Momentos: Carga

El profesional funerario lleva ya de por sí una carga bastante pesada en circunstancias normales.

El hecho de que la sociedad no nos equipa con las herramientas necesarias para gestionar la muerte como un evento natural tiene una incidencia directa en nuestro sector: la intensidad de las reacciones ante la pérdida, además de asuntos inconclusos y conflictos familiares se amplifican de manera significativa.

Cualquier profesional que lleva años trabajando en el sector ha desarrollado un arsenal de mecanismos para protegerse del impacto emocional que pueda generarle su trabajo. Algunos de estos conflictos emocionales pueden ser el miedo a su propia muerte, la pérdida de un ser querido, la sobre identificación con la otra persona, etc. Sin embargo, la experiencia adquirida durante años le permite aprender a desensibilizarse en los casos que le tocan de cerca, a justificarse cuando aflora la duda sobre si ha hecho lo correcto o de proyectar su sentimiento de impotencia sobre los dirigentes, por ejemplo, en forma de incompetencia percibida.

En otras palabras, el estar expuesto a sentimientos de tal intensidad deriva en una carga emocional difícil de encajar en el mejor de los casos. Sin embargo, las herramientas que nos protegen de esta carga en situaciones normales y de estabilidad no funcionan en tiempos de inestabilidad, donde la normalidad reina por su ausencia.

La semana pasada tuve el privilegio de dirigir un grupo de apoyo a profesionales del mundo funerario en más de 5 países. Los asistentes utilizaron el foro para compartir sus inquietudes y sus dificultades con compañeros del sector. Algunos de los testimonios albergaban experiencias potencialmente traumáticas, incluso para alguien que está relativamente acostumbrado a enfrentarse a situaciones duras. Fue un encuentro humano y muy emotivo.

La impotencia es un sentimiento muy difícil de digerir. Trata de evadirse, genera distracciones y desvía la atención a la ira y a la injusticia.

Los asistentes tenían claro que durante la locura que acompaña la pandemia, abordaban la situación sin pensar demasiado ni saber muy bien hacia donde tirar. En zonas geográficas que han sido afectadas más tarde que otras, los directivos han incorporado el aprendizaje derivado de estas otras. Pero, aun así, la consternación sigue siendo generalizada.

Como ante cualquier tragedia, los asistentes han sido testigos de un evento aterrador, día tras día, y se han encontrado incapaces de hacer nada al respecto. La impotencia es un sentimiento muy difícil de digerir. Trata de evadirse, genera distracciones y desvía la atención a otros sentimientos menos incómodos como la ira y la injusticia. Sin embargo, reconocer la impotencia y darle lugar para existir es el primer paso que desencadena nuestro proceso de duelo personal.

A pesar de la fama con la que cuenta el sector funerario, mi experiencia me dicta que son muchos los profesionales que hacen su trabajo de corazón, gente que se implica de verdad con familiares que están pasando una situación emocional difícil. Gente que se preocupa por sus clientes y su bienestar, que se lleva los sentimientos a su casa y que algunas veces le pesan a las 3 de la mañana.

Uno de los trabajos del funerario es dignificar al difunto y a su familia para que pueda darse una despedida significativa que ayude al familiar a cerrar una etapa emocional y adentrarse en otra. Para ello, las funerarias se encargan de la presentación del difunto, ofrecen espacios adecuados para fomentar una buena experiencia y llevan a cabo ritos que faciliten una buena despedida.

Sin embargo, las herramientas que utilizan los trabajadores no están disponibles durante la pandemia: los difuntos no se pueden preparar, los familiares no acuden a despedirse de su ser querido y los funerales ya no se celebran como se han hecho siempre.

A pesar de ello, los profesionales de corazón, aquellos que aman su trabajo, han decidido dar la talla y crecerse ante una situación que pide más de ellos. Saben que muchos de los difuntos han muerto solos, sin familiares y sin que nadie les sujetara la mano durante sus últimos instantes de vida. No obstante, en vez de resignarse a este hecho, han decidido aportar su grano de arena y despedirse del difunto de parte de sus familiares ausentes. Mediante este hecho, los trabajadores están apelando tanto a la humanidad del difunto como a la suya propia. Se despiden del difunto sabiendo que tienen la obligación moral de comportarse con él de la misma manera que les gustaría que se comportaran con ellos si estuvieran en la misma situación. Colocan una flor sobre el féretro y le desean una buena transición, a donde sea que vayan los muertos.

Con este proceso dignifican una vez más al difunto y a su familia. Han encontrado una manera de adaptarse y llegar al mismo objetivo reinventando el proceso. No obstante, todos reconocen un hecho al unísono: todo lo que están viviendo ahora, pasará factura cuando esto acabe.

En primer lugar, me gustaría agradecer a todos los profesionales que se están dejando la piel cada día para ofrecer una despedida digna. Al fin y al cabo, lo hacen por nosotros y nuestros seres queridos. Y en segundo y último lugar, quisiera apelar a la obligación moral que tenemos todos aquellos que podemos apoyar al sector funerario. La factura llegará y debemos estar ahí para ellos cuando sea el caso. Como decía al inicio del artículo, los trabajadores de la funeraria están acostumbrados a llevar una carga, que deriva de una dificultad social hacia la muerte y no les pertenece solo a ellos. Es hora de que los que podamos ayudar aliviemos su carga.

Abril _ 2020
www. sortem.es

Momentos: Carga Momentos_4

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