El COVID-19: Un cambio radical del entorno funerario – Nuevo Curso OnLine

Curso OnLine en directo. 6 horas repartidas en tres sesiones.

Formador: Urtzi Cristobal. Psicólogo especialista en duelo y cuidados paliativos

OFERTA LANZAMIENTO DEL CURSO: 90€

21, 22 y 25 de mayo. De 17h a 19h todas las sesiones.

TOTAL DEL CURSO 6 HORAS REPARTIDAS DURANTE 3 DÍAS EN MODALIDAD ONLINE EN DIRECTO EN LA PLATAFORMA ZOOM. ABIERTA LA RESERVA DE PLAZAS. INCLUIDO MATERIAL DE APOYO DEL CURSO Y CONSULTA ONLINE CON EL FORMADOR. Inscripción: formacion@sortem.es

Una situación excepcional como la del COVID-19 transforma todos los ámbitos de la vida cotidiana, incluida la manera que cuidamos de los difuntos y sus familias.

El hecho de que las herramientas cotidianas con las que cuenta el profesional funerarios no estén disponibles en tiempos de crisis, fomenta la sensación de impotencia, además de la sensación que no se esté haciendo suficiente por la gente que más lo necesita.  

Este curso permitirá al profesional funerario comprender sus reacciones, contextualizarlas y sobre todo, ayudará a cortar la cadena de experiencias que puedan resultar en problemas más graves como el síndrome de estrés postraumático.

Los asistentes aprenderán a identificar la correlación entre su experiencia y las circunstancias de su entorno inmediato, así como a reconocer su propio proceso de duelo.

Además, tendrán la oportunidad de compartir sus experiencias con sus compañeros de manera que puedan ponerse en contexto y ser expresadas de manera segura.

TEMARIO GENERAL PARA LAS 3 SESIONES

  • Cambio de reglas de juego
  • ¿En qué consiste la labor del funerario?
  • Identidad (personal y laboral) del funerario      
  • Desequilibrio entre el profesional y el entorno
  • La interrupción en situaciones donde el apoyo habitual no está disponible en el servicio funerario
  • Dinámicas grupales: Variables estresantes extremas
  • El conflicto en situaciones de estrés
  • El miedo y su dominio – mindfulness 
  • Reconoce tus reacciones de duelo
  • Las diferentes pérdidas a las que se enfrenta el profesional funerario
  • Apoyo en tiempos de duelo
  • Burnout – síndrome de fatiga de compasión

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Momentos: Carga

El profesional funerario lleva ya de por sí una carga bastante pesada en circunstancias normales.

El hecho de que la sociedad no nos equipa con las herramientas necesarias para gestionar la muerte como un evento natural tiene una incidencia directa en nuestro sector: la intensidad de las reacciones ante la pérdida, además de asuntos inconclusos y conflictos familiares se amplifican de manera significativa.

Cualquier profesional que lleva años trabajando en el sector ha desarrollado un arsenal de mecanismos para protegerse del impacto emocional que pueda generarle su trabajo. Algunos de estos conflictos emocionales pueden ser el miedo a su propia muerte, la pérdida de un ser querido, la sobre identificación con la otra persona, etc. Sin embargo, la experiencia adquirida durante años le permite aprender a desensibilizarse en los casos que le tocan de cerca, a justificarse cuando aflora la duda sobre si ha hecho lo correcto o de proyectar su sentimiento de impotencia sobre los dirigentes, por ejemplo, en forma de incompetencia percibida.

En otras palabras, el estar expuesto a sentimientos de tal intensidad deriva en una carga emocional difícil de encajar en el mejor de los casos. Sin embargo, las herramientas que nos protegen de esta carga en situaciones normales y de estabilidad no funcionan en tiempos de inestabilidad, donde la normalidad reina por su ausencia.

La semana pasada tuve el privilegio de dirigir un grupo de apoyo a profesionales del mundo funerario en más de 5 países. Los asistentes utilizaron el foro para compartir sus inquietudes y sus dificultades con compañeros del sector. Algunos de los testimonios albergaban experiencias potencialmente traumáticas, incluso para alguien que está relativamente acostumbrado a enfrentarse a situaciones duras. Fue un encuentro humano y muy emotivo.

La impotencia es un sentimiento muy difícil de digerir. Trata de evadirse, genera distracciones y desvía la atención a la ira y a la injusticia.

Los asistentes tenían claro que durante la locura que acompaña la pandemia, abordaban la situación sin pensar demasiado ni saber muy bien hacia donde tirar. En zonas geográficas que han sido afectadas más tarde que otras, los directivos han incorporado el aprendizaje derivado de estas otras. Pero, aun así, la consternación sigue siendo generalizada.

Como ante cualquier tragedia, los asistentes han sido testigos de un evento aterrador, día tras día, y se han encontrado incapaces de hacer nada al respecto. La impotencia es un sentimiento muy difícil de digerir. Trata de evadirse, genera distracciones y desvía la atención a otros sentimientos menos incómodos como la ira y la injusticia. Sin embargo, reconocer la impotencia y darle lugar para existir es el primer paso que desencadena nuestro proceso de duelo personal.

A pesar de la fama con la que cuenta el sector funerario, mi experiencia me dicta que son muchos los profesionales que hacen su trabajo de corazón, gente que se implica de verdad con familiares que están pasando una situación emocional difícil. Gente que se preocupa por sus clientes y su bienestar, que se lleva los sentimientos a su casa y que algunas veces le pesan a las 3 de la mañana.

Uno de los trabajos del funerario es dignificar al difunto y a su familia para que pueda darse una despedida significativa que ayude al familiar a cerrar una etapa emocional y adentrarse en otra. Para ello, las funerarias se encargan de la presentación del difunto, ofrecen espacios adecuados para fomentar una buena experiencia y llevan a cabo ritos que faciliten una buena despedida.

Sin embargo, las herramientas que utilizan los trabajadores no están disponibles durante la pandemia: los difuntos no se pueden preparar, los familiares no acuden a despedirse de su ser querido y los funerales ya no se celebran como se han hecho siempre.

A pesar de ello, los profesionales de corazón, aquellos que aman su trabajo, han decidido dar la talla y crecerse ante una situación que pide más de ellos. Saben que muchos de los difuntos han muerto solos, sin familiares y sin que nadie les sujetara la mano durante sus últimos instantes de vida. No obstante, en vez de resignarse a este hecho, han decidido aportar su grano de arena y despedirse del difunto de parte de sus familiares ausentes. Mediante este hecho, los trabajadores están apelando tanto a la humanidad del difunto como a la suya propia. Se despiden del difunto sabiendo que tienen la obligación moral de comportarse con él de la misma manera que les gustaría que se comportaran con ellos si estuvieran en la misma situación. Colocan una flor sobre el féretro y le desean una buena transición, a donde sea que vayan los muertos.

Con este proceso dignifican una vez más al difunto y a su familia. Han encontrado una manera de adaptarse y llegar al mismo objetivo reinventando el proceso. No obstante, todos reconocen un hecho al unísono: todo lo que están viviendo ahora, pasará factura cuando esto acabe.

En primer lugar, me gustaría agradecer a todos los profesionales que se están dejando la piel cada día para ofrecer una despedida digna. Al fin y al cabo, lo hacen por nosotros y nuestros seres queridos. Y en segundo y último lugar, quisiera apelar a la obligación moral que tenemos todos aquellos que podemos apoyar al sector funerario. La factura llegará y debemos estar ahí para ellos cuando sea el caso. Como decía al inicio del artículo, los trabajadores de la funeraria están acostumbrados a llevar una carga, que deriva de una dificultad social hacia la muerte y no les pertenece solo a ellos. Es hora de que los que podamos ayudar aliviemos su carga.

Abril _ 2020
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Momentos: Supervivencia

Corren tiempos muy difíciles.

Hace tiempo que vengo hablando sobre algunas consecuencias que derivan del hecho de que la muerte es un gran tabú en nuestra sociedad. En circunstancias normales, las deficiencias culturales han producido muchas situaciones más que tensas en el tanatorio, donde el profesional funerario se encuentra con familiares que no han hablado ni afrontado su situación. Incluso cuando la muerte de su ser querido era más que anunciada.

Sin embargo, ahora nos encontramos con un escenario completamente diferente. Hay gente que describe este periodo marcado por la pandemia del COVID-19 como un periodo de guerra. A pesar de que no estamos en guerra, algunas de las similitudes son aparentes y, si me lo permites, quisiera ahondar en algunas de ellas que guardan un lazo con el mundo de la muerte.

En tiempos de normalidad, disponemos de procesos regulares y planificados que permiten una buena muerte. Disponemos de asistencia sanitaria organizada, de servicios funerarios profesionales y efectivos que se encargan del aspecto práctico tras la muerte o de pólizas de seguro que marcan claramente las líneas sobre sus prestaciones. Aun así, la muerte se vive casi siempre como algo traumático, a pesar de que en numerosas ocasiones va precedida por un proceso de enfermedad largo.

Sin embargo, en tiempos de urgencia como los que vivimos, los procesos normalizados que empleamos son mayoritariamente ineficaces. No por incompetencia del sistema, sino porque tales procesos no están diseñados para hacer frente al escenario actual.

Por tanto y, a pesar de sus esfuerzos, tanto los servicios sanitarios como los funerarios se quedan cortos al cubrir las necesidades de sus usuarios. En una situación de transformación constante en la que las directrices del gobierno cambian casi de manera diaria, impera la incertidumbre. La demanda se ve aumentada por el incremento en el número de muertes y los recursos disminuidos por trabajadores en cuarentena.

Una de las primeras facultades que desaparece en tiempos de urgencia es la capacidad de reflexión y planificación. Es por ello que los planes de evacuación en caso de incendio se forjan en tiempos de tranquilidad. Cuando llega el incendio, solo se puede reaccionar.

Una de las primeras facultades que desaparece en tiempos de urgencia es la capacidad de reflexión y planificación.

Hoy día, nos encontramos en una situación de emergencia y sin precedentes. Es seguro que las últimas despedidas de las víctimas del COVID-19 no ocurran. Que los funerales, entierros o incineraciones, junto con los demás ritos que hemos creado para cerrar capítulos en nuestras vidas no lleguen a materializarse. Tanatorios vacíos, salas de espera desiertas, palacios de hielo llenos de fallecidos esperando su turno.

El trauma característico de la muerte, evitable en gran medida en tiempos de normalidad, se vuelve tan inevitable como generalizado en la situación actual. El pánico y los sentimientos no canalizados mediante rituales derivan en una falta de empatía, haciendo que uno no tenga capacidad de sintonizar con el dolor de otro porque uno ya tiene bastante con el suyo.

Tal y como sucede en tiempos de emergencia, el sueño de prosperar es demasiado ambicioso y uno solo puede pensar en sobrevivir. La tragedia es inevitable y las vivencias traumáticas difíciles de esquivar. Hay que esperar a que pase el peligro.

La secuela de lo vivido y las consecuencias psicológicas de haber presenciado un evento como éste se manifestarán una vez que haya pasado. El duelo llegará en una de sus múltiples encarnaciones, ya sea como un duelo complicado o como un trastorno de estrés postraumático.

En el futuro, tendremos que hacer especial hincapié en crear sistemas y procesos que permitan canalizar los sentimientos masivos almacenados. Tendremos que aprender a vivir y aceptar la vulnerabilidad que acompaña al ser humano, simplemente por ser mortal, desde su nacimiento hasta el fin de sus días.

Sin embargo, mientras dure la pandemia, lo único que nos queda es poner conciencia en el momento presente. Vivir el momento como si fuera a ser nuestro último y verlo como un regalo. Por eso se llama presente.

Por tanto, aprovecha para llamar a tus seres queridos y diles que los quieres. Llama a aquellos con quienes tengas un asunto pendiente y ciérralo. Pide perdón a quien se lo tengas que pedir y agradece a quien le tengas que agradecer.

Si se da el caso de que alguno no sobreviviera a la epidemia, tu relación con ellos habrá terminado con los asuntos tan cerrados como puedan estar. Aún te quedará el dolor, pero habrás creado un duelo más limpio. Sin embargo si, el día de mañana cuanto termine todo esto, tienes la suerte de reunirte con alguno en persona, fúndete con él o ella en un abrazo y celebra que todavía os queda tiempo juntos.

El tiempo que te queda con tus seres queridos, durante la pandemia o después, es casi irrelevante. Lo importante es lo que hagas con ese tiempo.

Abril _ 2020
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Momentos: «Impotencia»

La muerte es uno de los grandes tabúes en los tiempos que corren, aunque no ha sido siempre así. Los escritos del antropólogo americano Douglas durante su residencia en el País Vasco en los años sesenta demuestran que la actitud hacia la muerte en pueblos como Murélaga o Echalar era muy abierta y aceptada.  En sus obras habla de los ritos funerarios de dichos pueblos y de cómo la noticia de que alguien en el pueblo estaba a punto de morir o de que ya lo hubiera hecho se difundía con más rapidez que un incendió.

El sacristán del barrio del difunto sonaba las campanas varias veces al día, con sus características especiales en caso de que el difunto fuera hombre o mujer. También nos transmite que cuando el párroco acudía a casa del difunto a lavar su cuerpo con agua bendita varios niños de la aldea, quienes, aunque no fueran cercanos al difunto conocían las noticias, acompañaban a éste hasta la casa y presenciaban el rito en vivo y en directo.

Hace no tanto tiempo, el contacto con la enfermedad y la muerte era mucho mayor, más directo y presente que ahora.  La manera en la que abordamos la muerte hoy día es muy diferente. En pueblos pequeños de algunos lugares de nuestra geografía todavía se vive la muerte de alguien de la aldea como algo más cercano y sabido, aunque el contacto con el cadáver es bastante menor. Sin embargo, en pueblos un poquito más grandes, por no hablar de las ciudades, el contacto es mínimo.

La combinación de la falta de conocimiento sobre la materia junto con el hecho del fallecimiento es un asunto que por lo general se tiende a evitar y ha convertido a la muerte en un gran ogro, amplificado por miedos y fantasías que nunca se llegan a verificar hasta que sucede. Esto tiene grandes implicaciones para el mundo funerario. De la misma forma que sucede con cualquier tipo de viaje, cuando uno no ha preparado las maletas se encuentra en su lugar de destino sin el equipaje adecuado para hacerle frente.

MUCHAS FAMILIAS DECIDEN, DE MANERA CONSCIENTE O INCONSCIENTE, VIVIR SU VIDA COMO SI LA MUERTE NO ESTUVIERA OCURRIENDO.

Son muchas las familias que deciden, de manera consciente o inconsciente, vivir su vida como si la muerte no estuviera ocurriendo. Una de las trágicas consecuencias que esto puede acarrear es el hecho de que no haya un sentimiento de urgencia sobre la finitud e inminencia del fin de la vida de una persona y, por consiguiente, del fin de su familia con ella. El funerario se encuentra a menudo con familias que no han hecho preparativos, que no han acordado detalles de cómo quieren hacer las cosas, con divisiones de opinión, con riñas del pasado y con dinámicas que han caracterizado la convivencia de la familia. Sin embargo, esta vez ocurre un hecho que multiplica todo le mencionado de manera exponencial: la urgencia pasa de cero a cien en un solo instante. Aquí es donde muchas veces comienza la confusión para el profesional funerario. Si trasladáramos la situación a cualquier otro sector, por un momento, podríamos observar con más claridad lo que se está pidiendo del personal en tanatorios, centros de cuidados paliativos, embajadas, clínicas veterinarias y otro tipo de empresas que tratan con personas en duelo agudo.

Si imaginamos que una familia dividida quiere invertir en una casa, en una empresa o cualquier otro negocio o inmueble, nos sentimos más libres para poder ofrecer nuestro producto o servicio sin engancharnos tanto en las dinámicas familiares. Es decir, si el importe concreto de la hipoteca debe abonarse el primero de cada mes, las disputas familiares en un mes dado no los eximen de su obligación. El contrato que ofrecemos estipulará claramente las consecuencias de un impago y aunque en algún momento queramos hacer alguna concesión, los derechos y obligaciones quedan claros para las dos partes. De alguna manera, lo mismo ocurre en el contrato con la familia de un difunto. Ofrecemos un servicio que viene con derechos y obligaciones. La situación, sin embargo, es muy diferente. El familiar está en un estado emocional en el que, comprensiblemente, no tiene la capacidad de comportarse de manera fría y racional. Además, lo habitual es que haya muchas decisiones prácticas y emocionales que la familia no haya tomado todavía, que requieren frialdad y raciocinio para contener las emociones de manera saludable. Por si fuera poco, el profesional se encuentra haciendo un trabajo para el que está técnicamente muy bien equipado en el que sus miedos a enojar a su cliente interfieren con su tarea.

Por esta razón, la impotencia es algo que aflora con frecuencia para el personal que trabaja con personas en estados emocionales intensos, como es el caso de la pérdida de un ser querido. Las demandas sobre el trabajador exceden los recursos que éste posee para cumplirlas. No es de extrañar que suceda así, si tenemos en cuenta que las demandas emocionales son el resultado de que la muerte sea un tabú, de que no haya estructuras sociales para informar y acompañar a los familiares de moribundos, de un mundo cada vez más virtual que nos bombardea con información insignificante sobre modas, famosos y otras banalidades.

Mientras la muerte siga siendo tabú y como sociedad sigamos sin hacer las maletas, el profesional que atiende al doliente se seguirá sintiendo impotente y abrumado. Y mientras tanto, ninguna adquisición de herramientas psicológicas de atención contra el duelo va a eliminar las tensiones a las que se enfrenta. Sin embargo, aprender a navegar por la intensidad de las emociones, entender que no es su responsabilidad arreglar la situación y sentir la solidez de encontrase presente y empático con el cliente puede facilitarle mucho el trabajo. |

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Momentos: “Reflejo”

Cuando imparto un curso a un grupo nuevo de gente, lo primero que hago es explorar las inquietudes de los asistentes. La razón es muy sencilla: me interesa mucho más el hecho de ser útil a los miembros asistentes que escucharme a mi mismo hablar de un tema que ya conozco.  En un curso reciente, en una zona rural, pedí a la gente que se imaginara que el curso ya hubiera finalizado y que hubiera respondido a todas sus preguntas, además de darles todas las herramientas para obtener el resultado que desearan en su trabajo. Las sonrisas en la cara de la gente según procedían a soñar fueron iluminando la sala poco a poco.  Me resultó curioso que, como en muchos otros cursos que he impartido en otros lugares, se confundieran la necesidad de conocimiento psicológico con otros elementos que pertenecen al mundo de la gestión. Por ejemplo, que el conocimiento de las fases del duelo en el familiar difícilmente va a eliminar las reacciones en éste procedentes del hecho de que las esquelas, las flores u otro tipo de servicio no se gestionen con la rapidez esperada.  La mayor dificultad que se llegó a expresar durante este curso en particular fue el sentimiento de responsabilidad que inundaba al personal de tener que cumplir las necesidades de toda la familia.  Tras varios ejercicios realizados, los asistentes del curso se dieron cuenta de que el trabajo emocional al que se enfrentan a diario no es más que la punta del iceberg y que, además, detrás de la presentación exterior de cada familia hay todo un mundo de experiencias, traumas, malentendidos, rencores y todo otro tipo de acontecimientos que el personal no conoce, pero que percibe de alguna manera.  Pedro, uno de los asistentes, presentó un ejemplo de lo que le depara su trabajo diario y habló de una familia concreta en la que varios de sus miembros estaban divididos en cuanto se refería a las esquelas. Unos eran partidarios de publicar una esquela en nombre de todos los hijos y la familia directa, mientras que otros defendían la necesidad de incluir a la familia más extensa.  El desacuerdo era una fuente de ansia y parecía provenir de un acontecimiento de hace muchos años que derivó en que uno de los hijos y el hermano del difunto no volvieran a hablarse.  Pedro se sentía abrumado. Quería que todos estuvieran contentos y al ver que no iba a ser posible, contestaba a cada familiar como podía. Por un lado, se ponía a la defensiva dando la información correcta. Por otro lado, se sentía cada vez más frustrado y enojado con la familia por ponerlo en una situación tan comprometida.  Al ser un tema que resonaba con el resto de los asistentes, pasamos un tiempo largo analizando la situación y tras un buen rato cavilando juntos, los invité a hacer el ejercicio que más efectivo encuentro en estos casos. Dos asistentes del curso personificaron a un familiar de “cada bando” y Pedro representó el papel de sí mismo.

LA MAYOR DIFICULTAD FUE LA RESPONSABILIDAD QUE LES INUNDABA AL TENER QUE CUMPLIR LAS NECESIDADES DE LA FAMILIA.

Comenzó el ejercicio con Pedro sentado en una silla y de pronto se le aproximó “uno de los familiares”. Tras exigir que se hiciera lo que ellos pensaban que era lo correcto, se puso a la defensiva diciendo que no podía garantizar nada de lo que se le pedía. La ventaja de este ejercicio fue que nos permitió parar y analizar que era lo que le estaba pasando a Pedro. Respiró profundo y tras pensar durante unos segundos admitió sentir rencor hacia el familiar por ponerle en tal situación. Además, se sentía impotente porque sabía que cualquier respuesta que le diera no le iba a satisfacer. La sensación de sentirse injustamente arrinconado no le permitía poder estar disponible para desarrollar una relación empática con “el familiar” de manera efectiva.  Dejé que el grupo ofreciera sus ideas y soluciones a la situación, pero no tardaron mucho en sentirse atascados el la misma problemática que paralizaba a Pedro. Por lo que me contaban casi todos, este tipo de sucesos eran relativamente normales.  Tras un rato, alguien me preguntó con tono enfadado qué era lo que tenían que hacer para “hacer que los familiares aceptaran la situación”. Tomé el riesgo de personificar a Pedro y ver si yo podía hacer algo diferente. Aunque no he trabajado nunca para una funeraria, he lidiado con situaciones de muchísima dificultad en cuidados paliativos, y he aprendido adecuar mi comunicación para navegar por situaciones de tensión extrema.

Sentado en la silla del profesional, observé por el rabillo del ojo cómo a Pedro se le dibujaba una sonrisa de satisfacción según se me acercaba “el familiar”. Me comenzó a hablar de que lo correcto era publicar una esquela a nombre de toda la familia, incluyendo la extensa, y procedió a darme toda una serie de razones al respecto. Con aire tranquilo y mirándolo a los ojos compasivo le respondí que comprendía que estaba en una situación muy delicada y que la incertidumbre sobre si iba a poder publicar la esquela que él quisiera era, lógicamente, una fuente de ansiedad. También le dije que, aun reconociendo la importancia de la esquela para él, parecía que otros miembros de la familia parecían estar en desacuerdo con su punto de vista y que mi labor como funerario era ejecutar la decisión que tomara toda la familia. Lo último que me deseaba es que el recuerdo de un momento tan importante como la muerte de un ser querido quedara teñida de rencor y frustración para siempre.  Le dije que la única manera era que toda la familia se reuniera para tomar la decisión y que yo les ayudaría en lo que pudiera.  El “familiar” se fue satisfecho. No demasiado contento, pero pudo comprender lo que le dije. Cuando llegó el turno del segundo “familiar”, tuvimos una conversación parecida.  Una vez terminado el ejercicio, les pregunté cómo había sido para ellos el sentarse en el papel de “familiar” y que reacciones se les habían despertado cuando hablé con ellos. Ambos me dijeron que mi postura era clara, compasiva, imparcial y lógica.  Durante una década en cuidados paliativos he aprendido que hay ciertas decisiones que solo las puede tomar la familia. Nuestra labor como profesionales es ejecutar sus decisiones, pero entrar a complacer a algunos familiares que se erigen como portavoces de la familia sin consentimiento de ésta no ayuda a nadie.  Por tanto, reflejar la situación como si se tratara de un espejo devuelve no solo la responsabilidad a la familia, sino la posibilidad de seguir siendo los autores de un capítulo que todavía no se ha escrito, en vez de víctimas de una historia impuesta por otros. | www.sortem.es

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“El regalo de la muerte”

LONDRES. _ Anoche mantuve una entrevista con el Dr Thomas Lodi, un oncólogo integrativo con clínicas en EEUU y Tailandia. Conversamos durante más de una hora sobre los diferentes aspectos del cáncer y los tratamientos que él emplea.

El Dr Lodi combina tratamientos tradicionales con alternativos y ha creado una visión de la enfermedad un tanto diferente a la tradicional: ‘el cáncer es un intento de nuestro organismo de sobrevivir ante un estilo de vida nocivo’, postula. El trabajo que realiza con sus pacientes consiste en cambiar ese estilo de vida a muchos niveles: nutrición, ejercicio físico, meditación, yoga, etc. Afirma que una vez reemplazado el estilo de vida por uno más saludable, la tasa de remisión se estima entre un sesenta y un setenta por ciento.

A medida que avanzaba la entrevista le pregunté cuál era el factor que marcaba la diferencia entre aquellos que se curaban y los que no. Tras una larga pausa se aventuró a decir que en su opinión, los que acababan sanando eran aquellos que veían la enfermedad como una llamada para transformar su vida. Me contaba que aquellos que se rinden al momento presente, sin esperar nada, sin buscar la curación; aquellos que viven el momento en estado de gratitud y con la conciencia de que estar vivo es el mayor milagro y regalo que existen, son los que se sanan. La sanación, proseguía, es llegar a este estado y no la desaparición de la enfermedad, aunque ésta es producto de aquella.

Durante mi carrera en cuidados paliativos, he observado algo parecido. Los familiares con los que he trabajado transformaron sentimientos de culpa o resentimiento y los canalizaron de una manera más sana. Sin embargo, todos los pacientes paliativos con los que trabajé han muerto.

A pesar de que el resultado final es el mismo para todos ellos, considero que algunos “sanan” y otros no. Curiosamente, y sin haberlo verbalizado de esta manera antes de entrevistar con el Dr Lodi, mi pensamiento seguía la misma línea.

Hay pacientes que tras pelearse con su diagnóstico durante mucho tiempo llegan a acoger su enfermedad como un proyecto en el que trabajar. El proyecto depende de las circunstancias individuales de cada uno. Para algunos se centra en resolver problemas de relación con su pareja que han estado latentes durante años. Para otros, se trata de dejar de intentar controlar el futuro.

Algunos deben perdonar o perdonarse por algo y, en fin, las tareas son innumerables.

Aquellos pacientes que eligen darse a su tarea respectiva son los que consiguen resolver sus problemas, los que mantienen conversaciones importantes y transformadoras y pueden llegar a morir rodeados de un cierto aire de euforia. Son personas que consiguen empezar a apreciar cada momento de su vida como un regalo, y aunque resulte paradójico, desarrollan un sentimiento de gratitud hacia la enfermedad.

En este estado de gozo, las prioridades cambian. El dinero, el trabajo y los bienes materiales dejan de tener importancia y la balanza se inclina hacia las relaciones personales, hacer el bien, la compasión y son capaces de encontrar belleza casi en cualquier lugar.

“Consideran el propio camino hacia la muerte como una oportunidad para tener una experiencia plena y satisfactoria.”

En nuestra sociedad actual, tendemos a concebir la muerte como algo sórdido y sinsentido, lo cual deriva en sentimientos de ansiedad y terror cuando ésta se aproxima. Sin embargo, estos pacientes de los que hablo, no sólo eligen una visión más alentadora, sino que consideran el propio camino hacia la muerte como una oportunidad para tener una experiencia plena y satisfactoria.

Desde mi punto de vista, esta experiencia de gratitud, gozo y compromiso con la vida y el amor por ella se convierten en una experiencia sanadora.

En el campo de los tratamientos alternativos y con sus métodos menos invasivos, la sanación personal resulta en la curación de la enfermedad, según afirma el Dr Lodi.

Sin embargo, en el campo de los cuidados paliativos los pacientes de cáncer han sido apaleados por métodos invasivos como la cirugía, la radiación y la quimioterapia. A pesar de ello, la sanación personal es posible para aquellos que estén dispuestos a entregarse de pleno al proceso.

La realidad es que una enfermedad grave como el cáncer puede ser catalizadora de una experiencia de “muerte del Ego”, como la describen personas como Stanislav Groff o Aldus Huxley. Cuando sufrimos una gran crisis en nuestra vida, gran parte del sufrimiento que afrontamos deriva del hecho de que nuestra identidad se ve amenazada. Es decir, es nuestra idea sobre nosotros mismos la que se ve en peligro. Por el contrario, aquello que a veces llamamos nuestro Ser no puede verse nunca amenazado, ya que nuestro Ser no es más que el proceso continuo de seguir siendo, momento a momento. Al igual que en el caso de una bellota, cuya semilla se encuentra encerrada dentro de la cáscara, es necesario romper el caparazón para poder convertirse en planta y después de un tiempo en un roble magnífico. Sin romper el caparazón, la semilla no es más que un roble en potencia que no se ha manifestado todavía. Diferentes culturas han creado ritos de iniciación para facilitar una muerte del Ego para sus iniciados y para desatar la semilla que se encuentra en ellos. Nuestra cultura de hoy día no alberga este tipo de ritos y pienso que por ello hay gente que se enfrenta a una gran crisis por primera vez cuando se enfrenta a su muerte. Desafortunadamente carecemos de herramientas para apoyar a las personas durante este proceso. Durante mi carrera profesional he observado a gente que decidió no entregarse al proceso por miedo a perder su identidad y “volverse locos”. Aquellos que, por el contrario, decidieron transformar su vida, se dieron cuenta de que la locura era la forma en la que habían vivido hasta entonces. Tanto unos como otros murieron, pero unos murieron habiendo realmente abierto los ojos y sus corazones a la Vida.▗

URTZI CRISTÓBAL _ PSICÓLOGO ESPECIALISTA EN CUIDADOS PALIATIVOS Y DUELO

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Falta de madurez

LONDRES. _Cuando aún ocupaba el cargo de Jefe de Psicología en un centro de cuidados paliativos, asistí a una reunión que tenía por objetivo revisar nuestra política sobre el tratamiento de pacientes con alucinaciones.

Los casos de alucinación en pacientes de cáncer no son inusuales y pueden ser el resultado de múltiples causas como la quimioterapia, los efectos secundarios de la medicación, insuficiencias orgánicas y la falta de oxígeno en sangre, entre otras.

La política vigente en aquel momento recomendaba el uso sistemático de medicación antipsicótica en casos de alucinación, con el objetivo de reducir su intensidad. Sin embargo, los médicos del centro habían dado con un artículo científico de publicación reciente que ponía en tela de juicio la validez de nuestra estrategia.

La directora médica decidió convocar a un equipo integrado por todos los médicos del centro y varias enfermeras con cargos de responsabilidad. Con el fin de asegurarse de que hubiera un representante del cuidado psicológico del paciente, me pidió que acudiera a la reunión.

Hubo un consenso general entre los reunidos sobre la necesidad de seguir administrando antipsicóticos de manera generalizada. La prioridad, defendían, era reducir la intensidad de la angustia que puede provocar el delirio incontrolado. Con el objetivo de “arraigar al paciente en la realidad”, la encargada de enfermería propuso colocar grandes relojes y calendarios en las paredes. En su opinión, esto serviría para que los pacientes pudieran saber en qué día y hora vivían.

Permanecí callado durante gran parte de la reunión. Por un lado, estaba de acuerdo con el uso de antipsicóticos, ya que he podido observar lo abrumadoras y angustiosas que pueden resultar algunas alucinaciones. Pero, por otro lado, pensé en la muerte como un proceso de excarnación, en el que el alma del paciente comienza a abandonar su cuerpo.

Algo similar ocurre ante el hecho de someter a nuestro cuerpo a ciertas experiencias extremas, que puede derivar en un brote alucinatorio, en una sensación alterada de la realidad o en la pérdida del conocimiento. Esto ocurre en casos de calor, frío, hambre, sed y dolores extremos.

Muchas de las sociedades primitivas, conocedoras de este hecho, albergan ritos de iniciación basados en este mismo principio. De esta manera, y bajo supervisión constante, se busca disminuir de forma intencionada la corporalidad del individuo, casi hasta llegar a eliminarla. El objetivo es exponer al iniciado a un estado de conciencia alterado para aumentar su receptividad a mensajes, voces y visiones de naturaleza espiritual. Igualmente, la tradición cristiana ha utilizado hasta hace relativamente poco el ayuno y la autoflagelación como maneras de transcender la corporalidad y albergar experiencias místicas.

En las sociedades primitivas, el iniciado se sumerge en un proceso de transición que concluye en su consagración como adulto, guerrero, hechicero o cualquiera que sea su destino. El rito de iniciación sirve de vehículo para asistir a la persona en esta transición y el estado alterado de conciencia ejerce de orientación espiritual que le guía en su camino.

La gran diferencia entre estas culturas y la nuestra es que en aquéllas el proceso tiene lugar en compañía de “los sabios”. Por “sabios” me refiero a personas veteranas que han aprendido a navegar la intensidad de experiencias místicas (de intensidad psicótica) a base de haberlas vivido muchas veces en su propia carne. Mientras que, en nuestra sociedad científica actual, estas experiencias se ven como irreales e inútiles, y, por tanto, tendemos a suprimirlas a través de medicamentos que “nos devuelvan a la realidad”.

“Nuestra tarea en la vida consiste en explorar el Océano de nuestro inconsciente”

Joseph Campbell nos recuerda que nuestra tarea en la vida consiste en explorar el Océano de nuestro Inconsciente. La diferencia entre el psicótico y el místico argumenta, es que éste cultiva su capacidad de nadar, mientras que aquél se ahoga en él.

Finalmente decidí ofrecer esta reflexión a mis compañeros de reunión y planteé la posibilidad de que la necesidad de “traer al paciente de vuelta a la normalidad” no fuera más que un reflejo de nuestra incapacidad de tolerar tal intensidad de sentimientos en nuestro propio cuerpo.

Tengo la certeza absoluta de que estamos muy bien formados y equipados con los conocimientos técnicos propios de nuestra especialidad. Pero creo que nuestra formación no incluye el conocimiento necesario para poder recibir la experiencia humana en todas sus dimensiones.

La experiencia Humana, en toda su integridad, incluye el umbral que separa nuestra cordura de nuestra locura. A pesar de ser universal, en nuestra sociedad actual no dedicamos tiempo a explorarlo y conocerlo. Sin embargo, estoy seguro de que cualquier persona que haya perdido a un ser querido ha pasado más de una noche deambulando alrededor de ese umbral, sobre todo si se ha permitido vivir sus sentimientos sin distracciones ni analgésicos.

Mi intervención concluyó con el siguiente desafío: si los profesionales sanitarios cultiváramos esta cualidad y tratáramos de asemejarnos a “los sabios” que acompañan a los iniciados por los caminos tortuosos que transitan por los extremos de la experiencia humana, quizá podríamos acoger la intensidad del delirio en nuestros pacientes, en vez de suprimirla por vías psicológicas o farmacológicas.

El silencio en la sala fue ensordecedor, pero duró solo unos segundos y varias de las enfermeras retomaron su idea de colocar relojes y calendarios que ayudaran a los pacientes a reorientarse. Mi reflexión cayó en el vacío.

Tras haber trabajado durante más de una década en cuidados paliativos, he observado que, aunque todos los profesionales que trabajamos con la muerte seamos muy competentes en nuestra especialidad, nos sentimos incompetentes a diario. Ninguna intervención médica, psicológica o de otra índole puede evitar la muerte del paciente o el dolor de sus familiares.

En el mundo sanitario, donde el profesional tiene que mostrarse competente y su carrera laboral depende de ello, uno se centra únicamente en lo que sabe y en lo que puede hacer. Por ello, seguimos colocando relojes y administrando antipsicóticos. Pero corremos el riesgo de que nunca aprendamos sobre aquello que no dominamos, como, por ejemplo, algunas dimensiones del comportamiento humano. Si tuviéramos la humildad de reconocer nuestras carencias para poder aprender y mejorar, ofreceríamos un servicio más pleno y satisfactorio a nuestros pacientes, además de sentirnos más humanos en nuestro trabajo.

Y mientras no estemos dispuestos a cavar hondo en nuestros propios sentimientos de impotencia, nos resultará menos peligroso colocar relojes que aceptar nuestra propia inmadurez.▗

URTZI CRISTÓBAL _ PSICÓLOGO ESPECIALISTA EN CUIDADOS PALIATIVOS Y DUELO

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Cuando los asuntos no terminados se vuelven interminables

LONDRES. _ Una de las cosas que nos diferencia a los que vivimos en sociedades privilegiadas de aquellos que viven en sociedades más primitivas es que los que estamos a este lado de la línea podemos permitirnos pensar que nos quedan muchísimos años de vida por delante. Esta es una gran ventaja de los países desarrollados y los avances en la ciencia, la tecnología y la sanidad son los principales responsables de esta idea. También está el hecho de que la gran mayoría de los que estamos vivos hoy, no hayamos presenciado ninguna guerra que nos afecte directamente, o que no tengamos que arriesgar nuestra vida para salir a cazar. En definitiva, el riesgo de muerte es muy inferior en comparación con el de aquellos que no gozan de los privilegios del primer mundo.

Asuntos no terminados: consecuencia de dar la vida por supuesta No es de extrañar que cada día generemos una lista interminable de asuntos inconclusos: tenemos conversaciones pendientes con nuestra pareja que pensamos abordar el fin de semana, contamos con hacer la compra el viernes por la tarde o tenemos proyectos recién empezados. La idea es que continuaremos con ellos otro día y, aunque todos sabemos que existe la posibilidad teórica de que no haya un mañana, damos por supuesto de que lo habrá. La mayoría de las veces es una predicción correcta.

Este enfoque es necesario por razones prácticas y, no sería rentable emocionalmente, tratar de finalizar todo lo que hacemos en cada momento por si no tuviésemos la oportunidad de retomar las tareas a medio hacer. Pero hay otro tipo de asuntos que requieren mucha más energía cuando quedan sin terminar: los asuntos emocionales.

Asuntos emocionales No hace falta mirar muy atrás para encontrar ejemplos en nuestra propia vida de situaciones emocionales que no hemos solucionado o que han tardado tiempo en solucionarse. A veces, tenemos una relación difícil con nuestro padre o madre en la adolescencia, otras veces, dejamos de hablarnos con algún familiar durante algún tiempo. Hay disputas por dinero, desacuerdos por ideas políticas diferentes, rencores por acciones pasadas y sentimientos de culpa por no haber estado ahí cuando algún amigo más nos necesitaba.

Algunos de estos casos se solucionan después de años. Al pedir perdón cuando es necesario y escuchar el dolor que hayamos podido causar al otro, a la vez que hacemos nuestra vulnerabilidad visible al prójimo, puede haber un encuentro íntimo, donde las diferencias superficiales dan lugar al entendimiento. Cuando este no sea posible, daremos paso a la aceptación profunda. Las relaciones sanan y se vuelven más fuertes. Desafortunadamente, muchos de los conflictos emocionales quedan sin resolver. Cabe también mencionar que existen asuntos emocionales de índole positiva que con frecuencia no se comparten con seres queridos. Dar las gracias por algo que nos emocionó, decir a alguien lo importante que es para nosotros o lo valorados que nos sentimos cuando nos hicieron este u otro favor. Quizá por vergüenza o pudor, nos privamos de la oportunidad de experimentar un encuentro emocional que pudiera crear relaciones más plenas con aquellos que queremos.

“Es después del funeral cuando los asuntos no terminados afloran”

Cuando la muerte se acerca En caso de muerte repentina, ya sea accidental o por otras causas, todos los asuntos mencionados quedarían inconclusos. Los familiares del difunto se encuentran con las consecuencias, sobre todo prácticas, del fallecimiento. Aparte de su dolor y otras emociones que puedan sentir, los familiares se encargan de preparar el funeral, y de un montón de asuntos prácticos sobre los que hay que tomar decisiones: cerrar la cuenta del banco, anular la suscripción anual de tal asociación, avisar a amigos, etc. Es normalmente después del funeral, una vez ya todos los demás retornan a sus vidas, cuando los asuntos no terminados afloran: pesadillas, pensamientos continuos sobre lo que se podía haber hecho diferente, ansiedad, culpa… Pero lo más trágico es que cuando la muerte se da de una manera más paulatina, la situación final no difiere tanto de una muerte repentina, por lo menos, en cuanto a asuntos emocionales inconclusos se refiere. En el caso de enfermedades crónicas o de un cáncer, el deterioro puede alargarse durante años. Y, aunque uno de los síntomas principales en este tipo de enfermedades es la incertidumbre, hay un hecho que normalmente pasa desapercibido para todos los implicados: la certeza de la muerte. La actitud positiva, el mantener la esperanza de que el tratamiento funcione, la actitud de lucha y el no querer enojar a nadie por hablar de disputas pasadas, entre otras cosas, hace que los asuntos emocionales inconclusos no tengan cabida. Los potenciales encuentros, quizá cuando más importantes son, no ocurren con frecuencia, y la muerte ocurre de manera que deja a los familiares en estado de shock. Casi como si nadie lo esperara. Las disculpas que no se pidieron ya no se pueden pedir. El agradecimiento queda sin mostrar, las preguntas importantes que no se hicieron, sin contestar. Son cosas que afloran en el duelo, y uno puede hacer un trabajo para perdonar/se y hacer las paces. Esta es una buena segunda opción a la hora de ayudar con el duelo, pero hay que tener en cuenta que uno tiene que vivir con los asuntos no terminados para el resto de su vida. En vida, uno siempre tiene la esperanza de que algún día, podrá solucionar los asuntos. Pero la esperanza muere con la persona a la que necesitamos que nos escuche, nos entienda, nos perdone, o a la que necesitamos perdonar.

Y es que una vez muerto/a, los asuntos no terminados se convierten en asuntos interminables. Para siempre▗

URTZI CRISTÓBAL _ PSICÓLOGO ESPECIALISTA EN CUIDADOS PALIATIVOS Y DUELO

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