Momentos: «Tiempo»

Como psicólogo tengo una ventaja de la que, desafortunadamente, carece el personal funerario: dispongo de tiempo con el familiar en duelo. Tiempo para escuchar a la persona, tiempo para comprender su dolor y tiempo para conocer su historia. Sin embargo, los trabajadores de la funeraria entran en contacto durante un periodo de tiempo muy reducido con familiares inundados por sentimientos, a menudo, extremos. Además, deben ofrecer todo un servicio técnico al difunto y a la familia, deben ocuparse de una serie innumerable de asuntos prácticos como las esquelas, las flores, etc. Y todo ello en un momento en el que toda la historia de la familia, los desacuerdos, los rencores, la culpa y todo otro tipo de problemas personales se amplifican de manera significativa. Uno de los síntomas de nuestra sociedad actual, al menos en el mundo civilizado, es el tabú de la muerte. La hemos convertido en una realidad tan temida hasta el punto que la estrategia generalizada para gestionarla es mirar hacia otro lado y hacer como que no existe. Esto contribuye de manera importante a la amplificación ya mencionada. Esta manera evasiva de gestionar la muerte es la habitual en la mayoría de nuestra población, independientemente de su oficio. Es por tanto que también se aplica a los profesionales de la salud que acompañan al paciente en el último tramo de su vida, así como a los profesionales de la funeraria, entre otros.

BAJO SU DEFENSA ESTABA SU PROPIO MIEDO A LA MUERTE DE UN SER QUERIDO

Mariano había trabajado en el mundo funerario desde que dejo el instituto, hace ya siete u ocho años. Entró porque era donde había trabajado siempre su padre. pero, al final, le acabó gustando su trabajo. Lo que más le gustaba era cuando sentía que había hecho una buena labor con una familia, sabiendo que iban a quedarse con un buen recuerdo sobre su ser querido para el resto de su vida. Asistió a uno de mis cursos sobre comunicación y en uno de los ejercicios que realizamos, se dio cuenta de por qué terminaba poniéndose a la defensiva con sus clientes y por qué no podía mostrarse más empático con ellos: bajo su defensa estaba su propio miedo a la muerte de un ser querido. Con el objetivo de poder ahondar más en su capacidad de empatía, me pidió que le ofreciera supervisión clínica una vez cada dos semanas, durante la cual me exponía sus dificultades con clientes y entre los dos reflexionábamos sobre su comportamiento, lo que lo había impulsado y sobre todo, a cambiar su perspectiva para poder actuar de manera más humana y accesible en el futuro. Mariano tenia dos hijos. El mayor tenía cinco años y el pequeño dos. Su hijo mayor nació con una enfermedad cardiovascular muy poco común y permaneció en la unidad de cuidados intensivos durante unos meses. Durante el primer mes y medio de su vida estuvo en una situación muy grave y Mariano no tuvo más remedio que enfrentarse a su miedo a perderlo. Lloró, se enfadó, rompió cosas, bebió, se dio por vencido, volvió a levantarse y completó varios ciclos como éste. Pero nada de ello cambió la situación de su hijo, ni la posibilidad real de que lo fuera a perder. Finalmente, su estado se volvió menos grave y tras varias operaciones lo mandaron a casa. Mariano creó una coraza interior para desterrar el miedo de su conciencia y esta estrategia le funcionó la mayoría de las veces. Pero cuando veía a algún familiar desgarrándose de dolor ante la pérdida de un ser querido, su propio dolor y miedo comenzaban a reclamar algo de su atención. Cada vez que esto sucedía se tensaba más y trataba de calmar a sus clientes. Si ellos se calmaban, él sentía menos. Nuestro trabajo consistió en ir aceptando que tarde o temprano Mariano iba a perder a un ser querido a lo largo de su vida. A considerar que la condición de su hijo, que había encontrado una manera de vivir con su enfermedad, podría empeorar el día menos pensado. Y de alguna manera, empezar a hacer las paces con esa realidad. Mariano aprendió a nutrir su vulnerabilidad y a utilizarla como herramienta para entender la de otros. Empezó a observar sus sentimientos y a darse cuenta que éstos no son tan diferentes de la lluvia o la oscuridad de la noche: vienen, se quedan un tiempo y tarde o temprano desaparecen.
Me contaba la semana pasada que había hecho dos grandes descubrimientos durante nuestro trabajo juntos. El primero era que cuando afloraban sus sentimientos, por muy intensos que estos fueran, no tenía por qué actuar sobre ellos; simplemente observándolos acaban por desvanecerse. El segundo descubrimiento era que trabajando con la muerte los sentimientos de impotencia están siempre presentes. A uno siempre le hubiera gustado haber hecho más cosas, hacerlas mejor o lo que sea que pudiera mejorar la situación. Esto le ayudaba a calmarse cuando sentía que no había ayudado a alguna familia como hubiera querido. Mariano es un claro ejemplo de que el trabajo con la muerte siempre nos toca a nivel personal y que las barreras que erigimos para no sentir son las mismas que se interponen entre nosotros y nuestros clientes en el momento que más nos necesitan. Por ello, tomar la oportunidad y realizar el trabajo personal nos permite vivir una vida más plena y a su vez, ofrecer un mejor servicio a nuestros clientes. Como nos recuerda Rachel Remen, trabajar con la pérdida y la muerte a diario y esperar no sentirnos afectados por ello es tan poco realista como andar por el agua y esperar no mojarnos. Quizá es hora de que los que trabajamos con la muerte y la pérdida dejemos de mirar hacia fuera y comencemos a mirarnos hacia dentro. | URTZI CRISTOBAL

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