Momentos: “Reflejo”

Cuando imparto un curso a un grupo nuevo de gente, lo primero que hago es explorar las inquietudes de los asistentes. La razón es muy sencilla: me interesa mucho más el hecho de ser útil a los miembros asistentes que escucharme a mi mismo hablar de un tema que ya conozco.  En un curso reciente, en una zona rural, pedí a la gente que se imaginara que el curso ya hubiera finalizado y que hubiera respondido a todas sus preguntas, además de darles todas las herramientas para obtener el resultado que desearan en su trabajo. Las sonrisas en la cara de la gente según procedían a soñar fueron iluminando la sala poco a poco.  Me resultó curioso que, como en muchos otros cursos que he impartido en otros lugares, se confundieran la necesidad de conocimiento psicológico con otros elementos que pertenecen al mundo de la gestión. Por ejemplo, que el conocimiento de las fases del duelo en el familiar difícilmente va a eliminar las reacciones en éste procedentes del hecho de que las esquelas, las flores u otro tipo de servicio no se gestionen con la rapidez esperada.  La mayor dificultad que se llegó a expresar durante este curso en particular fue el sentimiento de responsabilidad que inundaba al personal de tener que cumplir las necesidades de toda la familia.  Tras varios ejercicios realizados, los asistentes del curso se dieron cuenta de que el trabajo emocional al que se enfrentan a diario no es más que la punta del iceberg y que, además, detrás de la presentación exterior de cada familia hay todo un mundo de experiencias, traumas, malentendidos, rencores y todo otro tipo de acontecimientos que el personal no conoce, pero que percibe de alguna manera.  Pedro, uno de los asistentes, presentó un ejemplo de lo que le depara su trabajo diario y habló de una familia concreta en la que varios de sus miembros estaban divididos en cuanto se refería a las esquelas. Unos eran partidarios de publicar una esquela en nombre de todos los hijos y la familia directa, mientras que otros defendían la necesidad de incluir a la familia más extensa.  El desacuerdo era una fuente de ansia y parecía provenir de un acontecimiento de hace muchos años que derivó en que uno de los hijos y el hermano del difunto no volvieran a hablarse.  Pedro se sentía abrumado. Quería que todos estuvieran contentos y al ver que no iba a ser posible, contestaba a cada familiar como podía. Por un lado, se ponía a la defensiva dando la información correcta. Por otro lado, se sentía cada vez más frustrado y enojado con la familia por ponerlo en una situación tan comprometida.  Al ser un tema que resonaba con el resto de los asistentes, pasamos un tiempo largo analizando la situación y tras un buen rato cavilando juntos, los invité a hacer el ejercicio que más efectivo encuentro en estos casos. Dos asistentes del curso personificaron a un familiar de “cada bando” y Pedro representó el papel de sí mismo.

LA MAYOR DIFICULTAD FUE LA RESPONSABILIDAD QUE LES INUNDABA AL TENER QUE CUMPLIR LAS NECESIDADES DE LA FAMILIA.

Comenzó el ejercicio con Pedro sentado en una silla y de pronto se le aproximó “uno de los familiares”. Tras exigir que se hiciera lo que ellos pensaban que era lo correcto, se puso a la defensiva diciendo que no podía garantizar nada de lo que se le pedía. La ventaja de este ejercicio fue que nos permitió parar y analizar que era lo que le estaba pasando a Pedro. Respiró profundo y tras pensar durante unos segundos admitió sentir rencor hacia el familiar por ponerle en tal situación. Además, se sentía impotente porque sabía que cualquier respuesta que le diera no le iba a satisfacer. La sensación de sentirse injustamente arrinconado no le permitía poder estar disponible para desarrollar una relación empática con “el familiar” de manera efectiva.  Dejé que el grupo ofreciera sus ideas y soluciones a la situación, pero no tardaron mucho en sentirse atascados el la misma problemática que paralizaba a Pedro. Por lo que me contaban casi todos, este tipo de sucesos eran relativamente normales.  Tras un rato, alguien me preguntó con tono enfadado qué era lo que tenían que hacer para “hacer que los familiares aceptaran la situación”. Tomé el riesgo de personificar a Pedro y ver si yo podía hacer algo diferente. Aunque no he trabajado nunca para una funeraria, he lidiado con situaciones de muchísima dificultad en cuidados paliativos, y he aprendido adecuar mi comunicación para navegar por situaciones de tensión extrema.

Sentado en la silla del profesional, observé por el rabillo del ojo cómo a Pedro se le dibujaba una sonrisa de satisfacción según se me acercaba “el familiar”. Me comenzó a hablar de que lo correcto era publicar una esquela a nombre de toda la familia, incluyendo la extensa, y procedió a darme toda una serie de razones al respecto. Con aire tranquilo y mirándolo a los ojos compasivo le respondí que comprendía que estaba en una situación muy delicada y que la incertidumbre sobre si iba a poder publicar la esquela que él quisiera era, lógicamente, una fuente de ansiedad. También le dije que, aun reconociendo la importancia de la esquela para él, parecía que otros miembros de la familia parecían estar en desacuerdo con su punto de vista y que mi labor como funerario era ejecutar la decisión que tomara toda la familia. Lo último que me deseaba es que el recuerdo de un momento tan importante como la muerte de un ser querido quedara teñida de rencor y frustración para siempre.  Le dije que la única manera era que toda la familia se reuniera para tomar la decisión y que yo les ayudaría en lo que pudiera.  El “familiar” se fue satisfecho. No demasiado contento, pero pudo comprender lo que le dije. Cuando llegó el turno del segundo “familiar”, tuvimos una conversación parecida.  Una vez terminado el ejercicio, les pregunté cómo había sido para ellos el sentarse en el papel de “familiar” y que reacciones se les habían despertado cuando hablé con ellos. Ambos me dijeron que mi postura era clara, compasiva, imparcial y lógica.  Durante una década en cuidados paliativos he aprendido que hay ciertas decisiones que solo las puede tomar la familia. Nuestra labor como profesionales es ejecutar sus decisiones, pero entrar a complacer a algunos familiares que se erigen como portavoces de la familia sin consentimiento de ésta no ayuda a nadie.  Por tanto, reflejar la situación como si se tratara de un espejo devuelve no solo la responsabilidad a la familia, sino la posibilidad de seguir siendo los autores de un capítulo que todavía no se ha escrito, en vez de víctimas de una historia impuesta por otros. | www.sortem.es

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