Webinar: Gestionar emociones en tiempos revueltos

GESTIONAR EMOCIONES EN TIEMPOS REVUELTOS

WEBINAR GRATUITO

JUEVES 18 DE JUNIO DE 18:00H A 19:00H

Ponente: Iván García López _ Coach Integral de Salud Organizacional

Inscripición: formacion@sortem.es

El Coronamundo no deja indiferente a nadie y ha impactado directamente en el sector funerario que es pieza clave en la lucha contra el virus. ¿No nos merecemos aplausos también? Claro que sí. Por eso quiero compartir contigo claves prácticas que te ayuden, en tu día a día, a gestionar las emociones en esta «nueva anormalidad». ¿Te apuntas?

curso_motivación

Descargar el documento del webinar:

curso_motivación (3)

Read more

El COVID-19: Un cambio radical del entorno funerario – Nuevo Curso OnLine

Curso OnLine en directo. 6 horas repartidas en tres sesiones.

Formador: Urtzi Cristobal. Psicólogo especialista en duelo y cuidados paliativos

OFERTA LANZAMIENTO DEL CURSO: 90€

21, 22 y 25 de mayo. De 17h a 19h todas las sesiones.

TOTAL DEL CURSO 6 HORAS REPARTIDAS DURANTE 3 DÍAS EN MODALIDAD ONLINE EN DIRECTO EN LA PLATAFORMA ZOOM. ABIERTA LA RESERVA DE PLAZAS. INCLUIDO MATERIAL DE APOYO DEL CURSO Y CONSULTA ONLINE CON EL FORMADOR. Inscripción: formacion@sortem.es

Una situación excepcional como la del COVID-19 transforma todos los ámbitos de la vida cotidiana, incluida la manera que cuidamos de los difuntos y sus familias.

El hecho de que las herramientas cotidianas con las que cuenta el profesional funerarios no estén disponibles en tiempos de crisis, fomenta la sensación de impotencia, además de la sensación que no se esté haciendo suficiente por la gente que más lo necesita.  

Este curso permitirá al profesional funerario comprender sus reacciones, contextualizarlas y sobre todo, ayudará a cortar la cadena de experiencias que puedan resultar en problemas más graves como el síndrome de estrés postraumático.

Los asistentes aprenderán a identificar la correlación entre su experiencia y las circunstancias de su entorno inmediato, así como a reconocer su propio proceso de duelo.

Además, tendrán la oportunidad de compartir sus experiencias con sus compañeros de manera que puedan ponerse en contexto y ser expresadas de manera segura.

TEMARIO GENERAL PARA LAS 3 SESIONES

  • Cambio de reglas de juego
  • ¿En qué consiste la labor del funerario?
  • Identidad (personal y laboral) del funerario      
  • Desequilibrio entre el profesional y el entorno
  • La interrupción en situaciones donde el apoyo habitual no está disponible en el servicio funerario
  • Dinámicas grupales: Variables estresantes extremas
  • El conflicto en situaciones de estrés
  • El miedo y su dominio – mindfulness 
  • Reconoce tus reacciones de duelo
  • Las diferentes pérdidas a las que se enfrenta el profesional funerario
  • Apoyo en tiempos de duelo
  • Burnout – síndrome de fatiga de compasión

curso covid (2)curso covid (1)

 

Descargar el documento del curso:

curso covid (3)

Read more

Momentos: Carga

El profesional funerario lleva ya de por sí una carga bastante pesada en circunstancias normales.

El hecho de que la sociedad no nos equipa con las herramientas necesarias para gestionar la muerte como un evento natural tiene una incidencia directa en nuestro sector: la intensidad de las reacciones ante la pérdida, además de asuntos inconclusos y conflictos familiares se amplifican de manera significativa.

Cualquier profesional que lleva años trabajando en el sector ha desarrollado un arsenal de mecanismos para protegerse del impacto emocional que pueda generarle su trabajo. Algunos de estos conflictos emocionales pueden ser el miedo a su propia muerte, la pérdida de un ser querido, la sobre identificación con la otra persona, etc. Sin embargo, la experiencia adquirida durante años le permite aprender a desensibilizarse en los casos que le tocan de cerca, a justificarse cuando aflora la duda sobre si ha hecho lo correcto o de proyectar su sentimiento de impotencia sobre los dirigentes, por ejemplo, en forma de incompetencia percibida.

En otras palabras, el estar expuesto a sentimientos de tal intensidad deriva en una carga emocional difícil de encajar en el mejor de los casos. Sin embargo, las herramientas que nos protegen de esta carga en situaciones normales y de estabilidad no funcionan en tiempos de inestabilidad, donde la normalidad reina por su ausencia.

La semana pasada tuve el privilegio de dirigir un grupo de apoyo a profesionales del mundo funerario en más de 5 países. Los asistentes utilizaron el foro para compartir sus inquietudes y sus dificultades con compañeros del sector. Algunos de los testimonios albergaban experiencias potencialmente traumáticas, incluso para alguien que está relativamente acostumbrado a enfrentarse a situaciones duras. Fue un encuentro humano y muy emotivo.

La impotencia es un sentimiento muy difícil de digerir. Trata de evadirse, genera distracciones y desvía la atención a la ira y a la injusticia.

Los asistentes tenían claro que durante la locura que acompaña la pandemia, abordaban la situación sin pensar demasiado ni saber muy bien hacia donde tirar. En zonas geográficas que han sido afectadas más tarde que otras, los directivos han incorporado el aprendizaje derivado de estas otras. Pero, aun así, la consternación sigue siendo generalizada.

Como ante cualquier tragedia, los asistentes han sido testigos de un evento aterrador, día tras día, y se han encontrado incapaces de hacer nada al respecto. La impotencia es un sentimiento muy difícil de digerir. Trata de evadirse, genera distracciones y desvía la atención a otros sentimientos menos incómodos como la ira y la injusticia. Sin embargo, reconocer la impotencia y darle lugar para existir es el primer paso que desencadena nuestro proceso de duelo personal.

A pesar de la fama con la que cuenta el sector funerario, mi experiencia me dicta que son muchos los profesionales que hacen su trabajo de corazón, gente que se implica de verdad con familiares que están pasando una situación emocional difícil. Gente que se preocupa por sus clientes y su bienestar, que se lleva los sentimientos a su casa y que algunas veces le pesan a las 3 de la mañana.

Uno de los trabajos del funerario es dignificar al difunto y a su familia para que pueda darse una despedida significativa que ayude al familiar a cerrar una etapa emocional y adentrarse en otra. Para ello, las funerarias se encargan de la presentación del difunto, ofrecen espacios adecuados para fomentar una buena experiencia y llevan a cabo ritos que faciliten una buena despedida.

Sin embargo, las herramientas que utilizan los trabajadores no están disponibles durante la pandemia: los difuntos no se pueden preparar, los familiares no acuden a despedirse de su ser querido y los funerales ya no se celebran como se han hecho siempre.

A pesar de ello, los profesionales de corazón, aquellos que aman su trabajo, han decidido dar la talla y crecerse ante una situación que pide más de ellos. Saben que muchos de los difuntos han muerto solos, sin familiares y sin que nadie les sujetara la mano durante sus últimos instantes de vida. No obstante, en vez de resignarse a este hecho, han decidido aportar su grano de arena y despedirse del difunto de parte de sus familiares ausentes. Mediante este hecho, los trabajadores están apelando tanto a la humanidad del difunto como a la suya propia. Se despiden del difunto sabiendo que tienen la obligación moral de comportarse con él de la misma manera que les gustaría que se comportaran con ellos si estuvieran en la misma situación. Colocan una flor sobre el féretro y le desean una buena transición, a donde sea que vayan los muertos.

Con este proceso dignifican una vez más al difunto y a su familia. Han encontrado una manera de adaptarse y llegar al mismo objetivo reinventando el proceso. No obstante, todos reconocen un hecho al unísono: todo lo que están viviendo ahora, pasará factura cuando esto acabe.

En primer lugar, me gustaría agradecer a todos los profesionales que se están dejando la piel cada día para ofrecer una despedida digna. Al fin y al cabo, lo hacen por nosotros y nuestros seres queridos. Y en segundo y último lugar, quisiera apelar a la obligación moral que tenemos todos aquellos que podemos apoyar al sector funerario. La factura llegará y debemos estar ahí para ellos cuando sea el caso. Como decía al inicio del artículo, los trabajadores de la funeraria están acostumbrados a llevar una carga, que deriva de una dificultad social hacia la muerte y no les pertenece solo a ellos. Es hora de que los que podamos ayudar aliviemos su carga.

Abril _ 2020
www. sortem.es

Momentos: Carga Momentos_4

Read more

Momentos: Supervivencia

Corren tiempos muy difíciles.

Hace tiempo que vengo hablando sobre algunas consecuencias que derivan del hecho de que la muerte es un gran tabú en nuestra sociedad. En circunstancias normales, las deficiencias culturales han producido muchas situaciones más que tensas en el tanatorio, donde el profesional funerario se encuentra con familiares que no han hablado ni afrontado su situación. Incluso cuando la muerte de su ser querido era más que anunciada.

Sin embargo, ahora nos encontramos con un escenario completamente diferente. Hay gente que describe este periodo marcado por la pandemia del COVID-19 como un periodo de guerra. A pesar de que no estamos en guerra, algunas de las similitudes son aparentes y, si me lo permites, quisiera ahondar en algunas de ellas que guardan un lazo con el mundo de la muerte.

En tiempos de normalidad, disponemos de procesos regulares y planificados que permiten una buena muerte. Disponemos de asistencia sanitaria organizada, de servicios funerarios profesionales y efectivos que se encargan del aspecto práctico tras la muerte o de pólizas de seguro que marcan claramente las líneas sobre sus prestaciones. Aun así, la muerte se vive casi siempre como algo traumático, a pesar de que en numerosas ocasiones va precedida por un proceso de enfermedad largo.

Sin embargo, en tiempos de urgencia como los que vivimos, los procesos normalizados que empleamos son mayoritariamente ineficaces. No por incompetencia del sistema, sino porque tales procesos no están diseñados para hacer frente al escenario actual.

Por tanto y, a pesar de sus esfuerzos, tanto los servicios sanitarios como los funerarios se quedan cortos al cubrir las necesidades de sus usuarios. En una situación de transformación constante en la que las directrices del gobierno cambian casi de manera diaria, impera la incertidumbre. La demanda se ve aumentada por el incremento en el número de muertes y los recursos disminuidos por trabajadores en cuarentena.

Una de las primeras facultades que desaparece en tiempos de urgencia es la capacidad de reflexión y planificación. Es por ello que los planes de evacuación en caso de incendio se forjan en tiempos de tranquilidad. Cuando llega el incendio, solo se puede reaccionar.

Una de las primeras facultades que desaparece en tiempos de urgencia es la capacidad de reflexión y planificación.

Hoy día, nos encontramos en una situación de emergencia y sin precedentes. Es seguro que las últimas despedidas de las víctimas del COVID-19 no ocurran. Que los funerales, entierros o incineraciones, junto con los demás ritos que hemos creado para cerrar capítulos en nuestras vidas no lleguen a materializarse. Tanatorios vacíos, salas de espera desiertas, palacios de hielo llenos de fallecidos esperando su turno.

El trauma característico de la muerte, evitable en gran medida en tiempos de normalidad, se vuelve tan inevitable como generalizado en la situación actual. El pánico y los sentimientos no canalizados mediante rituales derivan en una falta de empatía, haciendo que uno no tenga capacidad de sintonizar con el dolor de otro porque uno ya tiene bastante con el suyo.

Tal y como sucede en tiempos de emergencia, el sueño de prosperar es demasiado ambicioso y uno solo puede pensar en sobrevivir. La tragedia es inevitable y las vivencias traumáticas difíciles de esquivar. Hay que esperar a que pase el peligro.

La secuela de lo vivido y las consecuencias psicológicas de haber presenciado un evento como éste se manifestarán una vez que haya pasado. El duelo llegará en una de sus múltiples encarnaciones, ya sea como un duelo complicado o como un trastorno de estrés postraumático.

En el futuro, tendremos que hacer especial hincapié en crear sistemas y procesos que permitan canalizar los sentimientos masivos almacenados. Tendremos que aprender a vivir y aceptar la vulnerabilidad que acompaña al ser humano, simplemente por ser mortal, desde su nacimiento hasta el fin de sus días.

Sin embargo, mientras dure la pandemia, lo único que nos queda es poner conciencia en el momento presente. Vivir el momento como si fuera a ser nuestro último y verlo como un regalo. Por eso se llama presente.

Por tanto, aprovecha para llamar a tus seres queridos y diles que los quieres. Llama a aquellos con quienes tengas un asunto pendiente y ciérralo. Pide perdón a quien se lo tengas que pedir y agradece a quien le tengas que agradecer.

Si se da el caso de que alguno no sobreviviera a la epidemia, tu relación con ellos habrá terminado con los asuntos tan cerrados como puedan estar. Aún te quedará el dolor, pero habrás creado un duelo más limpio. Sin embargo si, el día de mañana cuanto termine todo esto, tienes la suerte de reunirte con alguno en persona, fúndete con él o ella en un abrazo y celebra que todavía os queda tiempo juntos.

El tiempo que te queda con tus seres queridos, durante la pandemia o después, es casi irrelevante. Lo importante es lo que hagas con ese tiempo.

Abril _ 2020
www. sortem.es

Momentos: Supervivencia Momentos_4

Read more

“El trato sanitario y emocional con la muerte no acaba en el hospital”

JORDI FERNÁNDEZ. Responsable de Tanatopraxia de SFB – Grupo Memora. Tanatopractor. Exárbitro de fútbol y vicepresidente del Comité Técnico de Árbitros de la F.C.F.

Los profesionales funerarios, entre los que estamos los tanatopractores, somos los últimos actores que intervienen en la cadena sanitaria en un fallecimiento. Durante décadas, las autoridades competentes han obviado que la cadena sanitaria y la prevención no se acaba en el hospital. La crisis del COVID-19 está poniendo a prueba a todos los sectores, también al nuestro.

BARCELONA – MARZO 2020

– El COVID-19 ha tensionado a todos los sectores. ¿Cómo ha afectado al sector funerario?

JORDI FERNÁNDEZ. – El sector funerario y sobre todo sus trabajadores están demostrando durante estos días tan duros la gran responsabilidad que tenemos. Durante los primeros días de la pandemia, poca gente sabía a qué nos íbamos a enfrentar. En poco tiempo, ya conocemos muchas cosas de esta enfermedad y cómo actuar con seguridad frente a ella. La capacidad de adaptación de los profesionales funerarios es magnífica y nos permite enfrentarnos a cualquier situación como la que estamos viviendo. Estoy seguro de que las empresas funerarias hacen frente, actúan y se rigen bajo protocolos propios, además del protocolo del Ministerio de Sanidad. La profesionalidad de los empleados del sector destensa la situación y, durante estos días tan complicados, estamos doblando turnos, enfrentándonos a situaciones complejas e intentamos ofrecer el máximo respeto y cariño a las familias.

– Se está extendiendo un grito a voces que reivindica que sois el último eslabón de la cadena. ¿Qué significa esta situación?

J.F. – Por desgracia, hoy por hoy, cualquier persona en nuestro país puede manipular el cuerpo de una persona difunta. Esto es una barbaridad y más en los tiempos que estamos viviendo. Hay muchas y diferentes patologías a las cuales hay que saber enfrentarse. Por suerte, la profesionalización del sector está cada vez más presente y los trabajadores se forman para estar al día, pero aún queda mucho por hacer y sí, efectivamente, considero que somos el último eslabón de la cadena. A los difuntos se les debe de higienizar y desinfectar, realizar prácticas sanitarias como taponar las vías superiores y en muchos casos realizar tanatopraxias, conservaciones o embalsamamientos. Todas estas acciones se pueden considerar prácticas sanitarias. De hecho, hasta hace relativamente poco, en muchos lugares las conservaciones y embalsamamientos las realizaban los médicos. Así que es de perogrullo que somos parte de la cadena.

– Vivimos una alerta sanitaria. ¿Qué medidas se tienen que poner en práctica en un tanatorio?

J.F. –  Si seguimos las recomendaciones del protocolo del Ministerio de Sanidad, el peligro de contagio lo tienen los compañeros que realizan la recogida del difunto en el momento que el difunto se coloca en la bolsa sanitaria estanca. Hay hospitales que esta operación la realiza el propio personal del hospital, pero en muchos casos los traspasos se producen en residencias, centros sociosanitarios o en domicilios. Allí es donde nuestro personal entra en contacto con el fallecido. Es en ese momento cuando existe el peligro de contagio. Aconsejo que antes de introducir al difunto dentro de la bolsa sanitaria estanca, se impregne al fallecido con desinfectante. Una vez colocado en el ataúd, deberemos volver a desinfectar el féretro también. Es a partir de ese momento cuando las posibilidades de contagio se minimizan. Como ya es sabido por todos, la velación de un difunto por COVID-19 está prohibida. Una vez que el fallecido está en el féretro, éste no se debería de volver abrir para evitar el contagio entre los familiares y amistades. Seguramente un familiar de un enfermo por COVID-19, por el simple hecho de convivir con la persona infectada, tiene muchas probabilidades de estar también infectado. Si se reuniesen los familiares y amigos en el tanatorio, las posibilidades de contagio entre ellos y nuestro personal sería muy alto y no podemos permitirnos poner en riesgo a nuestros compañeros y trabajadores.

– Ante un caso de fallecimiento por Coronavirus, ¿qué protocolos se deben aplicar para evitar el contagio en el itinerario de un servicio funerario? 

J.F. –  Siempre, en todos los casos, debemos de utilizar los EPI. Debemos tener claro que nos enfrentamos a una enfermedad “nueva”, mayor motivo para hacer uso de los EPI necesarios para hacerle frente y estar protegidos. Si seguimos el protocolo del ministerio y los propios de las empresas funerarias, no debería de pasar nada, pero siempre debemos tener claro que estamos expuestos. El tema es muy serio. De la misma manera, los compañeros que tienen trato con los familiares de estos difuntos también deben de afrontar la situación y saber que ellos también están expuestos. Hay que estar protegidos, mantener la distancia de seguridad entre las personas y evitar el contacto físico además de lavarse con frecuencia las manos. Ya hay comunidades autónomas que han cerrado los tanatorios de cara al público y no se realizan ningún tipo de velación ni ceremonia. En el resto, se siguen haciendo actos de despedida. En estos casos, hay que tener la máxima consideración sobre la situación que estamos viviendo y es muy importante utilizar el sentido común.

“Siempre, en todos los casos, debemos utilizar los EPI para hacerle frente y estar protegidos”

– Los EPI son elementos cruciales para evitar la propagación de esta y otras infecciones, ¿por qué cree que está siendo tan complejo el abastecimiento?

J.F. –  Bajo mi opinión personal, como estoy mostrando en todas las preguntas, vivimos en una sociedad que se enfrenta a sus problemas día a día y poco pensamos en el futuro. Creo que somos muchos los que pensábamos que algo así nunca pasaría. En el Estado, a día 24 han fallecido 2.696 personas y hay miles de infectados. ¿Quién podía vaticinar algo así? Estoy seguro de que si la situación fuese la de hace tan solo un mes atrás, todas las empresas funerarias tenían y podían asumir todos los EPI necesarios para su personal y afrontar todos los servicios. La avalancha de enfermos ha desbordado a los hospitales y personal sanitario de primera línea. Es lógico que se centralicen las necesidades y se prioricen, pero las autoridades deberían acordarse del personal funerario que también se expone al riesgo de infectarse al realizar su trabajo y necesitamos EPI.

– Se están celebrando despedidas en circunstancias excepcionales, sin velatorio y en soledad. ¿Qué medidas se están tomando para atender las necesidades de las familias?

J.F. – Las familias son conscientes de la situación y en muchos casos son ellas mismas las que se marcan las limitaciones y actúan con responsabilidad. Cada empresa funeraria tiene sus normas además de las impuestas por el decreto de alarma. Todas se aplican pensando siempre en las familias y en los trabajadores.

«Es muy cruel perder a un ser querido por esta enfermedad. Los enfermos mueren solos por tener que estar aislados»

– La palabra “aplazado” está invadiendo todas nuestras actividades cotidianas ¿se puede aplazar el duelo?

J.F. – No, es muy cruel perder a un ser querido por esta enfermedad. En la mayoría de los casos, los enfermos mueren solos por tener que estar aislados. Según el protocolo de Sanidad, se debe permitir entrar en la habitación aislada del finado a los familiares directos y amigos para que puedan despedirse, siempre sin tocar al difunto ni las superficies y estar protegidos por los EPI pertinentes. Si se tiene esta oportunidad (la complejidad de muchos hospitales hace que sea imposible) será la última vez que vean a su familiar o amigo. Como ya he dicho, en estos casos no hay posibilidad de velarlos ni realizar ceremonia de despedida. Posiblemente debemos de empezar a pensar, cuando todo termine y la situación social vuelva a la normalidad, que a todos ellos se les pueda hacer un homenaje o acto. No solamente para honrar a la memoria del fallecido, también para ayudar a las familias a llevar mejor su duelo.

–  Combina su pasión por la tanatopraxia con el arbitraje. En su opinión ¿quién merece una tarjeta roja ante esta crisis sanitaria?

J.F. –  Creo y parto de la base de que todo el mundo actúa pensando que hace el bien para él y para los demás. Los ciudadanos deben de saber que esto va en serio y se debe de salir lo menos posible a la calle, ser disciplinados, lavarnos las manos con asiduidad y ponernos lo menos posible en riesgo. Tan sólo quiero recriminar y sacaría una tarjeta amarilla a alguna autoridad sanitaria que públicamente y en programas de televisión decían que le preocupaba más la gripe convencional que el Covid-19. ¡Ah! Y tened claro que, si yo pudiera, me quedaba en casa. ¡Ya que yo no puedo y mis compañeros tampoco, quédate tú en casa!

■ www.sortem.es

Entrevista a Jordi Fernández Entrevista a Jordi Fernández

Read more

Comunicado de Sortem frente al COVID-19

Momentos: «Impotencia»

La muerte es uno de los grandes tabúes en los tiempos que corren, aunque no ha sido siempre así. Los escritos del antropólogo americano Douglas durante su residencia en el País Vasco en los años sesenta demuestran que la actitud hacia la muerte en pueblos como Murélaga o Echalar era muy abierta y aceptada.  En sus obras habla de los ritos funerarios de dichos pueblos y de cómo la noticia de que alguien en el pueblo estaba a punto de morir o de que ya lo hubiera hecho se difundía con más rapidez que un incendió.

El sacristán del barrio del difunto sonaba las campanas varias veces al día, con sus características especiales en caso de que el difunto fuera hombre o mujer. También nos transmite que cuando el párroco acudía a casa del difunto a lavar su cuerpo con agua bendita varios niños de la aldea, quienes, aunque no fueran cercanos al difunto conocían las noticias, acompañaban a éste hasta la casa y presenciaban el rito en vivo y en directo.

Hace no tanto tiempo, el contacto con la enfermedad y la muerte era mucho mayor, más directo y presente que ahora.  La manera en la que abordamos la muerte hoy día es muy diferente. En pueblos pequeños de algunos lugares de nuestra geografía todavía se vive la muerte de alguien de la aldea como algo más cercano y sabido, aunque el contacto con el cadáver es bastante menor. Sin embargo, en pueblos un poquito más grandes, por no hablar de las ciudades, el contacto es mínimo.

La combinación de la falta de conocimiento sobre la materia junto con el hecho del fallecimiento es un asunto que por lo general se tiende a evitar y ha convertido a la muerte en un gran ogro, amplificado por miedos y fantasías que nunca se llegan a verificar hasta que sucede. Esto tiene grandes implicaciones para el mundo funerario. De la misma forma que sucede con cualquier tipo de viaje, cuando uno no ha preparado las maletas se encuentra en su lugar de destino sin el equipaje adecuado para hacerle frente.

MUCHAS FAMILIAS DECIDEN, DE MANERA CONSCIENTE O INCONSCIENTE, VIVIR SU VIDA COMO SI LA MUERTE NO ESTUVIERA OCURRIENDO.

Son muchas las familias que deciden, de manera consciente o inconsciente, vivir su vida como si la muerte no estuviera ocurriendo. Una de las trágicas consecuencias que esto puede acarrear es el hecho de que no haya un sentimiento de urgencia sobre la finitud e inminencia del fin de la vida de una persona y, por consiguiente, del fin de su familia con ella. El funerario se encuentra a menudo con familias que no han hecho preparativos, que no han acordado detalles de cómo quieren hacer las cosas, con divisiones de opinión, con riñas del pasado y con dinámicas que han caracterizado la convivencia de la familia. Sin embargo, esta vez ocurre un hecho que multiplica todo le mencionado de manera exponencial: la urgencia pasa de cero a cien en un solo instante. Aquí es donde muchas veces comienza la confusión para el profesional funerario. Si trasladáramos la situación a cualquier otro sector, por un momento, podríamos observar con más claridad lo que se está pidiendo del personal en tanatorios, centros de cuidados paliativos, embajadas, clínicas veterinarias y otro tipo de empresas que tratan con personas en duelo agudo.

Si imaginamos que una familia dividida quiere invertir en una casa, en una empresa o cualquier otro negocio o inmueble, nos sentimos más libres para poder ofrecer nuestro producto o servicio sin engancharnos tanto en las dinámicas familiares. Es decir, si el importe concreto de la hipoteca debe abonarse el primero de cada mes, las disputas familiares en un mes dado no los eximen de su obligación. El contrato que ofrecemos estipulará claramente las consecuencias de un impago y aunque en algún momento queramos hacer alguna concesión, los derechos y obligaciones quedan claros para las dos partes. De alguna manera, lo mismo ocurre en el contrato con la familia de un difunto. Ofrecemos un servicio que viene con derechos y obligaciones. La situación, sin embargo, es muy diferente. El familiar está en un estado emocional en el que, comprensiblemente, no tiene la capacidad de comportarse de manera fría y racional. Además, lo habitual es que haya muchas decisiones prácticas y emocionales que la familia no haya tomado todavía, que requieren frialdad y raciocinio para contener las emociones de manera saludable. Por si fuera poco, el profesional se encuentra haciendo un trabajo para el que está técnicamente muy bien equipado en el que sus miedos a enojar a su cliente interfieren con su tarea.

Por esta razón, la impotencia es algo que aflora con frecuencia para el personal que trabaja con personas en estados emocionales intensos, como es el caso de la pérdida de un ser querido. Las demandas sobre el trabajador exceden los recursos que éste posee para cumplirlas. No es de extrañar que suceda así, si tenemos en cuenta que las demandas emocionales son el resultado de que la muerte sea un tabú, de que no haya estructuras sociales para informar y acompañar a los familiares de moribundos, de un mundo cada vez más virtual que nos bombardea con información insignificante sobre modas, famosos y otras banalidades.

Mientras la muerte siga siendo tabú y como sociedad sigamos sin hacer las maletas, el profesional que atiende al doliente se seguirá sintiendo impotente y abrumado. Y mientras tanto, ninguna adquisición de herramientas psicológicas de atención contra el duelo va a eliminar las tensiones a las que se enfrenta. Sin embargo, aprender a navegar por la intensidad de las emociones, entender que no es su responsabilidad arreglar la situación y sentir la solidez de encontrase presente y empático con el cliente puede facilitarle mucho el trabajo. |

www. sortem.es

Read more

Momentos: “Reflejo”

Cuando imparto un curso a un grupo nuevo de gente, lo primero que hago es explorar las inquietudes de los asistentes. La razón es muy sencilla: me interesa mucho más el hecho de ser útil a los miembros asistentes que escucharme a mi mismo hablar de un tema que ya conozco.  En un curso reciente, en una zona rural, pedí a la gente que se imaginara que el curso ya hubiera finalizado y que hubiera respondido a todas sus preguntas, además de darles todas las herramientas para obtener el resultado que desearan en su trabajo. Las sonrisas en la cara de la gente según procedían a soñar fueron iluminando la sala poco a poco.  Me resultó curioso que, como en muchos otros cursos que he impartido en otros lugares, se confundieran la necesidad de conocimiento psicológico con otros elementos que pertenecen al mundo de la gestión. Por ejemplo, que el conocimiento de las fases del duelo en el familiar difícilmente va a eliminar las reacciones en éste procedentes del hecho de que las esquelas, las flores u otro tipo de servicio no se gestionen con la rapidez esperada.  La mayor dificultad que se llegó a expresar durante este curso en particular fue el sentimiento de responsabilidad que inundaba al personal de tener que cumplir las necesidades de toda la familia.  Tras varios ejercicios realizados, los asistentes del curso se dieron cuenta de que el trabajo emocional al que se enfrentan a diario no es más que la punta del iceberg y que, además, detrás de la presentación exterior de cada familia hay todo un mundo de experiencias, traumas, malentendidos, rencores y todo otro tipo de acontecimientos que el personal no conoce, pero que percibe de alguna manera.  Pedro, uno de los asistentes, presentó un ejemplo de lo que le depara su trabajo diario y habló de una familia concreta en la que varios de sus miembros estaban divididos en cuanto se refería a las esquelas. Unos eran partidarios de publicar una esquela en nombre de todos los hijos y la familia directa, mientras que otros defendían la necesidad de incluir a la familia más extensa.  El desacuerdo era una fuente de ansia y parecía provenir de un acontecimiento de hace muchos años que derivó en que uno de los hijos y el hermano del difunto no volvieran a hablarse.  Pedro se sentía abrumado. Quería que todos estuvieran contentos y al ver que no iba a ser posible, contestaba a cada familiar como podía. Por un lado, se ponía a la defensiva dando la información correcta. Por otro lado, se sentía cada vez más frustrado y enojado con la familia por ponerlo en una situación tan comprometida.  Al ser un tema que resonaba con el resto de los asistentes, pasamos un tiempo largo analizando la situación y tras un buen rato cavilando juntos, los invité a hacer el ejercicio que más efectivo encuentro en estos casos. Dos asistentes del curso personificaron a un familiar de “cada bando” y Pedro representó el papel de sí mismo.

LA MAYOR DIFICULTAD FUE LA RESPONSABILIDAD QUE LES INUNDABA AL TENER QUE CUMPLIR LAS NECESIDADES DE LA FAMILIA.

Comenzó el ejercicio con Pedro sentado en una silla y de pronto se le aproximó “uno de los familiares”. Tras exigir que se hiciera lo que ellos pensaban que era lo correcto, se puso a la defensiva diciendo que no podía garantizar nada de lo que se le pedía. La ventaja de este ejercicio fue que nos permitió parar y analizar que era lo que le estaba pasando a Pedro. Respiró profundo y tras pensar durante unos segundos admitió sentir rencor hacia el familiar por ponerle en tal situación. Además, se sentía impotente porque sabía que cualquier respuesta que le diera no le iba a satisfacer. La sensación de sentirse injustamente arrinconado no le permitía poder estar disponible para desarrollar una relación empática con “el familiar” de manera efectiva.  Dejé que el grupo ofreciera sus ideas y soluciones a la situación, pero no tardaron mucho en sentirse atascados el la misma problemática que paralizaba a Pedro. Por lo que me contaban casi todos, este tipo de sucesos eran relativamente normales.  Tras un rato, alguien me preguntó con tono enfadado qué era lo que tenían que hacer para “hacer que los familiares aceptaran la situación”. Tomé el riesgo de personificar a Pedro y ver si yo podía hacer algo diferente. Aunque no he trabajado nunca para una funeraria, he lidiado con situaciones de muchísima dificultad en cuidados paliativos, y he aprendido adecuar mi comunicación para navegar por situaciones de tensión extrema.

Sentado en la silla del profesional, observé por el rabillo del ojo cómo a Pedro se le dibujaba una sonrisa de satisfacción según se me acercaba “el familiar”. Me comenzó a hablar de que lo correcto era publicar una esquela a nombre de toda la familia, incluyendo la extensa, y procedió a darme toda una serie de razones al respecto. Con aire tranquilo y mirándolo a los ojos compasivo le respondí que comprendía que estaba en una situación muy delicada y que la incertidumbre sobre si iba a poder publicar la esquela que él quisiera era, lógicamente, una fuente de ansiedad. También le dije que, aun reconociendo la importancia de la esquela para él, parecía que otros miembros de la familia parecían estar en desacuerdo con su punto de vista y que mi labor como funerario era ejecutar la decisión que tomara toda la familia. Lo último que me deseaba es que el recuerdo de un momento tan importante como la muerte de un ser querido quedara teñida de rencor y frustración para siempre.  Le dije que la única manera era que toda la familia se reuniera para tomar la decisión y que yo les ayudaría en lo que pudiera.  El “familiar” se fue satisfecho. No demasiado contento, pero pudo comprender lo que le dije. Cuando llegó el turno del segundo “familiar”, tuvimos una conversación parecida.  Una vez terminado el ejercicio, les pregunté cómo había sido para ellos el sentarse en el papel de “familiar” y que reacciones se les habían despertado cuando hablé con ellos. Ambos me dijeron que mi postura era clara, compasiva, imparcial y lógica.  Durante una década en cuidados paliativos he aprendido que hay ciertas decisiones que solo las puede tomar la familia. Nuestra labor como profesionales es ejecutar sus decisiones, pero entrar a complacer a algunos familiares que se erigen como portavoces de la familia sin consentimiento de ésta no ayuda a nadie.  Por tanto, reflejar la situación como si se tratara de un espejo devuelve no solo la responsabilidad a la familia, sino la posibilidad de seguir siendo los autores de un capítulo que todavía no se ha escrito, en vez de víctimas de una historia impuesta por otros. | www.sortem.es

Read more

Momentos: «Tiempo»

Como psicólogo tengo una ventaja de la que, desafortunadamente, carece el personal funerario: dispongo de tiempo con el familiar en duelo. Tiempo para escuchar a la persona, tiempo para comprender su dolor y tiempo para conocer su historia. Sin embargo, los trabajadores de la funeraria entran en contacto durante un periodo de tiempo muy reducido con familiares inundados por sentimientos, a menudo, extremos. Además, deben ofrecer todo un servicio técnico al difunto y a la familia, deben ocuparse de una serie innumerable de asuntos prácticos como las esquelas, las flores, etc. Y todo ello en un momento en el que toda la historia de la familia, los desacuerdos, los rencores, la culpa y todo otro tipo de problemas personales se amplifican de manera significativa. Uno de los síntomas de nuestra sociedad actual, al menos en el mundo civilizado, es el tabú de la muerte. La hemos convertido en una realidad tan temida hasta el punto que la estrategia generalizada para gestionarla es mirar hacia otro lado y hacer como que no existe. Esto contribuye de manera importante a la amplificación ya mencionada. Esta manera evasiva de gestionar la muerte es la habitual en la mayoría de nuestra población, independientemente de su oficio. Es por tanto que también se aplica a los profesionales de la salud que acompañan al paciente en el último tramo de su vida, así como a los profesionales de la funeraria, entre otros.

BAJO SU DEFENSA ESTABA SU PROPIO MIEDO A LA MUERTE DE UN SER QUERIDO

Mariano había trabajado en el mundo funerario desde que dejo el instituto, hace ya siete u ocho años. Entró porque era donde había trabajado siempre su padre. pero, al final, le acabó gustando su trabajo. Lo que más le gustaba era cuando sentía que había hecho una buena labor con una familia, sabiendo que iban a quedarse con un buen recuerdo sobre su ser querido para el resto de su vida. Asistió a uno de mis cursos sobre comunicación y en uno de los ejercicios que realizamos, se dio cuenta de por qué terminaba poniéndose a la defensiva con sus clientes y por qué no podía mostrarse más empático con ellos: bajo su defensa estaba su propio miedo a la muerte de un ser querido. Con el objetivo de poder ahondar más en su capacidad de empatía, me pidió que le ofreciera supervisión clínica una vez cada dos semanas, durante la cual me exponía sus dificultades con clientes y entre los dos reflexionábamos sobre su comportamiento, lo que lo había impulsado y sobre todo, a cambiar su perspectiva para poder actuar de manera más humana y accesible en el futuro. Mariano tenia dos hijos. El mayor tenía cinco años y el pequeño dos. Su hijo mayor nació con una enfermedad cardiovascular muy poco común y permaneció en la unidad de cuidados intensivos durante unos meses. Durante el primer mes y medio de su vida estuvo en una situación muy grave y Mariano no tuvo más remedio que enfrentarse a su miedo a perderlo. Lloró, se enfadó, rompió cosas, bebió, se dio por vencido, volvió a levantarse y completó varios ciclos como éste. Pero nada de ello cambió la situación de su hijo, ni la posibilidad real de que lo fuera a perder. Finalmente, su estado se volvió menos grave y tras varias operaciones lo mandaron a casa. Mariano creó una coraza interior para desterrar el miedo de su conciencia y esta estrategia le funcionó la mayoría de las veces. Pero cuando veía a algún familiar desgarrándose de dolor ante la pérdida de un ser querido, su propio dolor y miedo comenzaban a reclamar algo de su atención. Cada vez que esto sucedía se tensaba más y trataba de calmar a sus clientes. Si ellos se calmaban, él sentía menos. Nuestro trabajo consistió en ir aceptando que tarde o temprano Mariano iba a perder a un ser querido a lo largo de su vida. A considerar que la condición de su hijo, que había encontrado una manera de vivir con su enfermedad, podría empeorar el día menos pensado. Y de alguna manera, empezar a hacer las paces con esa realidad. Mariano aprendió a nutrir su vulnerabilidad y a utilizarla como herramienta para entender la de otros. Empezó a observar sus sentimientos y a darse cuenta que éstos no son tan diferentes de la lluvia o la oscuridad de la noche: vienen, se quedan un tiempo y tarde o temprano desaparecen.
Me contaba la semana pasada que había hecho dos grandes descubrimientos durante nuestro trabajo juntos. El primero era que cuando afloraban sus sentimientos, por muy intensos que estos fueran, no tenía por qué actuar sobre ellos; simplemente observándolos acaban por desvanecerse. El segundo descubrimiento era que trabajando con la muerte los sentimientos de impotencia están siempre presentes. A uno siempre le hubiera gustado haber hecho más cosas, hacerlas mejor o lo que sea que pudiera mejorar la situación. Esto le ayudaba a calmarse cuando sentía que no había ayudado a alguna familia como hubiera querido. Mariano es un claro ejemplo de que el trabajo con la muerte siempre nos toca a nivel personal y que las barreras que erigimos para no sentir son las mismas que se interponen entre nosotros y nuestros clientes en el momento que más nos necesitan. Por ello, tomar la oportunidad y realizar el trabajo personal nos permite vivir una vida más plena y a su vez, ofrecer un mejor servicio a nuestros clientes. Como nos recuerda Rachel Remen, trabajar con la pérdida y la muerte a diario y esperar no sentirnos afectados por ello es tan poco realista como andar por el agua y esperar no mojarnos. Quizá es hora de que los que trabajamos con la muerte y la pérdida dejemos de mirar hacia fuera y comencemos a mirarnos hacia dentro. | URTZI CRISTOBAL

Read more

“La formación a tanatopractores es una carretera de doble sentido»

JUAN DIEGO CALDERÓN, Tanatopractor en Áltima y Formador en Tanatopraxia

Otra idea de la muerte es posible.  Aunque es un tabú para muchos, esconde grandes sorpresas si la miramos desde otros puntos de vista como el humor, el cine, la literatura, el arte… Los muertos, enseñan a los vivos y ese contenido es el que transmito cuando hablo sobre la muerte  en redes sociales desde el proyecto @mortuivivis

SORTEM.De pequeños, soñamos con ser bomberos, actores, periodistas, médicos científicos o hasta aventureros … ¿Cómo se llega a ser tanatopractor y conseguir que sea un sueño cumplido?

JUAN DIEGO CALDERÓN. – La Tanatopraxia es una de esas profesiones de vocación tardía que no sabes que existe hasta que no creces. En mi caso, se despertó la curiosidad hace ya 14 años cuando dejé mi Extremadura natal para ir a trabajar a Ciudad Real en un bar donde el hermano del dueño era funerario. Internet hizo el resto y di con un nombre que podía enfocar mi camino: Antonio Navarro de la Funeraria de Terrassa. Me puse en contacto con él, orientó mi formación en Tanatopraxia y Tanatoestética, y surgió la oportunidad de realizar unas prácticas en Terrassa. Después encontré trabajo en Serveis Funeraris del Baix Llobregat que es el origen de Áltima, donde ejerzo desde entonces. Así que viví, participé y sigo formando parte del crecimiento profesional de una de las empresas más importantes del sector. Sueño cumplido.

Cada vez hay más tanatorios y funerarias que ofrecen a las familias el servicio de tanatopraxia. ¿En qué momento de implantación del servicio cree que nos encontramos en España?

J.D.C. – En España, la tanatopraxia como tal tiene pequeños focos que se van iluminando cada día un poco más. Hace unos años, Barcelona era el gran referente, seguramente por su cercanía a Francia. Todavía sigue siendo abanderada en este servicio, aunque el embrión empieza a tomar forma con fuerza en otras zonas. Sobre todo en las comunidades que han apostado por abrir la puerta a la certificación profesional del tanatopractor o tanatopractora. Esto nos dota de un poder, de un reconocimiento a la hora de acondicionar un difunto que antes no existía. Aún queda mucho espacio para la mejora porque a pesar de que avanzamos en legislación y normativa, no se aplica para modificar el método de trabajo hacia la implantación de prácticas de tanatopraxia en general a todos los cuerpos. Tenemos que seguir cuidando y mostrando nuestra profesión para hacerla visible desde todos esos focos.

¿Qué argumentos son necesarios explicar y divulgar a la población en general para que la tanatopraxia sea cada vez más demandada y aceptada de forma natural?

J.D.C. – Principalmente tenemos que comunicar que como profesionales, vamos a hacer todo lo posible para que puedan despedirse de su ser querido tal y cómo lo recordaban. A las familias, no es necesario pormenorizarles las prácticas que vamos a realizar sobre ese difunto para que no esté hinchado, no esté morado, no se le note una marca o la entrada de una vía. Debemos transmitir la confianza para que puedan iniciar el proceso de duelo de una forma natural, porque realmente nuestros objetivo final son ellos: los familiares. El difunto es el vehículo que nos permite ofrecerles la imagen que recordarán de él en su despedida, por eso, es tan importante que ofrezca una sensación de paz y de tranquilidad que oculte los efectos que una muerte natural, repentina o traumática provoca. Desde la invisibilidad de nuestro trabajo, tenemos que esforzarnos por hacer visible la imagen que esperan de cada fallecido.

“Desde la invisibilidad, hacemos visible la imagen que esperan de cada fallecido”

Vivimos un momento efervescente en avances y cambios de filosofía en muchos sectores claves para la economía, ¿el sector funerario ha emprendido ese camino para preparar el futuro? Y, para la tanatopraxia en concreto, ¿cuál sería ese cambio?

J.D.C. – Es cierto que el sector funerario, históricamente, ha sido muy estático. No ha tenido una necesidad real de reinventarse desde los cimientos porque estaba instalado en una zona de confort que era aceptada en general. La liberalización del mercado, el aumento de la competencia, la llegada de nuevas técnicas y productos más seguros, el cuidado del medio ambiente y los cambios sociales y religiosos son factores que han obligado al mercado a moverse. Se ha extendido el uso de tanatorios, se han abierto las puertas a las ceremonias laicas, la cremación aumenta, el tratamiento de las cenizas se diversifica … Renovarse o morir, nunca mejor dicho.

Dedica buena parte de su tiempo a la formación en tanatopraxia a profesionales funerarios. ¿Qué objetivo persigue comunicar y qué retorno profesional obtiene?

J.D.C. – Me gusta ser tanatopractor y me gusta lo que hago. Desde ese plano, me gusta mostrar a mis compañeros cómo desarrollarlo. No guardo bajo llave como un gran secreto lo mucho o lo poco que sé, prefiero compartirlo y experimentar con ellos como ponerlo en práctica. La formación para profesionales es una carretera de doble sentido, porque el conocimiento viaja del profesor al alumno y al revés. Cuando estoy en una formación se produce un intercambio de experiencias que en la soledad de la sala de tanatopraxia no encuentras. El éxito de las empresas del sector pasa por un equipo motivado y bien formado.

Parece que hay cierta predisposición a regular la figura del tanatopractor y un interés creciente en obtener el certificado de profesionalidad. ¿Es suficiente o realmente el paso debería ser de mayor calado?

J.D.C. – Es cierto que en los últimos años hemos avanzado en el reconocimiento de la figura del tanatopractor. Es un proceso necesario para regular a todos los que nos dedicamos a esta labor y, desde luego, es un paso importante para normalizar nuestra situación. Pero no es más que el primer estadio que debe acabar fructificando en las aulas y con una titulación reconocida para la formación garantizada de futuros profesionales. Ahora estamos regularizando a los profesionales que ya existen, nuestro trabajo es poner las bases para los que van a venir y que se creen los roles de interrelación entre médicos forenses, funerarios y tanatopractores.

En materia de prevención laboral, ¿podemos hablar de una profesión de riesgo?

J.D.C. – Tengo la fortuna de trabajar en una empresa que está concienciada con la prevención laboral y sanitaria. Tenemos a nuestra disposición todos los EPIS, cumplimos con la normativa e intentamos minimizar al máximo cualquier tipo de riesgo. Estamos expuestos a sobrecargas musculares, cortes, contagios, productos que pueden afectar nuestra salud… Siempre parto de una lógica y la transmito a todos mis compañeros y en las formaciones, ante un difunto pueden ocurrir cosas no previstas. Por lo tanto, prevención antes, durante y después de cualquier intervención como en cualquier otra práctica sanitaria. Así que tenemos que acostumbrarnos al uso de batas, guantes, mascarillas … porque además son síntoma de profesionalidad.

Definir Tanatopraxia puede ser el principio de un largo y concienzudo debate. ¿Cuál es la suya?

J.D.C. – Definiciones hay muchas (risas) … La mía está basada en su finalidad, por lo tanto, sería el conjunto de técnicas y conocimientos que usamos para devolverle la dignidad al difunto tras la muerte y ofrecerle una imagen de tranquilidad a los que esperan para despedirlo.■

Read more

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies