Momentos: Comunidad digital

Hace poco impartí un curso a profesionales del sector funerario con el objetivo de ofrecer un apoyo muy necesario tras el desbarajuste del COVID-19.

El estado de alarma mundial me ha obligado a adaptar todo mi trabajo al mundo digital y utilizar plataformas como Zoom para poder ofrecer terapia, supervisión y formación online. Afortunadamente, los dos últimos meses me han brindado la oportunidad de practicar uno de mis trabajos, el de docente universitario, mediante dicha plataforma digital, con buenos resultados.

Por tanto, pude llevar a cabo el curso mencionado sin mayores problemas. Sin embargo, pude observar que tomaba un carácter más de monólogo de lo que lo haría en formato presencial. El contenido reconocía de manera temprana el cambio tan radical en las reglas de juego a cuenta del COVID-19, y por consiguiente el desarme al que se enfrenta el profesional a la hora de realizar su trabajo diario. Los protocolos, las costumbres y las técnicas personales de protección psicológica, entre otros, no sirven durante la época de la pandemia.

Del mismo modo, la identidad personal y profesional de cada uno se forma en entornos relativamente estables. Es decir, cada persona responde de manera más o menos parecida ante situaciones similares. Por esta razón, decimos de una persona que habla con cualquiera y que busca el contacto social con otros que es una persona extrovertida y sociable. Por el contrario, la persona que tiende a aislarse en su soledad, decimos que es una persona introvertida o solitaria.

Una vez que una persona elabora patrones relativamente repetitivos en situaciones parecidas, todos los de alrededor la conocen de una manera determinada. Y lo que es más importante, esa persona se conoce a sí misma de esa manera determinada. La constancia de esa forma de ser es la que conocemos coloquialmente como carácter o identidad. Uno es buen padre, buen trabajador, amigo de sus amigos, etc., en una serie de circunstancias concretas. 

Sin embargo, este sentido de la identidad o carácter puede verse muy comprometido en situaciones inestables. Es decir, la persona se sorprende a sí misma respondiendo a situaciones cotidianas de manera inesperada, o en otras palabras, de manera en la que no se conoce a sí misma. Siguiendo el ejemplo anterior, uno se vive a sí mismo como mal padre, trabajador incompetente o mal amigo. Este tipo de sentimientos pueden ser difíciles de digerir, ya que uno puede desarrollar la sensación de que está perdiendo la cordura. O, peor todavía, alguna de las decisiones que puede acabar tomando en una situación concreta pueden desembocar en un daño moral. 

El daño moral se materializa cuando uno se comporta de manera que va en contra de sus valores personales. Por ejemplo, uno puede acabar negando a un niño la petición de recuperar el collar de su madre, víctima de virus, una vez el féretro se haya sellado. El daño moral puede ser el precursor de problemas más graves como el Trastorno de Estrés Post Traumático, etc. 

Finalmente, el curso también abordaba el tema del duelo, ya que aquellos profesionales de “pura sangre” que hacen su trabajo de corazón pueden haber sentido que se les despertaban sus propias reacciones de duelo ante las pérdidas que han sufrido durante la pandemia. El duelo es el proceso que se desencadena ante una pérdida, pero al contrario de lo que se piensa comúnmente, esta pérdida no tiene porque limitarse únicamente a la de un ser querido. También puede referirse a la pérdida de seguridad, a la capacidad de hacer un trabajo bien hecho, a la pérdida de libertad, etc. 

El sector funerario es el último eslabón en la cadena sanitaria y desafortunadamente no siempre cuenta con este reconocimiento. Por desgracia, los profesionales de este sector no han contado con los mismos apoyos psicológicos con los que han contado otras profesiones sanitarias. Es por ello que decidí ofrecer este curso online en reconocimiento a los trabajadores que se han enfrentado valientemente a situaciones potencialmente traumáticas y con consecuencias personales devastadoras. 

A pesar de los buenos resultados a la hora de impartir este curso digital, pude confirmar algo que he podido observar en mi rol de docente universitario: la pérdida de la interacción humana entre los asistentes. La camaradería no es la misma y el apoyo que ofrece un grupo de personas que pueden sintonizar y empatizar con la realidad personal del asistente se ve comprometido. 

El grupo y las interacciones personales que éste ofrece son un recurso tan valioso como el contenido del curso mismo y con el objetivo de tapar este hueco decidí hacer un ejercicio en grupos reducidos en la que los participantes contrastaron experiencias. Hasta ahora, habían permanecido mayoritariamente en silencio y mis preguntas apenas recibían respuesta. 

Una vez hubo culminado el tiempo asignado para esta tarea, los llamé de vuelta a la sala principal y la protesta fue unánime: todos querían más tiempo en grupos pequeños para hablar con compañeros. La dinámica cambió para lo que restaba de curso y la necesidad de conectar con los otros participantes se hizo cada vez más palpable. Cuando llegamos al final, varios miembros solicitaron el intercambio de direcciones de correo electrónico  para permanecer en contacto.

El trabajo en el sector funerario puede ser muy duro, sobre todo en épocas como las que vivimos. El COVID-19 no ha afectado a todas las zonas del mundo al mismo tiempo y debido a que la asistencia a este evento era intercontinental, había asistentes en países que estaban saliendo de la ola pandémica mientras que otros se encontraban en lugares donde ésta estaba en pleno auge. 

«Es la proximidad física la que puede derivar en contagio, no la proximidad social»

Sin embargo, la necesidad de conectar con otros era mayor que simplemente práctica. Las personas necesitamos compartir experiencias, ganar aprobación, consultar dudas, sentirnos comprendidos. Por un lado somos personas sociales y necesitamos de otros para poder florecer. Por otro lado, el autoapoyo y el cuidado personal son responsabilidad nuestra y debemos tener claro que no podemos ayudar a otros cuando no nos sentimos fuertes. Es, por tanto, especialmente importante que seamos críticos con el uso del lenguaje que se nos ofrece en una situación como la que afrontamos.

Una situación nueva va frecuentemente acompañada de nuevos términos que adoptamos rápidamente. Sin embargo, estos términos no son siempre adecuados. El distanciamiento social no es realmente un distanciamiento social, sino físico. Es la proximidad física la que puede derivar en contagio, no la proximidad social. Desde que se inició el estado de alarma mi contacto físico se ha visto reducido de marera drástica. Sin embargo, la tecnología y las diferentes plataformas digitales a mi disposición han hecho que mi vida social se haya visto igual o más ocupada que antes.

No dejemos que la comunidad y el apoyo necesario para enfrentarnos a nuestros trabajos diarios desaparezcan debido al “distanciamiento social”. Creemos redes, grupos, foros y formaciones que nos permitan seguir en contacto con nuestros compañeros y sentir una plenitud limitada únicamente por nuestra creatividad.

Al fin y al cabo, si nos sentimos aislados y carentes no solo sufriremos nosotros, sino también nuestros clientes y, como decía uno de los participantes del curso, en nuestro trabajo solo tenemos una única oportunidad para hacer las cosas bien.

Junio _ 2020

www. sortem.es

Momentos: Comunidad Digital Momentos

Read more

El COVID-19: Un cambio radical del entorno funerario – Nuevo Curso OnLine

Curso OnLine en directo. 6 horas repartidas en tres sesiones.

Formador: Urtzi Cristobal. Psicólogo especialista en duelo y cuidados paliativos

OFERTA LANZAMIENTO DEL CURSO: 90€

21, 22 y 25 de mayo. De 17h a 19h todas las sesiones.

TOTAL DEL CURSO 6 HORAS REPARTIDAS DURANTE 3 DÍAS EN MODALIDAD ONLINE EN DIRECTO EN LA PLATAFORMA ZOOM. ABIERTA LA RESERVA DE PLAZAS. INCLUIDO MATERIAL DE APOYO DEL CURSO Y CONSULTA ONLINE CON EL FORMADOR. Inscripción: formacion@sortem.es

Una situación excepcional como la del COVID-19 transforma todos los ámbitos de la vida cotidiana, incluida la manera que cuidamos de los difuntos y sus familias.

El hecho de que las herramientas cotidianas con las que cuenta el profesional funerarios no estén disponibles en tiempos de crisis, fomenta la sensación de impotencia, además de la sensación que no se esté haciendo suficiente por la gente que más lo necesita.  

Este curso permitirá al profesional funerario comprender sus reacciones, contextualizarlas y sobre todo, ayudará a cortar la cadena de experiencias que puedan resultar en problemas más graves como el síndrome de estrés postraumático.

Los asistentes aprenderán a identificar la correlación entre su experiencia y las circunstancias de su entorno inmediato, así como a reconocer su propio proceso de duelo.

Además, tendrán la oportunidad de compartir sus experiencias con sus compañeros de manera que puedan ponerse en contexto y ser expresadas de manera segura.

TEMARIO GENERAL PARA LAS 3 SESIONES

  • Cambio de reglas de juego
  • ¿En qué consiste la labor del funerario?
  • Identidad (personal y laboral) del funerario      
  • Desequilibrio entre el profesional y el entorno
  • La interrupción en situaciones donde el apoyo habitual no está disponible en el servicio funerario
  • Dinámicas grupales: Variables estresantes extremas
  • El conflicto en situaciones de estrés
  • El miedo y su dominio – mindfulness 
  • Reconoce tus reacciones de duelo
  • Las diferentes pérdidas a las que se enfrenta el profesional funerario
  • Apoyo en tiempos de duelo
  • Burnout – síndrome de fatiga de compasión

curso covid (2)curso covid (1)

 

Descargar el documento del curso:

curso covid (3)

Read more

Es importante contar aquello que quedó sin decir

Palabras que se quedan guardadas sin ser contadas por no haber tenido la oportunidad. Para poder recuperar de forma sencilla y directa esos sentimientos y regalárselos a las personas que nos dejan. ‘Momentos compartidos’

Ahora, más que nunca, cobra sentido completar el ritual de la despedida. escribir un mensaje en su homenaje y llevarse una pulsera como recuerdo del momento vivido juntos.

De esta forma, la pulsera se convierte en un símbolo que nos liga y nos une a través de un hilo a la persona a la que le hemos dedicado el mensaje, aliviando la sensación de vacío o abandono.

“Se trata de prestar un servicio de atención a las familias en el camino de la despedida

palabras _ momentos

Descargar el comunicado: Palabras_Momentos (1)

Read more

Momentos: Carga

El profesional funerario lleva ya de por sí una carga bastante pesada en circunstancias normales.

El hecho de que la sociedad no nos equipa con las herramientas necesarias para gestionar la muerte como un evento natural tiene una incidencia directa en nuestro sector: la intensidad de las reacciones ante la pérdida, además de asuntos inconclusos y conflictos familiares se amplifican de manera significativa.

Cualquier profesional que lleva años trabajando en el sector ha desarrollado un arsenal de mecanismos para protegerse del impacto emocional que pueda generarle su trabajo. Algunos de estos conflictos emocionales pueden ser el miedo a su propia muerte, la pérdida de un ser querido, la sobre identificación con la otra persona, etc. Sin embargo, la experiencia adquirida durante años le permite aprender a desensibilizarse en los casos que le tocan de cerca, a justificarse cuando aflora la duda sobre si ha hecho lo correcto o de proyectar su sentimiento de impotencia sobre los dirigentes, por ejemplo, en forma de incompetencia percibida.

En otras palabras, el estar expuesto a sentimientos de tal intensidad deriva en una carga emocional difícil de encajar en el mejor de los casos. Sin embargo, las herramientas que nos protegen de esta carga en situaciones normales y de estabilidad no funcionan en tiempos de inestabilidad, donde la normalidad reina por su ausencia.

La semana pasada tuve el privilegio de dirigir un grupo de apoyo a profesionales del mundo funerario en más de 5 países. Los asistentes utilizaron el foro para compartir sus inquietudes y sus dificultades con compañeros del sector. Algunos de los testimonios albergaban experiencias potencialmente traumáticas, incluso para alguien que está relativamente acostumbrado a enfrentarse a situaciones duras. Fue un encuentro humano y muy emotivo.

La impotencia es un sentimiento muy difícil de digerir. Trata de evadirse, genera distracciones y desvía la atención a la ira y a la injusticia.

Los asistentes tenían claro que durante la locura que acompaña la pandemia, abordaban la situación sin pensar demasiado ni saber muy bien hacia donde tirar. En zonas geográficas que han sido afectadas más tarde que otras, los directivos han incorporado el aprendizaje derivado de estas otras. Pero, aun así, la consternación sigue siendo generalizada.

Como ante cualquier tragedia, los asistentes han sido testigos de un evento aterrador, día tras día, y se han encontrado incapaces de hacer nada al respecto. La impotencia es un sentimiento muy difícil de digerir. Trata de evadirse, genera distracciones y desvía la atención a otros sentimientos menos incómodos como la ira y la injusticia. Sin embargo, reconocer la impotencia y darle lugar para existir es el primer paso que desencadena nuestro proceso de duelo personal.

A pesar de la fama con la que cuenta el sector funerario, mi experiencia me dicta que son muchos los profesionales que hacen su trabajo de corazón, gente que se implica de verdad con familiares que están pasando una situación emocional difícil. Gente que se preocupa por sus clientes y su bienestar, que se lleva los sentimientos a su casa y que algunas veces le pesan a las 3 de la mañana.

Uno de los trabajos del funerario es dignificar al difunto y a su familia para que pueda darse una despedida significativa que ayude al familiar a cerrar una etapa emocional y adentrarse en otra. Para ello, las funerarias se encargan de la presentación del difunto, ofrecen espacios adecuados para fomentar una buena experiencia y llevan a cabo ritos que faciliten una buena despedida.

Sin embargo, las herramientas que utilizan los trabajadores no están disponibles durante la pandemia: los difuntos no se pueden preparar, los familiares no acuden a despedirse de su ser querido y los funerales ya no se celebran como se han hecho siempre.

A pesar de ello, los profesionales de corazón, aquellos que aman su trabajo, han decidido dar la talla y crecerse ante una situación que pide más de ellos. Saben que muchos de los difuntos han muerto solos, sin familiares y sin que nadie les sujetara la mano durante sus últimos instantes de vida. No obstante, en vez de resignarse a este hecho, han decidido aportar su grano de arena y despedirse del difunto de parte de sus familiares ausentes. Mediante este hecho, los trabajadores están apelando tanto a la humanidad del difunto como a la suya propia. Se despiden del difunto sabiendo que tienen la obligación moral de comportarse con él de la misma manera que les gustaría que se comportaran con ellos si estuvieran en la misma situación. Colocan una flor sobre el féretro y le desean una buena transición, a donde sea que vayan los muertos.

Con este proceso dignifican una vez más al difunto y a su familia. Han encontrado una manera de adaptarse y llegar al mismo objetivo reinventando el proceso. No obstante, todos reconocen un hecho al unísono: todo lo que están viviendo ahora, pasará factura cuando esto acabe.

En primer lugar, me gustaría agradecer a todos los profesionales que se están dejando la piel cada día para ofrecer una despedida digna. Al fin y al cabo, lo hacen por nosotros y nuestros seres queridos. Y en segundo y último lugar, quisiera apelar a la obligación moral que tenemos todos aquellos que podemos apoyar al sector funerario. La factura llegará y debemos estar ahí para ellos cuando sea el caso. Como decía al inicio del artículo, los trabajadores de la funeraria están acostumbrados a llevar una carga, que deriva de una dificultad social hacia la muerte y no les pertenece solo a ellos. Es hora de que los que podamos ayudar aliviemos su carga.

Abril _ 2020
www. sortem.es

Momentos: Carga Momentos_4

Read more

Momentos: Supervivencia

Corren tiempos muy difíciles.

Hace tiempo que vengo hablando sobre algunas consecuencias que derivan del hecho de que la muerte es un gran tabú en nuestra sociedad. En circunstancias normales, las deficiencias culturales han producido muchas situaciones más que tensas en el tanatorio, donde el profesional funerario se encuentra con familiares que no han hablado ni afrontado su situación. Incluso cuando la muerte de su ser querido era más que anunciada.

Sin embargo, ahora nos encontramos con un escenario completamente diferente. Hay gente que describe este periodo marcado por la pandemia del COVID-19 como un periodo de guerra. A pesar de que no estamos en guerra, algunas de las similitudes son aparentes y, si me lo permites, quisiera ahondar en algunas de ellas que guardan un lazo con el mundo de la muerte.

En tiempos de normalidad, disponemos de procesos regulares y planificados que permiten una buena muerte. Disponemos de asistencia sanitaria organizada, de servicios funerarios profesionales y efectivos que se encargan del aspecto práctico tras la muerte o de pólizas de seguro que marcan claramente las líneas sobre sus prestaciones. Aun así, la muerte se vive casi siempre como algo traumático, a pesar de que en numerosas ocasiones va precedida por un proceso de enfermedad largo.

Sin embargo, en tiempos de urgencia como los que vivimos, los procesos normalizados que empleamos son mayoritariamente ineficaces. No por incompetencia del sistema, sino porque tales procesos no están diseñados para hacer frente al escenario actual.

Por tanto y, a pesar de sus esfuerzos, tanto los servicios sanitarios como los funerarios se quedan cortos al cubrir las necesidades de sus usuarios. En una situación de transformación constante en la que las directrices del gobierno cambian casi de manera diaria, impera la incertidumbre. La demanda se ve aumentada por el incremento en el número de muertes y los recursos disminuidos por trabajadores en cuarentena.

Una de las primeras facultades que desaparece en tiempos de urgencia es la capacidad de reflexión y planificación. Es por ello que los planes de evacuación en caso de incendio se forjan en tiempos de tranquilidad. Cuando llega el incendio, solo se puede reaccionar.

Una de las primeras facultades que desaparece en tiempos de urgencia es la capacidad de reflexión y planificación.

Hoy día, nos encontramos en una situación de emergencia y sin precedentes. Es seguro que las últimas despedidas de las víctimas del COVID-19 no ocurran. Que los funerales, entierros o incineraciones, junto con los demás ritos que hemos creado para cerrar capítulos en nuestras vidas no lleguen a materializarse. Tanatorios vacíos, salas de espera desiertas, palacios de hielo llenos de fallecidos esperando su turno.

El trauma característico de la muerte, evitable en gran medida en tiempos de normalidad, se vuelve tan inevitable como generalizado en la situación actual. El pánico y los sentimientos no canalizados mediante rituales derivan en una falta de empatía, haciendo que uno no tenga capacidad de sintonizar con el dolor de otro porque uno ya tiene bastante con el suyo.

Tal y como sucede en tiempos de emergencia, el sueño de prosperar es demasiado ambicioso y uno solo puede pensar en sobrevivir. La tragedia es inevitable y las vivencias traumáticas difíciles de esquivar. Hay que esperar a que pase el peligro.

La secuela de lo vivido y las consecuencias psicológicas de haber presenciado un evento como éste se manifestarán una vez que haya pasado. El duelo llegará en una de sus múltiples encarnaciones, ya sea como un duelo complicado o como un trastorno de estrés postraumático.

En el futuro, tendremos que hacer especial hincapié en crear sistemas y procesos que permitan canalizar los sentimientos masivos almacenados. Tendremos que aprender a vivir y aceptar la vulnerabilidad que acompaña al ser humano, simplemente por ser mortal, desde su nacimiento hasta el fin de sus días.

Sin embargo, mientras dure la pandemia, lo único que nos queda es poner conciencia en el momento presente. Vivir el momento como si fuera a ser nuestro último y verlo como un regalo. Por eso se llama presente.

Por tanto, aprovecha para llamar a tus seres queridos y diles que los quieres. Llama a aquellos con quienes tengas un asunto pendiente y ciérralo. Pide perdón a quien se lo tengas que pedir y agradece a quien le tengas que agradecer.

Si se da el caso de que alguno no sobreviviera a la epidemia, tu relación con ellos habrá terminado con los asuntos tan cerrados como puedan estar. Aún te quedará el dolor, pero habrás creado un duelo más limpio. Sin embargo si, el día de mañana cuanto termine todo esto, tienes la suerte de reunirte con alguno en persona, fúndete con él o ella en un abrazo y celebra que todavía os queda tiempo juntos.

El tiempo que te queda con tus seres queridos, durante la pandemia o después, es casi irrelevante. Lo importante es lo que hagas con ese tiempo.

Abril _ 2020
www. sortem.es

Momentos: Supervivencia Momentos_4

Read more

“El trato sanitario y emocional con la muerte no acaba en el hospital”

JORDI FERNÁNDEZ. Responsable de Tanatopraxia de SFB – Grupo Memora. Tanatopractor. Exárbitro de fútbol y vicepresidente del Comité Técnico de Árbitros de la F.C.F.

Los profesionales funerarios, entre los que estamos los tanatopractores, somos los últimos actores que intervienen en la cadena sanitaria en un fallecimiento. Durante décadas, las autoridades competentes han obviado que la cadena sanitaria y la prevención no se acaba en el hospital. La crisis del COVID-19 está poniendo a prueba a todos los sectores, también al nuestro.

BARCELONA – MARZO 2020

– El COVID-19 ha tensionado a todos los sectores. ¿Cómo ha afectado al sector funerario?

JORDI FERNÁNDEZ. – El sector funerario y sobre todo sus trabajadores están demostrando durante estos días tan duros la gran responsabilidad que tenemos. Durante los primeros días de la pandemia, poca gente sabía a qué nos íbamos a enfrentar. En poco tiempo, ya conocemos muchas cosas de esta enfermedad y cómo actuar con seguridad frente a ella. La capacidad de adaptación de los profesionales funerarios es magnífica y nos permite enfrentarnos a cualquier situación como la que estamos viviendo. Estoy seguro de que las empresas funerarias hacen frente, actúan y se rigen bajo protocolos propios, además del protocolo del Ministerio de Sanidad. La profesionalidad de los empleados del sector destensa la situación y, durante estos días tan complicados, estamos doblando turnos, enfrentándonos a situaciones complejas e intentamos ofrecer el máximo respeto y cariño a las familias.

– Se está extendiendo un grito a voces que reivindica que sois el último eslabón de la cadena. ¿Qué significa esta situación?

J.F. – Por desgracia, hoy por hoy, cualquier persona en nuestro país puede manipular el cuerpo de una persona difunta. Esto es una barbaridad y más en los tiempos que estamos viviendo. Hay muchas y diferentes patologías a las cuales hay que saber enfrentarse. Por suerte, la profesionalización del sector está cada vez más presente y los trabajadores se forman para estar al día, pero aún queda mucho por hacer y sí, efectivamente, considero que somos el último eslabón de la cadena. A los difuntos se les debe de higienizar y desinfectar, realizar prácticas sanitarias como taponar las vías superiores y en muchos casos realizar tanatopraxias, conservaciones o embalsamamientos. Todas estas acciones se pueden considerar prácticas sanitarias. De hecho, hasta hace relativamente poco, en muchos lugares las conservaciones y embalsamamientos las realizaban los médicos. Así que es de perogrullo que somos parte de la cadena.

– Vivimos una alerta sanitaria. ¿Qué medidas se tienen que poner en práctica en un tanatorio?

J.F. –  Si seguimos las recomendaciones del protocolo del Ministerio de Sanidad, el peligro de contagio lo tienen los compañeros que realizan la recogida del difunto en el momento que el difunto se coloca en la bolsa sanitaria estanca. Hay hospitales que esta operación la realiza el propio personal del hospital, pero en muchos casos los traspasos se producen en residencias, centros sociosanitarios o en domicilios. Allí es donde nuestro personal entra en contacto con el fallecido. Es en ese momento cuando existe el peligro de contagio. Aconsejo que antes de introducir al difunto dentro de la bolsa sanitaria estanca, se impregne al fallecido con desinfectante. Una vez colocado en el ataúd, deberemos volver a desinfectar el féretro también. Es a partir de ese momento cuando las posibilidades de contagio se minimizan. Como ya es sabido por todos, la velación de un difunto por COVID-19 está prohibida. Una vez que el fallecido está en el féretro, éste no se debería de volver abrir para evitar el contagio entre los familiares y amistades. Seguramente un familiar de un enfermo por COVID-19, por el simple hecho de convivir con la persona infectada, tiene muchas probabilidades de estar también infectado. Si se reuniesen los familiares y amigos en el tanatorio, las posibilidades de contagio entre ellos y nuestro personal sería muy alto y no podemos permitirnos poner en riesgo a nuestros compañeros y trabajadores.

– Ante un caso de fallecimiento por Coronavirus, ¿qué protocolos se deben aplicar para evitar el contagio en el itinerario de un servicio funerario? 

J.F. –  Siempre, en todos los casos, debemos de utilizar los EPI. Debemos tener claro que nos enfrentamos a una enfermedad “nueva”, mayor motivo para hacer uso de los EPI necesarios para hacerle frente y estar protegidos. Si seguimos el protocolo del ministerio y los propios de las empresas funerarias, no debería de pasar nada, pero siempre debemos tener claro que estamos expuestos. El tema es muy serio. De la misma manera, los compañeros que tienen trato con los familiares de estos difuntos también deben de afrontar la situación y saber que ellos también están expuestos. Hay que estar protegidos, mantener la distancia de seguridad entre las personas y evitar el contacto físico además de lavarse con frecuencia las manos. Ya hay comunidades autónomas que han cerrado los tanatorios de cara al público y no se realizan ningún tipo de velación ni ceremonia. En el resto, se siguen haciendo actos de despedida. En estos casos, hay que tener la máxima consideración sobre la situación que estamos viviendo y es muy importante utilizar el sentido común.

“Siempre, en todos los casos, debemos utilizar los EPI para hacerle frente y estar protegidos”

– Los EPI son elementos cruciales para evitar la propagación de esta y otras infecciones, ¿por qué cree que está siendo tan complejo el abastecimiento?

J.F. –  Bajo mi opinión personal, como estoy mostrando en todas las preguntas, vivimos en una sociedad que se enfrenta a sus problemas día a día y poco pensamos en el futuro. Creo que somos muchos los que pensábamos que algo así nunca pasaría. En el Estado, a día 24 han fallecido 2.696 personas y hay miles de infectados. ¿Quién podía vaticinar algo así? Estoy seguro de que si la situación fuese la de hace tan solo un mes atrás, todas las empresas funerarias tenían y podían asumir todos los EPI necesarios para su personal y afrontar todos los servicios. La avalancha de enfermos ha desbordado a los hospitales y personal sanitario de primera línea. Es lógico que se centralicen las necesidades y se prioricen, pero las autoridades deberían acordarse del personal funerario que también se expone al riesgo de infectarse al realizar su trabajo y necesitamos EPI.

– Se están celebrando despedidas en circunstancias excepcionales, sin velatorio y en soledad. ¿Qué medidas se están tomando para atender las necesidades de las familias?

J.F. – Las familias son conscientes de la situación y en muchos casos son ellas mismas las que se marcan las limitaciones y actúan con responsabilidad. Cada empresa funeraria tiene sus normas además de las impuestas por el decreto de alarma. Todas se aplican pensando siempre en las familias y en los trabajadores.

«Es muy cruel perder a un ser querido por esta enfermedad. Los enfermos mueren solos por tener que estar aislados»

– La palabra “aplazado” está invadiendo todas nuestras actividades cotidianas ¿se puede aplazar el duelo?

J.F. – No, es muy cruel perder a un ser querido por esta enfermedad. En la mayoría de los casos, los enfermos mueren solos por tener que estar aislados. Según el protocolo de Sanidad, se debe permitir entrar en la habitación aislada del finado a los familiares directos y amigos para que puedan despedirse, siempre sin tocar al difunto ni las superficies y estar protegidos por los EPI pertinentes. Si se tiene esta oportunidad (la complejidad de muchos hospitales hace que sea imposible) será la última vez que vean a su familiar o amigo. Como ya he dicho, en estos casos no hay posibilidad de velarlos ni realizar ceremonia de despedida. Posiblemente debemos de empezar a pensar, cuando todo termine y la situación social vuelva a la normalidad, que a todos ellos se les pueda hacer un homenaje o acto. No solamente para honrar a la memoria del fallecido, también para ayudar a las familias a llevar mejor su duelo.

–  Combina su pasión por la tanatopraxia con el arbitraje. En su opinión ¿quién merece una tarjeta roja ante esta crisis sanitaria?

J.F. –  Creo y parto de la base de que todo el mundo actúa pensando que hace el bien para él y para los demás. Los ciudadanos deben de saber que esto va en serio y se debe de salir lo menos posible a la calle, ser disciplinados, lavarnos las manos con asiduidad y ponernos lo menos posible en riesgo. Tan sólo quiero recriminar y sacaría una tarjeta amarilla a alguna autoridad sanitaria que públicamente y en programas de televisión decían que le preocupaba más la gripe convencional que el Covid-19. ¡Ah! Y tened claro que, si yo pudiera, me quedaba en casa. ¡Ya que yo no puedo y mis compañeros tampoco, quédate tú en casa!

■ www.sortem.es

Entrevista a Jordi Fernández Entrevista a Jordi Fernández

Read more

Momentos: «Impotencia»

La muerte es uno de los grandes tabúes en los tiempos que corren, aunque no ha sido siempre así. Los escritos del antropólogo americano Douglas durante su residencia en el País Vasco en los años sesenta demuestran que la actitud hacia la muerte en pueblos como Murélaga o Echalar era muy abierta y aceptada.  En sus obras habla de los ritos funerarios de dichos pueblos y de cómo la noticia de que alguien en el pueblo estaba a punto de morir o de que ya lo hubiera hecho se difundía con más rapidez que un incendió.

El sacristán del barrio del difunto sonaba las campanas varias veces al día, con sus características especiales en caso de que el difunto fuera hombre o mujer. También nos transmite que cuando el párroco acudía a casa del difunto a lavar su cuerpo con agua bendita varios niños de la aldea, quienes, aunque no fueran cercanos al difunto conocían las noticias, acompañaban a éste hasta la casa y presenciaban el rito en vivo y en directo.

Hace no tanto tiempo, el contacto con la enfermedad y la muerte era mucho mayor, más directo y presente que ahora.  La manera en la que abordamos la muerte hoy día es muy diferente. En pueblos pequeños de algunos lugares de nuestra geografía todavía se vive la muerte de alguien de la aldea como algo más cercano y sabido, aunque el contacto con el cadáver es bastante menor. Sin embargo, en pueblos un poquito más grandes, por no hablar de las ciudades, el contacto es mínimo.

La combinación de la falta de conocimiento sobre la materia junto con el hecho del fallecimiento es un asunto que por lo general se tiende a evitar y ha convertido a la muerte en un gran ogro, amplificado por miedos y fantasías que nunca se llegan a verificar hasta que sucede. Esto tiene grandes implicaciones para el mundo funerario. De la misma forma que sucede con cualquier tipo de viaje, cuando uno no ha preparado las maletas se encuentra en su lugar de destino sin el equipaje adecuado para hacerle frente.

MUCHAS FAMILIAS DECIDEN, DE MANERA CONSCIENTE O INCONSCIENTE, VIVIR SU VIDA COMO SI LA MUERTE NO ESTUVIERA OCURRIENDO.

Son muchas las familias que deciden, de manera consciente o inconsciente, vivir su vida como si la muerte no estuviera ocurriendo. Una de las trágicas consecuencias que esto puede acarrear es el hecho de que no haya un sentimiento de urgencia sobre la finitud e inminencia del fin de la vida de una persona y, por consiguiente, del fin de su familia con ella. El funerario se encuentra a menudo con familias que no han hecho preparativos, que no han acordado detalles de cómo quieren hacer las cosas, con divisiones de opinión, con riñas del pasado y con dinámicas que han caracterizado la convivencia de la familia. Sin embargo, esta vez ocurre un hecho que multiplica todo le mencionado de manera exponencial: la urgencia pasa de cero a cien en un solo instante. Aquí es donde muchas veces comienza la confusión para el profesional funerario. Si trasladáramos la situación a cualquier otro sector, por un momento, podríamos observar con más claridad lo que se está pidiendo del personal en tanatorios, centros de cuidados paliativos, embajadas, clínicas veterinarias y otro tipo de empresas que tratan con personas en duelo agudo.

Si imaginamos que una familia dividida quiere invertir en una casa, en una empresa o cualquier otro negocio o inmueble, nos sentimos más libres para poder ofrecer nuestro producto o servicio sin engancharnos tanto en las dinámicas familiares. Es decir, si el importe concreto de la hipoteca debe abonarse el primero de cada mes, las disputas familiares en un mes dado no los eximen de su obligación. El contrato que ofrecemos estipulará claramente las consecuencias de un impago y aunque en algún momento queramos hacer alguna concesión, los derechos y obligaciones quedan claros para las dos partes. De alguna manera, lo mismo ocurre en el contrato con la familia de un difunto. Ofrecemos un servicio que viene con derechos y obligaciones. La situación, sin embargo, es muy diferente. El familiar está en un estado emocional en el que, comprensiblemente, no tiene la capacidad de comportarse de manera fría y racional. Además, lo habitual es que haya muchas decisiones prácticas y emocionales que la familia no haya tomado todavía, que requieren frialdad y raciocinio para contener las emociones de manera saludable. Por si fuera poco, el profesional se encuentra haciendo un trabajo para el que está técnicamente muy bien equipado en el que sus miedos a enojar a su cliente interfieren con su tarea.

Por esta razón, la impotencia es algo que aflora con frecuencia para el personal que trabaja con personas en estados emocionales intensos, como es el caso de la pérdida de un ser querido. Las demandas sobre el trabajador exceden los recursos que éste posee para cumplirlas. No es de extrañar que suceda así, si tenemos en cuenta que las demandas emocionales son el resultado de que la muerte sea un tabú, de que no haya estructuras sociales para informar y acompañar a los familiares de moribundos, de un mundo cada vez más virtual que nos bombardea con información insignificante sobre modas, famosos y otras banalidades.

Mientras la muerte siga siendo tabú y como sociedad sigamos sin hacer las maletas, el profesional que atiende al doliente se seguirá sintiendo impotente y abrumado. Y mientras tanto, ninguna adquisición de herramientas psicológicas de atención contra el duelo va a eliminar las tensiones a las que se enfrenta. Sin embargo, aprender a navegar por la intensidad de las emociones, entender que no es su responsabilidad arreglar la situación y sentir la solidez de encontrase presente y empático con el cliente puede facilitarle mucho el trabajo. |

www. sortem.es

Read more

Momentos: “Reflejo”

Cuando imparto un curso a un grupo nuevo de gente, lo primero que hago es explorar las inquietudes de los asistentes. La razón es muy sencilla: me interesa mucho más el hecho de ser útil a los miembros asistentes que escucharme a mi mismo hablar de un tema que ya conozco.  En un curso reciente, en una zona rural, pedí a la gente que se imaginara que el curso ya hubiera finalizado y que hubiera respondido a todas sus preguntas, además de darles todas las herramientas para obtener el resultado que desearan en su trabajo. Las sonrisas en la cara de la gente según procedían a soñar fueron iluminando la sala poco a poco.  Me resultó curioso que, como en muchos otros cursos que he impartido en otros lugares, se confundieran la necesidad de conocimiento psicológico con otros elementos que pertenecen al mundo de la gestión. Por ejemplo, que el conocimiento de las fases del duelo en el familiar difícilmente va a eliminar las reacciones en éste procedentes del hecho de que las esquelas, las flores u otro tipo de servicio no se gestionen con la rapidez esperada.  La mayor dificultad que se llegó a expresar durante este curso en particular fue el sentimiento de responsabilidad que inundaba al personal de tener que cumplir las necesidades de toda la familia.  Tras varios ejercicios realizados, los asistentes del curso se dieron cuenta de que el trabajo emocional al que se enfrentan a diario no es más que la punta del iceberg y que, además, detrás de la presentación exterior de cada familia hay todo un mundo de experiencias, traumas, malentendidos, rencores y todo otro tipo de acontecimientos que el personal no conoce, pero que percibe de alguna manera.  Pedro, uno de los asistentes, presentó un ejemplo de lo que le depara su trabajo diario y habló de una familia concreta en la que varios de sus miembros estaban divididos en cuanto se refería a las esquelas. Unos eran partidarios de publicar una esquela en nombre de todos los hijos y la familia directa, mientras que otros defendían la necesidad de incluir a la familia más extensa.  El desacuerdo era una fuente de ansia y parecía provenir de un acontecimiento de hace muchos años que derivó en que uno de los hijos y el hermano del difunto no volvieran a hablarse.  Pedro se sentía abrumado. Quería que todos estuvieran contentos y al ver que no iba a ser posible, contestaba a cada familiar como podía. Por un lado, se ponía a la defensiva dando la información correcta. Por otro lado, se sentía cada vez más frustrado y enojado con la familia por ponerlo en una situación tan comprometida.  Al ser un tema que resonaba con el resto de los asistentes, pasamos un tiempo largo analizando la situación y tras un buen rato cavilando juntos, los invité a hacer el ejercicio que más efectivo encuentro en estos casos. Dos asistentes del curso personificaron a un familiar de “cada bando” y Pedro representó el papel de sí mismo.

LA MAYOR DIFICULTAD FUE LA RESPONSABILIDAD QUE LES INUNDABA AL TENER QUE CUMPLIR LAS NECESIDADES DE LA FAMILIA.

Comenzó el ejercicio con Pedro sentado en una silla y de pronto se le aproximó “uno de los familiares”. Tras exigir que se hiciera lo que ellos pensaban que era lo correcto, se puso a la defensiva diciendo que no podía garantizar nada de lo que se le pedía. La ventaja de este ejercicio fue que nos permitió parar y analizar que era lo que le estaba pasando a Pedro. Respiró profundo y tras pensar durante unos segundos admitió sentir rencor hacia el familiar por ponerle en tal situación. Además, se sentía impotente porque sabía que cualquier respuesta que le diera no le iba a satisfacer. La sensación de sentirse injustamente arrinconado no le permitía poder estar disponible para desarrollar una relación empática con “el familiar” de manera efectiva.  Dejé que el grupo ofreciera sus ideas y soluciones a la situación, pero no tardaron mucho en sentirse atascados el la misma problemática que paralizaba a Pedro. Por lo que me contaban casi todos, este tipo de sucesos eran relativamente normales.  Tras un rato, alguien me preguntó con tono enfadado qué era lo que tenían que hacer para “hacer que los familiares aceptaran la situación”. Tomé el riesgo de personificar a Pedro y ver si yo podía hacer algo diferente. Aunque no he trabajado nunca para una funeraria, he lidiado con situaciones de muchísima dificultad en cuidados paliativos, y he aprendido adecuar mi comunicación para navegar por situaciones de tensión extrema.

Sentado en la silla del profesional, observé por el rabillo del ojo cómo a Pedro se le dibujaba una sonrisa de satisfacción según se me acercaba “el familiar”. Me comenzó a hablar de que lo correcto era publicar una esquela a nombre de toda la familia, incluyendo la extensa, y procedió a darme toda una serie de razones al respecto. Con aire tranquilo y mirándolo a los ojos compasivo le respondí que comprendía que estaba en una situación muy delicada y que la incertidumbre sobre si iba a poder publicar la esquela que él quisiera era, lógicamente, una fuente de ansiedad. También le dije que, aun reconociendo la importancia de la esquela para él, parecía que otros miembros de la familia parecían estar en desacuerdo con su punto de vista y que mi labor como funerario era ejecutar la decisión que tomara toda la familia. Lo último que me deseaba es que el recuerdo de un momento tan importante como la muerte de un ser querido quedara teñida de rencor y frustración para siempre.  Le dije que la única manera era que toda la familia se reuniera para tomar la decisión y que yo les ayudaría en lo que pudiera.  El “familiar” se fue satisfecho. No demasiado contento, pero pudo comprender lo que le dije. Cuando llegó el turno del segundo “familiar”, tuvimos una conversación parecida.  Una vez terminado el ejercicio, les pregunté cómo había sido para ellos el sentarse en el papel de “familiar” y que reacciones se les habían despertado cuando hablé con ellos. Ambos me dijeron que mi postura era clara, compasiva, imparcial y lógica.  Durante una década en cuidados paliativos he aprendido que hay ciertas decisiones que solo las puede tomar la familia. Nuestra labor como profesionales es ejecutar sus decisiones, pero entrar a complacer a algunos familiares que se erigen como portavoces de la familia sin consentimiento de ésta no ayuda a nadie.  Por tanto, reflejar la situación como si se tratara de un espejo devuelve no solo la responsabilidad a la familia, sino la posibilidad de seguir siendo los autores de un capítulo que todavía no se ha escrito, en vez de víctimas de una historia impuesta por otros. | www.sortem.es

Read more

Momentos: «Tiempo»

Como psicólogo tengo una ventaja de la que, desafortunadamente, carece el personal funerario: dispongo de tiempo con el familiar en duelo. Tiempo para escuchar a la persona, tiempo para comprender su dolor y tiempo para conocer su historia. Sin embargo, los trabajadores de la funeraria entran en contacto durante un periodo de tiempo muy reducido con familiares inundados por sentimientos, a menudo, extremos. Además, deben ofrecer todo un servicio técnico al difunto y a la familia, deben ocuparse de una serie innumerable de asuntos prácticos como las esquelas, las flores, etc. Y todo ello en un momento en el que toda la historia de la familia, los desacuerdos, los rencores, la culpa y todo otro tipo de problemas personales se amplifican de manera significativa. Uno de los síntomas de nuestra sociedad actual, al menos en el mundo civilizado, es el tabú de la muerte. La hemos convertido en una realidad tan temida hasta el punto que la estrategia generalizada para gestionarla es mirar hacia otro lado y hacer como que no existe. Esto contribuye de manera importante a la amplificación ya mencionada. Esta manera evasiva de gestionar la muerte es la habitual en la mayoría de nuestra población, independientemente de su oficio. Es por tanto que también se aplica a los profesionales de la salud que acompañan al paciente en el último tramo de su vida, así como a los profesionales de la funeraria, entre otros.

BAJO SU DEFENSA ESTABA SU PROPIO MIEDO A LA MUERTE DE UN SER QUERIDO

Mariano había trabajado en el mundo funerario desde que dejo el instituto, hace ya siete u ocho años. Entró porque era donde había trabajado siempre su padre. pero, al final, le acabó gustando su trabajo. Lo que más le gustaba era cuando sentía que había hecho una buena labor con una familia, sabiendo que iban a quedarse con un buen recuerdo sobre su ser querido para el resto de su vida. Asistió a uno de mis cursos sobre comunicación y en uno de los ejercicios que realizamos, se dio cuenta de por qué terminaba poniéndose a la defensiva con sus clientes y por qué no podía mostrarse más empático con ellos: bajo su defensa estaba su propio miedo a la muerte de un ser querido. Con el objetivo de poder ahondar más en su capacidad de empatía, me pidió que le ofreciera supervisión clínica una vez cada dos semanas, durante la cual me exponía sus dificultades con clientes y entre los dos reflexionábamos sobre su comportamiento, lo que lo había impulsado y sobre todo, a cambiar su perspectiva para poder actuar de manera más humana y accesible en el futuro. Mariano tenia dos hijos. El mayor tenía cinco años y el pequeño dos. Su hijo mayor nació con una enfermedad cardiovascular muy poco común y permaneció en la unidad de cuidados intensivos durante unos meses. Durante el primer mes y medio de su vida estuvo en una situación muy grave y Mariano no tuvo más remedio que enfrentarse a su miedo a perderlo. Lloró, se enfadó, rompió cosas, bebió, se dio por vencido, volvió a levantarse y completó varios ciclos como éste. Pero nada de ello cambió la situación de su hijo, ni la posibilidad real de que lo fuera a perder. Finalmente, su estado se volvió menos grave y tras varias operaciones lo mandaron a casa. Mariano creó una coraza interior para desterrar el miedo de su conciencia y esta estrategia le funcionó la mayoría de las veces. Pero cuando veía a algún familiar desgarrándose de dolor ante la pérdida de un ser querido, su propio dolor y miedo comenzaban a reclamar algo de su atención. Cada vez que esto sucedía se tensaba más y trataba de calmar a sus clientes. Si ellos se calmaban, él sentía menos. Nuestro trabajo consistió en ir aceptando que tarde o temprano Mariano iba a perder a un ser querido a lo largo de su vida. A considerar que la condición de su hijo, que había encontrado una manera de vivir con su enfermedad, podría empeorar el día menos pensado. Y de alguna manera, empezar a hacer las paces con esa realidad. Mariano aprendió a nutrir su vulnerabilidad y a utilizarla como herramienta para entender la de otros. Empezó a observar sus sentimientos y a darse cuenta que éstos no son tan diferentes de la lluvia o la oscuridad de la noche: vienen, se quedan un tiempo y tarde o temprano desaparecen.
Me contaba la semana pasada que había hecho dos grandes descubrimientos durante nuestro trabajo juntos. El primero era que cuando afloraban sus sentimientos, por muy intensos que estos fueran, no tenía por qué actuar sobre ellos; simplemente observándolos acaban por desvanecerse. El segundo descubrimiento era que trabajando con la muerte los sentimientos de impotencia están siempre presentes. A uno siempre le hubiera gustado haber hecho más cosas, hacerlas mejor o lo que sea que pudiera mejorar la situación. Esto le ayudaba a calmarse cuando sentía que no había ayudado a alguna familia como hubiera querido. Mariano es un claro ejemplo de que el trabajo con la muerte siempre nos toca a nivel personal y que las barreras que erigimos para no sentir son las mismas que se interponen entre nosotros y nuestros clientes en el momento que más nos necesitan. Por ello, tomar la oportunidad y realizar el trabajo personal nos permite vivir una vida más plena y a su vez, ofrecer un mejor servicio a nuestros clientes. Como nos recuerda Rachel Remen, trabajar con la pérdida y la muerte a diario y esperar no sentirnos afectados por ello es tan poco realista como andar por el agua y esperar no mojarnos. Quizá es hora de que los que trabajamos con la muerte y la pérdida dejemos de mirar hacia fuera y comencemos a mirarnos hacia dentro. | URTZI CRISTOBAL

Read more

“El regalo de la muerte”

LONDRES. _ Anoche mantuve una entrevista con el Dr Thomas Lodi, un oncólogo integrativo con clínicas en EEUU y Tailandia. Conversamos durante más de una hora sobre los diferentes aspectos del cáncer y los tratamientos que él emplea.

El Dr Lodi combina tratamientos tradicionales con alternativos y ha creado una visión de la enfermedad un tanto diferente a la tradicional: ‘el cáncer es un intento de nuestro organismo de sobrevivir ante un estilo de vida nocivo’, postula. El trabajo que realiza con sus pacientes consiste en cambiar ese estilo de vida a muchos niveles: nutrición, ejercicio físico, meditación, yoga, etc. Afirma que una vez reemplazado el estilo de vida por uno más saludable, la tasa de remisión se estima entre un sesenta y un setenta por ciento.

A medida que avanzaba la entrevista le pregunté cuál era el factor que marcaba la diferencia entre aquellos que se curaban y los que no. Tras una larga pausa se aventuró a decir que en su opinión, los que acababan sanando eran aquellos que veían la enfermedad como una llamada para transformar su vida. Me contaba que aquellos que se rinden al momento presente, sin esperar nada, sin buscar la curación; aquellos que viven el momento en estado de gratitud y con la conciencia de que estar vivo es el mayor milagro y regalo que existen, son los que se sanan. La sanación, proseguía, es llegar a este estado y no la desaparición de la enfermedad, aunque ésta es producto de aquella.

Durante mi carrera en cuidados paliativos, he observado algo parecido. Los familiares con los que he trabajado transformaron sentimientos de culpa o resentimiento y los canalizaron de una manera más sana. Sin embargo, todos los pacientes paliativos con los que trabajé han muerto.

A pesar de que el resultado final es el mismo para todos ellos, considero que algunos “sanan” y otros no. Curiosamente, y sin haberlo verbalizado de esta manera antes de entrevistar con el Dr Lodi, mi pensamiento seguía la misma línea.

Hay pacientes que tras pelearse con su diagnóstico durante mucho tiempo llegan a acoger su enfermedad como un proyecto en el que trabajar. El proyecto depende de las circunstancias individuales de cada uno. Para algunos se centra en resolver problemas de relación con su pareja que han estado latentes durante años. Para otros, se trata de dejar de intentar controlar el futuro.

Algunos deben perdonar o perdonarse por algo y, en fin, las tareas son innumerables.

Aquellos pacientes que eligen darse a su tarea respectiva son los que consiguen resolver sus problemas, los que mantienen conversaciones importantes y transformadoras y pueden llegar a morir rodeados de un cierto aire de euforia. Son personas que consiguen empezar a apreciar cada momento de su vida como un regalo, y aunque resulte paradójico, desarrollan un sentimiento de gratitud hacia la enfermedad.

En este estado de gozo, las prioridades cambian. El dinero, el trabajo y los bienes materiales dejan de tener importancia y la balanza se inclina hacia las relaciones personales, hacer el bien, la compasión y son capaces de encontrar belleza casi en cualquier lugar.

“Consideran el propio camino hacia la muerte como una oportunidad para tener una experiencia plena y satisfactoria.”

En nuestra sociedad actual, tendemos a concebir la muerte como algo sórdido y sinsentido, lo cual deriva en sentimientos de ansiedad y terror cuando ésta se aproxima. Sin embargo, estos pacientes de los que hablo, no sólo eligen una visión más alentadora, sino que consideran el propio camino hacia la muerte como una oportunidad para tener una experiencia plena y satisfactoria.

Desde mi punto de vista, esta experiencia de gratitud, gozo y compromiso con la vida y el amor por ella se convierten en una experiencia sanadora.

En el campo de los tratamientos alternativos y con sus métodos menos invasivos, la sanación personal resulta en la curación de la enfermedad, según afirma el Dr Lodi.

Sin embargo, en el campo de los cuidados paliativos los pacientes de cáncer han sido apaleados por métodos invasivos como la cirugía, la radiación y la quimioterapia. A pesar de ello, la sanación personal es posible para aquellos que estén dispuestos a entregarse de pleno al proceso.

La realidad es que una enfermedad grave como el cáncer puede ser catalizadora de una experiencia de “muerte del Ego”, como la describen personas como Stanislav Groff o Aldus Huxley. Cuando sufrimos una gran crisis en nuestra vida, gran parte del sufrimiento que afrontamos deriva del hecho de que nuestra identidad se ve amenazada. Es decir, es nuestra idea sobre nosotros mismos la que se ve en peligro. Por el contrario, aquello que a veces llamamos nuestro Ser no puede verse nunca amenazado, ya que nuestro Ser no es más que el proceso continuo de seguir siendo, momento a momento. Al igual que en el caso de una bellota, cuya semilla se encuentra encerrada dentro de la cáscara, es necesario romper el caparazón para poder convertirse en planta y después de un tiempo en un roble magnífico. Sin romper el caparazón, la semilla no es más que un roble en potencia que no se ha manifestado todavía. Diferentes culturas han creado ritos de iniciación para facilitar una muerte del Ego para sus iniciados y para desatar la semilla que se encuentra en ellos. Nuestra cultura de hoy día no alberga este tipo de ritos y pienso que por ello hay gente que se enfrenta a una gran crisis por primera vez cuando se enfrenta a su muerte. Desafortunadamente carecemos de herramientas para apoyar a las personas durante este proceso. Durante mi carrera profesional he observado a gente que decidió no entregarse al proceso por miedo a perder su identidad y “volverse locos”. Aquellos que, por el contrario, decidieron transformar su vida, se dieron cuenta de que la locura era la forma en la que habían vivido hasta entonces. Tanto unos como otros murieron, pero unos murieron habiendo realmente abierto los ojos y sus corazones a la Vida.▗

URTZI CRISTÓBAL _ PSICÓLOGO ESPECIALISTA EN CUIDADOS PALIATIVOS Y DUELO

Read more

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies