Los muertos no nos abandonan

Los muertos no nos abandonan

LONDRES. _ Entender el origen de la palabra ‘duelo’ puede servirnos para comprender algunas de las creencias y actitudes que prevalecen en nuestra sociedad sobre la muerte y la pérdida. Duelo es una palabra que proviene del latín ‘dolus’ que se refiere al sentimiento de dolor, pena y aflicción por la muerte de alguien. A su vez, aunque su etimología pueda ser un poco dudosa, es muy posible que provenga de la palabra griega ‘dólos’ que significa engaño o treta. El concepto de duelo en la lengua inglesa, conceptualizado por la palabra ‘bereavement’, procede de ‘berafian’, palabra que en inglés antiguo venía a significar algo así como robo, privación o algo que se nos quita de manera violenta. El español y el inglés no sólo son dos de los idiomas más hablados, sino que, además, han expandido su cultura y lengua por gran parte del planeta tras siglos de colonización, imponiendo a culturas indígenas sus propios prejuicios y comportamientos ante la muerte. A pesar de ser idiomas independientes, tanto en origen como en desarrollo, los dos insinúan que el duelo es un proceso donde se ha producido una pérdida de manera deshonesta. Es decir, que la pérdida no debería haberse producido, y que solamente se ha dado a cabo por métodos ilegítimos como pueden ser el engaño o el robo.  Por un lado, el lenguaje refleja la intensidad de nuestro sentimiento ante la muerte de un ser querido. El dolor que se produce es real, y puede llegar a sentirse como un desgarro físico; hecho que ilustra la sabiduría popular con el término ‘corazón partido’. Por otro lado, la terminología que nos ofrece nuestro idioma refleja una actitud hacia la muerte que no se da en todas las culturas.
Tras haber vivido durante cerca de dos décadas en España e Inglaterra, he podido observar casos de enfermos terminales que se sentían engañados y que no podían aceptar su mortalidad, incluso cuando fueron diagnosticados una vez superados los 80 años. Además, he escuchado a familiares de octogenarios que defendían que sus seres queridos eran demasiado jóvenes para morir. Aunque no tengo experiencia directa de otros países desarrollados, películas y documentales sobre Europa y Norteamérica parecen confirmar que en la mayoría de las sociedades avanzadas se tiende a pensar que cuando se trata de un ser querido, la muerte es casi siempre prematura y se vive como una injusticia. Pero esta actitud ante la muerte no es universal.
Aquellas culturas que tienen una relación constante con la muerte, como por ejemplo la tribu Dagara de Burkina Faso, saben que ningún día es mejor o peor que otro para morir. Las pocas sociedades primitivas que quedan en nuestro planeta y que no han sido afectadas por el progreso y la globalización siguen enraizadas en el mundo natural y saben que su vida es una danza constante con la muerte. No sólo por que puedan estar inundadas de guerras, hambre y precariedad higiénica, sino porque tienen una herencia espiritual que mantienen viva a través de rituales y costumbres antiguas y porque viven la vida buscando el equilibrio entre el Mundo Visible y el Mundo Invisible.
En estas sociedades, la muerte marca el final del aspecto físico de la vida, pero la vida sigue en el más allá. Los vivos saben que nunca más podrán acceder al difunto a través de los sentidos, pero sí pueden comunicarse de otra manera. Es por ello que, desde una mente primitiva, la aparición de un difunto en sueños es tan real como una aparición en vida. En estas culturas, la muerte no indica el fin de la relación entre los vivos y los muertos, y si un indígena tiene un sueño en el que su abuela le pide que desempeñe una tarea, llevarla a cabo tiene un efecto sanador en ambos: el vivo y el muerto. Los muertos requieren de los vivos, ya que aquellos no tienen un cuerpo físico para actuar. Los vivos requieren de los muertos para recibir orientación espiritual. De esta manera, se alimentan los unos a los otros, y parte de los rituales y tareas que desempeñan los vivos, incluyendo su conciencia del Mundo Invisible, consisten en alimentar al Mundo Espiritual. Sin este aspecto, el Mundo Espiritual se ve empobrecido.
Tanto en Europa como en el resto de las sociedades avanzadas en el mundo occidental, el cristianismo ha sido la religión oficial del continente y ha monopolizado la vida espiritual de sus habitantes. Poco a poco, las corrientes paganas han sido subyugadas a lo largo de dos milenios y sus creencias suprimidas o integradas en la religión dominante.

“No son los muertos los que nos abandonan, somos nosotros los que
los abandonamos a ellos”

Pero independientemente de que uno sea creyente o no, la cultura y el lenguaje que hemos heredado hasta hoy están inevitablemente impregnados de conceptos cristianos.
Lo que resulta contradictorio es que aun cuando uno de los conceptos centrales tanto en el cristianismo como en las religiones paganas es la creencia de que hay vida después de la muerte, el sentimiento que prevalece al morir un ser querido es de robo o engaño.
Quizás el sentimiento de engaño tiene que ver más con cómo abordamos la muerte, más que con el hecho en sí, ya que el sentimiento de injusticia no es común en culturas en las que no ‘pierden’ al difunto. Cuando el fin de algo es parte del contrato desde su inicio, no solemos sentirnos engañados. A nadie se le ocurre pensar que nos hayan engañado cuando termina una película que estamos viendo, por mucho que la estemos disfrutando o no queramos que termine. En la práctica, parece que consideramos el nacimiento, el crecimiento y la vejez como parte de la vida, pero actuamos como si la muerte no fuera parte del contrato.
El sentido de injusticia que deriva de nuestra actitud ante la muerte agudiza nuestro dolor, y en nuestra sociedad, tratamos de acelerar el proceso del duelo, incluso suprimirlo, para poder reincorporarnos a nuestra vida ‘normal’ lo antes posible. La distracción es un método al que se acude con asiduidad para no sentir la sordidez del dolor, que a veces puede resultar insoportable. Amigos y familiares repletos de buenas intenciones intentan animar al doliente por miedo a que ‘vayan a caer en una depresión’. Pero la verdad es que el dolor nunca se desvanece porque, aunque la persona querida haya muerto, nuestro amor por ella no desaparece. El amor, que necesita de la persona amada, no puede expresarse, pero sigue buscándola para poder hacerlo. Es la supresión de este amor la que puede hacernos caer en depresión, no el abandonarnos al sentimiento de dolor. Pero para poder abandonarnos al dolor, hacen falta el apoyo y la protección de la comunidad; hecho difícil en una sociedad cada vez más individualista.
En aquellas culturas en las que el difunto está presente, el amor puede encontrar una manera de expresarse, aunque no sea de manera física. Uno nunca podrá fundirse en un abrazo con su ser querido, nunca volverá a oír su voz, ni recibirá contestaciones a sus preguntas. Pero se puede hablar a los difuntos, visitar sus tumbas, culminar los proyectos que dejaron inconclusos, plantar un árbol en su honor y cuidarlo. Hay un millón de pequeños rituales que podemos llevar a cabo para alimentar y honrar nuestro amor por ellos, y a la vez, sentirlos más cerca.
Quizás tengamos algo que aprender de las culturas que no dan por supuesto que habrá un mañana. Cuando somos conscientes de que la presencia de nuestros seres queridos es temporal y que algún día tendrá un fin, podemos vivir nuestras relaciones de manera más presente, y la ausencia tiene un efecto menos desgarrador que lo que las palabras ‘duelo’ o ‘bereavement’ sugieren. Quizás no son los muertos los que nos abandonan, sino que somos nosotros quienes los abandonamos a ellos. ▗



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