ya que nuestro Ser no es más que el proceso continuo de seguir siendo, momento a momento. Al igual que en el caso de una bellota, cuya semilla se encuentra encerrada dentro de la cáscara, es necesario romper el caparazón para poder convertirse en planta y después de un tiempo en un roble magnífico. Sin romper el caparazón, la semilla no es más que un roble en potencia que no se ha manifestado todavía. Diferentes culturas han creado ritos de iniciación para facilitar una muerte del Ego para sus iniciados y para desatar la semilla que se encuentra en ellos. Nuestra cultura de hoy día no alberga este tipo de ritos y pienso que por ello hay gente que se enfrenta a una gran crisis por primera vez cuando se enfrenta a su muerte. Desafortunadamente carecemos de herramientas para apoyar a las personas durante este proceso. Durante mi carrera profesional he observado a gente que decidió no entregarse al proceso por miedo a perder su identidad y “volverse locos”. Aquellos que, por el contrario, decidieron transformar su vida, se dieron cuenta de que la locura era la forma en la que habían vivido hasta entonces. Tanto unos como otros murieron, pero unos murieron habiendo realmente abierto los ojos y sus corazones a la Vida.▗

URTZI CRISTÓBAL _ PSICÓLOGO ESPECIALISTA EN CUIDADOS PALIATIVOS Y DUELO

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Falta de madurez

LONDRES. _Cuando aún ocupaba el cargo de Jefe de Psicología en un centro de cuidados paliativos, asistí a una reunión que tenía por objetivo revisar nuestra política sobre el tratamiento de pacientes con alucinaciones.

Los casos de alucinación en pacientes de cáncer no son inusuales y pueden ser el resultado de múltiples causas como la quimioterapia, los efectos secundarios de la medicación, insuficiencias orgánicas y la falta de oxígeno en sangre, entre otras.

La política vigente en aquel momento recomendaba el uso sistemático de medicación antipsicótica en casos de alucinación, con el objetivo de reducir su intensidad. Sin embargo, los médicos del centro habían dado con un artículo científico de publicación reciente que ponía en tela de juicio la validez de nuestra estrategia.

La directora médica decidió convocar a un equipo integrado por todos los médicos del centro y varias enfermeras con cargos de responsabilidad. Con el fin de asegurarse de que hubiera un representante del cuidado psicológico del paciente, me pidió que acudiera a la reunión.

Hubo un consenso general entre los reunidos sobre la necesidad de seguir administrando antipsicóticos de manera generalizada. La prioridad, defendían, era reducir la intensidad de la angustia que puede provocar el delirio incontrolado. Con el objetivo de “arraigar al paciente en la realidad”, la encargada de enfermería propuso colocar grandes relojes y calendarios en las paredes. En su opinión, esto serviría para que los pacientes pudieran saber en qué día y hora vivían.

Permanecí callado durante gran parte de la reunión. Por un lado, estaba de acuerdo con el uso de antipsicóticos, ya que he podido observar lo abrumadoras y angustiosas que pueden resultar algunas alucinaciones. Pero, por otro lado, pensé en la muerte como un proceso de excarnación, en el que el alma del paciente comienza a abandonar su cuerpo.

Algo similar ocurre ante el hecho de someter a nuestro cuerpo a ciertas experiencias extremas, que puede derivar en un brote alucinatorio, en una sensación alterada de la realidad o en la pérdida del conocimiento. Esto ocurre en casos de calor, frío, hambre, sed y dolores extremos.

Muchas de las sociedades primitivas, conocedoras de este hecho, albergan ritos de iniciación basados en este mismo principio. De esta manera, y bajo supervisión constante, se busca disminuir de forma intencionada la corporalidad del individuo, casi hasta llegar a eliminarla. El objetivo es exponer al iniciado a un estado de conciencia alterado para aumentar su receptividad a mensajes, voces y visiones de naturaleza espiritual. Igualmente, la tradición cristiana ha utilizado hasta hace relativamente poco el ayuno y la autoflagelación como maneras de transcender la corporalidad y albergar experiencias místicas.

En las sociedades primitivas, el iniciado se sumerge en un proceso de transición que concluye en su consagración como adulto, guerrero, hechicero o cualquiera que sea su destino. El rito de iniciación sirve de vehículo para asistir a la persona en esta transición y el estado alterado de conciencia ejerce de orientación espiritual que le guía en su camino.

La gran diferencia entre estas culturas y la nuestra es que en aquéllas el proceso tiene lugar en compañía de “los sabios”. Por “sabios” me refiero a personas veteranas que han aprendido a navegar la intensidad de experiencias místicas (de intensidad psicótica) a base de haberlas vivido muchas veces en su propia carne. Mientras que, en nuestra sociedad científica actual, estas experiencias se ven como irreales e inútiles, y, por tanto, tendemos a suprimirlas a través de medicamentos que “nos devuelvan a la realidad”.

“Nuestra tarea en la vida consiste en explorar el Océano de nuestro inconsciente”

Joseph Campbell nos recuerda que nuestra tarea en la vida consiste en explorar el Océano de nuestro Inconsciente. La diferencia entre el psicótico y el místico argumenta, es que éste cultiva su capacidad de nadar, mientras que aquél se ahoga en él.

Finalmente decidí ofrecer esta reflexión a mis compañeros de reunión y planteé la posibilidad de que la necesidad de “traer al paciente de vuelta a la normalidad” no fuera más que un reflejo de nuestra incapacidad de tolerar tal intensidad de sentimientos en nuestro propio cuerpo.

Tengo la certeza absoluta de que estamos muy bien formados y equipados con los conocimientos técnicos propios de nuestra especialidad. Pero creo que nuestra formación no incluye el conocimiento necesario para poder recibir la experiencia humana en todas sus dimensiones.

La experiencia Humana, en toda su integridad, incluye el umbral que separa nuestra cordura de nuestra locura. A pesar de ser universal, en nuestra sociedad actual no dedicamos tiempo a explorarlo y conocerlo. Sin embargo, estoy seguro de que cualquier persona que haya perdido a un ser querido ha pasado más de una noche deambulando alrededor de ese umbral, sobre todo si se ha permitido vivir sus sentimientos sin distracciones ni analgésicos.

Mi intervención concluyó con el siguiente desafío: si los profesionales sanitarios cultiváramos esta cualidad y tratáramos de asemejarnos a “los sabios” que acompañan a los iniciados por los caminos tortuosos que transitan por los extremos de la experiencia humana, quizá podríamos acoger la intensidad del delirio en nuestros pacientes, en vez de suprimirla por vías psicológicas o farmacológicas.

El silencio en la sala fue ensordecedor, pero duró solo unos segundos y varias de las enfermeras retomaron su idea de colocar relojes y calendarios que ayudaran a los pacientes a reorientarse. Mi reflexión cayó en el vacío.

Tras haber trabajado durante más de una década en cuidados paliativos, he observado que, aunque todos los profesionales que trabajamos con la muerte seamos muy competentes en nuestra especialidad, nos sentimos incompetentes a diario. Ninguna intervención médica, psicológica o de otra índole puede evitar la muerte del paciente o el dolor de sus familiares.

En el mundo sanitario, donde el profesional tiene que mostrarse competente y su carrera laboral depende de ello, uno se centra únicamente en lo que sabe y en lo que puede hacer. Por ello, seguimos colocando relojes y administrando antipsicóticos. Pero corremos el riesgo de que nunca aprendamos sobre aquello que no dominamos, como, por ejemplo, algunas dimensiones del comportamiento humano. Si tuviéramos la humildad de reconocer nuestras carencias para poder aprender y mejorar, ofreceríamos un servicio más pleno y satisfactorio a nuestros pacientes, además de sentirnos más humanos en nuestro trabajo.

Y mientras no estemos dispuestos a cavar hondo en nuestros propios sentimientos de impotencia, nos resultará menos peligroso colocar relojes que aceptar nuestra propia inmadurez.▗

URTZI CRISTÓBAL _ PSICÓLOGO ESPECIALISTA EN CUIDADOS PALIATIVOS Y DUELO

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Cuando los asuntos no terminados se vuelven interminables

LONDRES. _ Una de las cosas que nos diferencia a los que vivimos en sociedades privilegiadas de aquellos que viven en sociedades más primitivas es que los que estamos a este lado de la línea podemos permitirnos pensar que nos quedan muchísimos años de vida por delante. Esta es una gran ventaja de los países desarrollados y los avances en la ciencia, la tecnología y la sanidad son los principales responsables de esta idea. También está el hecho de que la gran mayoría de los que estamos vivos hoy, no hayamos presenciado ninguna guerra que nos afecte directamente, o que no tengamos que arriesgar nuestra vida para salir a cazar. En definitiva, el riesgo de muerte es muy inferior en comparación con el de aquellos que no gozan de los privilegios del primer mundo.

Asuntos no terminados: consecuencia de dar la vida por supuesta No es de extrañar que cada día generemos una lista interminable de asuntos inconclusos: tenemos conversaciones pendientes con nuestra pareja que pensamos abordar el fin de semana, contamos con hacer la compra el viernes por la tarde o tenemos proyectos recién empezados. La idea es que continuaremos con ellos otro día y, aunque todos sabemos que existe la posibilidad teórica de que no haya un mañana, damos por supuesto de que lo habrá. La mayoría de las veces es una predicción correcta.

Este enfoque es necesario por razones prácticas y, no sería rentable emocionalmente, tratar de finalizar todo lo que hacemos en cada momento por si no tuviésemos la oportunidad de retomar las tareas a medio hacer. Pero hay otro tipo de asuntos que requieren mucha más energía cuando quedan sin terminar: los asuntos emocionales.

Asuntos emocionales No hace falta mirar muy atrás para encontrar ejemplos en nuestra propia vida de situaciones emocionales que no hemos solucionado o que han tardado tiempo en solucionarse. A veces, tenemos una relación difícil con nuestro padre o madre en la adolescencia, otras veces, dejamos de hablarnos con algún familiar durante algún tiempo. Hay disputas por dinero, desacuerdos por ideas políticas diferentes, rencores por acciones pasadas y sentimientos de culpa por no haber estado ahí cuando algún amigo más nos necesitaba.

Algunos de estos casos se solucionan después de años. Al pedir perdón cuando es necesario y escuchar el dolor que hayamos podido causar al otro, a la vez que hacemos nuestra vulnerabilidad visible al prójimo, puede haber un encuentro íntimo, donde las diferencias superficiales dan lugar al entendimiento. Cuando este no sea posible, daremos paso a la aceptación profunda. Las relaciones sanan y se vuelven más fuertes. Desafortunadamente, muchos de los conflictos emocionales quedan sin resolver. Cabe también mencionar que existen asuntos emocionales de índole positiva que con frecuencia no se comparten con seres queridos. Dar las gracias por algo que nos emocionó, decir a alguien lo importante que es para nosotros o lo valorados que nos sentimos cuando nos hicieron este u otro favor. Quizá por vergüenza o pudor, nos privamos de la oportunidad de experimentar un encuentro emocional que pudiera crear relaciones más plenas con aquellos que queremos.

“Es después del funeral cuando los asuntos no terminados afloran”

Cuando la muerte se acerca En caso de muerte repentina, ya sea accidental o por otras causas, todos los asuntos mencionados quedarían inconclusos. Los familiares del difunto se encuentran con las consecuencias, sobre todo prácticas, del fallecimiento. Aparte de su dolor y otras emociones que puedan sentir, los familiares se encargan de preparar el funeral, y de un montón de asuntos prácticos sobre los que hay que tomar decisiones: cerrar la cuenta del banco, anular la suscripción anual de tal asociación, avisar a amigos, etc. Es normalmente después del funeral, una vez ya todos los demás retornan a sus vidas, cuando los asuntos no terminados afloran: pesadillas, pensamientos continuos sobre lo que se podía haber hecho diferente, ansiedad, culpa… Pero lo más trágico es que cuando la muerte se da de una manera más paulatina, la situación final no difiere tanto de una muerte repentina, por lo menos, en cuanto a asuntos emocionales inconclusos se refiere. En el caso de enfermedades crónicas o de un cáncer, el deterioro puede alargarse durante años. Y, aunque uno de los síntomas principales en este tipo de enfermedades es la incertidumbre, hay un hecho que normalmente pasa desapercibido para todos los implicados: la certeza de la muerte. La actitud positiva, el mantener la esperanza de que el tratamiento funcione, la actitud de lucha y el no querer enojar a nadie por hablar de disputas pasadas, entre otras cosas, hace que los asuntos emocionales inconclusos no tengan cabida. Los potenciales encuentros, quizá cuando más importantes son, no ocurren con frecuencia, y la muerte ocurre de manera que deja a los familiares en estado de shock. Casi como si nadie lo esperara. Las disculpas que no se pidieron ya no se pueden pedir. El agradecimiento queda sin mostrar, las preguntas importantes que no se hicieron, sin contestar. Son cosas que afloran en el duelo, y uno puede hacer un trabajo para perdonar/se y hacer las paces. Esta es una buena segunda opción a la hora de ayudar con el duelo, pero hay que tener en cuenta que uno tiene que vivir con los asuntos no terminados para el resto de su vida. En vida, uno siempre tiene la esperanza de que algún día, podrá solucionar los asuntos. Pero la esperanza muere con la persona a la que necesitamos que nos escuche, nos entienda, nos perdone, o a la que necesitamos perdonar.

Y es que una vez muerto/a, los asuntos no terminados se convierten en asuntos interminables. Para siempre▗

URTZI CRISTÓBAL _ PSICÓLOGO ESPECIALISTA EN CUIDADOS PALIATIVOS Y DUELO

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Complementos para el recuerdo de la mano de Sortem

La firma cuenta en su catálogo con creaciones como ‘Momentos compartidos’ o minerales que contienen cenizas

Tener claro el papel de la despedida y el camino del duelo en la pérdida de un ser querido es fundamental para poner en valor el aspecto emocional en todo lo relacionado con el recuerdo. Precisamente éste es un aspecto muy presente en los complementos para el recuerdo de Sortem, que nacía hace cinco años con el objetivo de explorar la diversidad existente del rito funerario en el mundo y captar ideas renovadoras, adaptarlas y convertirlas en nuevas propuestas para el servicio funerario que ayuden a su crecimiento.
El cajón del olvido de la memoria está lleno de palabras e imágenes que se quedan guardadas sin ser contadas, según explican desde la compañía. Para poder recuperar de forma sencilla y directa esos sentimientos y regalárselos a las personas que nos dejan, nace ‘Momentos compartidos’, compuesto por un sobre, una tarjeta y una pulsera de hilo. Al tirar de la pulsera, se saca del sobre una nota de papel en la que podemos escribir lo que queremos compartir y guardarlo de nuevo. Por otro lado, la pulsera, pensada para ser anudada en la muñeca, es el recordatorio que queda cuando la despedida ha finalizado. “Momentos compartidos nace con el objetivo de hacer una despedida y decir algo que se quedó sin decir, plasmando lo que esa persona significaba para nosotros.”

La participación en este homenaje está abierta a todas las personas que se encuentran en la ceremonia, pudiendo así expresar su recuerdo y llevarse en forma de pulsera un pequeño lazo que les une a la persona que acaban de despedir.

“Sortem tiene como objetivo explorar la diversidad existente del rito funerario en el mundo, captar ideas renovadoras y convertirlas en nuevas propuestas”

Minerales que conectan  “Conectar con tu propia energía en un momento en que el estado de ánimo es bajo siempre es algo sano y aconsejable. En este sentido, las propiedades de los minerales, la textura, el tallado y su belleza natural son cualidades que favorecen esa conexión interior.”
Por ello, Sortem ha creado una colección de minerales para el recuerdo, configurada por una cuidada selección de piezas que agrupan todas esas cualidades. Cuarzo blanco, cuarzo rosa, cuarzo verde, amatista, hematite y carneola son las variantes que han sido elegidas para mantener presente el recuerdo de las personas que nos han dejado. Cada mineral, de tamaño reducido, contiene un depósito destinado a albergar cenizas, convirtiéndose en un discreto y pequeño relicario con el que siempre poder conectar y sentir a través del tacto esa conexión.

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“LOS PROFESIONALES DE LAS PEQUEÑAS FUNERARIAS SOMOS UN POCO FUNERARIO-ORQUESTA”

MAXIMIANO BRAVO, Gerente de Funeraria Bravo-Sánchez y Secretario de AFEX

Las funerarias pequeñas son más flexibles y se adaptan más rápido a las necesidades de las familias. Creo que todavía queda mucho camino que recorrer y que la clave para aguantar está en la profesionalización, la formación y el servicio. Hay espacio de convivencia para todas las caras del sector funerario: grandes, medianas y pequeñas, pero requiere esfuerzo.  

– Ser emprendedor es una actitud que se le exige al empresario de hoy en día. ¿Se puede emprender desde una funeraria pequeña?

MAXI. – Emprender es una palabra demasiado agigantada. Ser emprendedor no implica entrar en una dinámica de cambio constante y en clara oposición del negocio clásico. El funerario emprendedor es aquel que es capaz de combinar lo bueno del pasado con las nuevas necesidades de nuestra sociedad actual. Nuestras principales diferencias con los grandes grupos funerarios son la independencia, la alta capacidad de adaptación y un claro conocimiento personal de la mayoría de nuestros clientes.

– ¿De dónde nace la inquietud por trabajar dentro de una empresa funeraria?

M.B. – De forma profesional, entré en el sector funerario hace más de 18 años. Aunque el vínculo ya estaba creado porque mi abuelo fundó una pequeña carpintería donde se fabricaban ataúdes y también se realizaban servicios funerarios. En cierto modo, representaba el perfil más romántico de los primeros emprendedores de nuestro sector que luego continuó mi padre. Mi primera pasión fue el mundo del caballo, pero tras años de dedicación y exigencia, retomé el negocio familiar como tercera generación. Una experiencia que me ayudó a ser firme pero sobre todo muy adaptable al entorno donde trabajo.

– ¿Hay muchas diferencias entre el servicio de una funeraria de una gran urbe al servicio de una población radicalmente más pequeña?

M.B. – Los profesionales que estamos en funerarias pequeñas en miles de pueblos de toda Extremadura somos un poco funerario-orquesta. Tenemos la capacidad de aglutinar en una sola persona la atención a las familias, el asesoramiento, la organización de la despedida e incluso la parte administrativa con certificados de defunción, últimas voluntades… En cada zona, las costumbres y el folclore cambian, pero sí que es cierto que cuando las familias nos llegan a Torrecillas de la Tiesa de Barcelona o de Madrid se nota que hay mucha prisa, quieren acabar rápido.

“Hay espacio para grandes grupos funerarios y funerarias pequeñas si establecemos marcos de convivencia”

– ¿Cuál es el futuro de las pequeñas funerarias? ¿Qué papel tienen que desempeñar para sobrevivir?

M.B. – Cada caso es diferente. La liberalización del sector recompuso en gran medida el mapa. Los grandes grupos adquirieron pequeñas funerarias que aceptaron la oferta por cuestiones empresariales diversas desde económicas a falta de continuidad.  Desde entonces, se lleva hablando de la desaparición de los pequeños, pero la realidad es que seguimos representando un número muy elevado de establecimientos funerarios. Hay espacio para todos si establecemos marcos de convivencia. Somos más flexibles y nos movemos más rápido que las empresas grandes. Tenemos que seguir apostando por ofrecer servicio personalizado a las familias.

– Compagina su tarea diaria con la secretaría de la AFEX, Asociación de Funerarias Extremeñas. ¿Hacia dónde se encamina la Asociación?

M.B. – La asociación agrupa a un gran tejido de casi 40 funerarias de Cáceres y de Badajoz con más de 100 tanatorios repartidos por toda Extremadura. La voluntad de la asociación es recoger toda la experiencia que acumulamos y canalizarla a través de una voz que sea la interlocutora con la administración o cualquier otro organismo. También estamos reforzando los planes de formación en Tanatopraxia, Tanatoestética y otras nuevas competencias, el asesoramiento profesional a los asociados y acuerdos específicos con proveedores. Desde AFEX queremos evitar la atomización y crear nuevos lazos desde la concetranción de intereses comunes.

– Las características de servicio que busca tener en su funeraria son claras, pero, a nivel personal, ¿qué actitud prevalece para mantener la motivación?

M.B. – El buen humor. Mantener un buen tono vital y un estado de ánimo positivo me ayuda a poder gestionar la carga emocional y la carga laboral. No se trata de demostrar alegría externa, evidentemente, pero el sentido del humor es una constante que te activa y te protege en condiciones de tensión. Todos vivimos situaciones que son difíciles de normalizar y el buen humor es un mecanismo que me ayuda a continuar.■

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Sortem ofrece formación continua para profesionales funerarios

A través de un amplio catálogo de cursos adaptados a todas las disciplinas.

Uno de los retos más importantes que deben afrontar los profesionales funerarios y las empresas del sector es la formación continua de sus equipos para poder estar al día de las novedades y tendencias del momento. En este sentido, el departamento de formación de Sortem dispone de todo tipo de cursos para aquellos profesionales funerarios que deseen seguir mejorando sus competencias a través de una formación de calidad, práctica y aplicable.

En un mundo que se encuentra en constante cambio, la firma ofrece formación especializada para cada uno de los diferentes ámbitos de la profesión a través de un amplio catálogo de cursos específicos: Tanatoestética, Tanatopraxia, Inteligencia Emocional, Motivación Comercial y Trabajo en Equipo. Además, para satisfacer las demandas más actuales del mercado, Sortem ha incorporado recientemente a su oferta formativa los cursos de Despedida Civil y Homenaje Póstumo, Atención al Cliente en Duelo, Liderazgo Transformacional y Legislación Funeraria.

NUEVOS CURSOS _ Una de las características que define a Sortem es la incorporación de nuevas competencias y áreas formativas que resulten interesantes para los profesionales que operan en el sector funerario. Bajo esta premisa surgió el nuevo curso de Aerografía Tanatoestética, una forma práctica de conocer la potencia del aerógrafo. Se trata de un concepto innovador en maquillaje, que proporciona un acabado suave, natural y una textura difuminada ideal para el camuflaje. Asimismo, permite tratar imperfecciones de la piel, hematomas, ictericia y decoloraciones de forma efectiva y cuenta con resultados excelentes. El plan formativo del curso, especializado en tanatoestética, se centra en el uso del aerógrafo mediante la demostración y práctica de diferentes técnicas de maquillaje, técnicas para camuflar y análisis del rostro o visagismo.

Bajo el lema ‘Formar para mejorar, mejorar para diferenciarse’, Sortem propone estas acciones formativas con una orientación práctica muy marcada. Todos los integrantes del equipo formativo de la compañía son profesionales en activo que conocen los pormenores y el día a día del sector funerario, por lo cual otorgan una gran importancia al trabajo de campo en el desarrollo del curso.

Por otro lado, la compañía también ha confirmado su presencia en la próxima edición de Tanexpo, (Pabellón 22, Isla Española) entre los días 5 y 7 de abril, lo que supondrá una oportunidad perfecta para que los asistentes conozcan los cursos que tienen en activo y algunos de sus productos propios, como ‘Momentos Compartidos’

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